Friday, February 02, 2007

EL CASO ECHEVARRÍA

CRÍTICO LITERARIO DEL SUPLE
MENTO CULTURAL BABELIA
Ignacio Echevarría anuncia su salida de El País en una carta abierta al director adjunto

“No existe una narrativa española contemporánea como tejido porque ha quedado desmantelado por la práctica salvaje de las editoriales, que sólo buscan captar y pillar la novedad”.

Ignacio Echevarría, crítico literario del diario El País, ha enviado una carta abierta al director adjunto del periódico Lluís Bassets en la que denuncia al periódico por “ejercer de un modo abierto la censura y vulnerar interesadamente el derecho a la libertad de expresión”. Echevarría, colaborador de El País desde hace catorce años, publicó el pasado mes de septiembre una crítica sobre el último libro del escritor Bernardo Atxaga, “El hijo del acordeonista”, que en altas esferas del diario se definió de “arma de destrucción masiva”. La novela está publicada por Alfaguara, editorial del Grupo Prisa.

Tras publicar la crítica en el suplemento literario Babelia del 4 de septiembre, el nombre de Echevarría ha desparecido de sus páginas sin más explicaciones. De hecho, y tal y como denuncia en su carta abierta a Lluís Bassets, el crítico envió una nueva reseña el pasado 13 de octubre sobre un libro de ensayos de T.S. Eliot. La crítica fue “retenida” por el propio Bassets aludiendo al problema que había creado su recensión sobre la novela de Atxaga. “Se ha dicho, y supongo que te habrá llegado, que tu crítica era como un arma de destrucción masiva y que el periódico hace mucho tiempo que ha renunciado a utilizar este tipo de armas contra nadie”, argumentaba Bassets.

Echevarría comenta en su misiva que “quien dijo esto, y lo dijo a voz en grito, frente a varios testigos” fue el director de El País, Jesús Ceberio, dos días después de que se publicara la reseña. “No deja de resultar cómica”, señala Echevarría, “la ocurrencia de emplear la metáfora ‘arma de destrucción masiva’ en estos tiempos que corren. Parece que estamos todos condenados (unos más que otros) a presumir su existencia allí donde no las hay”.

El mismo tono en todas las reseñas
La carta abierta refleja la decepción del crítico literario con el diario “del que vengo siendo lector desde hace más de veinte años, y donde vengo escribiendo desde hace catorce”. La polémica ha sumido a Echevarría en dos reflexiones. La primera, saber qué sentido tiene escribir “una crítica independiente en un medio que parece privilegiar, con descaro creciente, los intereses de una editorial en particular y, más en general, de las empresas asociadas a su mismo grupo”. Sobre las críticas internas que ha suscitado la reseña, Echevarría argumenta que el tono empleado no difiere de otras muchas que ha publicado en Babelia. Fue el mismo utilizado con las últimas novelas de Jorge Volpi (Seix Barral), Antonio Skármeta (Planeta), Jaime Bayly (Espasa) o Lorenzo Silva (Espasa) “tanto o más duras que la dedicada a Bernardo Atxaga”. La única diferencia estriba en que la novela del autor vasco está publicada en Alfaguara, la editorial del Grupo Prisa.

La segunda cuestión que “preocupa” a Ignacio Echevarría es que El País ejerza “de un modo abierto la censura” y “vulnere interesadamente el derecho a la libertad de expresión, del que tan a gala tiene ser defensor y valedor”. Esa es la conclusión que extrae el crítico tras “la resolución de vetar a un antiguo colaborador por el solo motivo de haber manifestado contundentemente, sí, pero también argumentadamente, su juicio negativo acerca de una novela” que considera “francamente mala”.

Sin noticias de Bassets
En la carta que Bassets remitió a Echevarría le prometía ofrecer en "los próximos días", una "respuesta completa" a la petición de explicaciones por parte del crítico. Pero ha transcurrido más de un mes y no ha recibido la respuesta deseada. “Entiendo que la espera ha transcurrido en vano, y soy yo el que de nuevo tomo la iniciativa de escribirte esta carta abierta para esta vez simplemente decirte adiós, y despedirme de paso de los lectores de El País que durante todo este tiempo han seguido, con su aprobación o con sus desacuerdos, mi empeño quizás insensato de perseverar en el cada vez más menoscabado y cuestionado ejercicio de la crítica”, concluye Echevarría.
La reseña que ha causado la disputa, titulada “Una elegía pastoral”, criticaba “la beatitud y el maniqueísmo” del planteamiento de la novela y lamentaba la “prosa de seminarista, de una cursilería casi conmovedora, llena de ridículos arrobamientos” con la que está escrita. El libro, según el crítico, está “construido con una sentimentalidad jurásica, que en sus mejores páginas trae, bien que a su modo, el recuerdo de las novelas de José Luis Martín Vigil”.


Una elegía pastoral

Por Ignacio Echevarría (Babelia 04-09-04)

Resulta difícil sobreponerse al estupor que suscita la lectura de esta novela. Cuesta creer que, a estas alturas, se pueda escribir así. Cuesta aceptar que, quien lo hace, pase por ser, para muchos, mascarón de proa de la literatura de toda una comunidad, la del País Vasco, cuya situación tan conflictiva reclama, por parte de quien se ocupa de ella, el máximo rigor y la mayor entereza.

Bernardo Atxaga (Aestasu, Guipúzcoa, 1951) nunca ha eludido -y eso le honra- la representatividad que viene recayendo sobre él desde el éxito clamoroso de “Obabakoak” (1988). No cabe dudar de las presiones que ello comporta y de lo difícil que tantas veces ha de resultarle abrirse paso a través de ellas. Hasta cierto punto, ello podría servir de atenuante de la tibieza y de la confusión que rodean la percepción que Atxaga tiene de la realidad vasca. Pero no puede de ningún modo atenuar, por lo que toca a esta novela, el carácter tan tópico -acusadoramente tópico, esta vez- de sus planteamientos narrativos, la enclenque consistencia de sus personajes, la poquedad de sus desarrollos.

El hijo del acordeonista tiene por principal escenario Obaba, la imaginaria localidad vasca en la que viene recreando Atxaga, con tintas arcaizantes, los atributos del ámbito rural en el que él mismo se crió. Entre otras cosas, la novela viene a contar el deterioro y la pérdida definitiva de ese mundo idílico por obra del progreso, sí, pero sobre todo por la injerencia de una violencia histórica en cuya espiral queda atrapado David, el protagonista del relato.

Las circunstancias que, hacia finales de los años sesenta, pudieron empujar a un sano e ingenuo chavalote vasco a militar en ETA: tal parece el asunto que Atxaga pretende ilustrar, echando mano de la experiencia de toda su generación y, eso sí, dejando claro su actual distanciamiento de la actividad terrorista tal y como se viene desarrollando desde el establecimiento de la democracia.

Cuando apenas cuenta 13 años, un informe psicólogico atribuye la poca sociabilidad de David al "apego" que siente por "el mundo rural", y hace constar que "los viejos valores" aparecen en su mente "confundidos con los modernos". Muy tempranamente, David siente la llamada poderosa de formas de vida arcaicas, que lo mueven a añorar un "mundo antiguo" que sobrevive todavía en las cercanías de Obaba. Allá frecuenta el caserío familiar de Iruain, en "un pequeño valle verde, bucólico", que parece destinado a acoger a los "campesinos felices" (así los llama él siempre, citando a Virgilio), junto a los cuales se siente David más a gusto que entre sus compañeros de colegio.

El conflicto empieza cuando, siendo todavía adolescente, David descubre poco a poco el oscuro pasado de su padre, acordeonista de profesión, que colabora con las autoridades franquistas y que estuvo implicado, al parecer, en los fusilamientos que tuvieron lugar en Obaba tras la entrada en el pueblo de los facciosos, a los pocos meses de estallar la Guerra Civil. Pese a su completa ignorancia de lo ocurrido, David se siente "enfermo sólo de pensar que puedo ser hijo de un hombre que tiene sus manos manchadas de sangre".

A partir de entonces, el mundo de David queda ensombrecido por la maldad impenitente de los fascistas y sus secuaces. Ellos son el origen de todos los males, pues no sólo son ladrones y asesinos, no sólo son españolistas y están moralmente corruptos, sino que, para colmo, son los que, a fin de hacer prosperar sus turbios negocios, y siempre "llevados por su odio a las gentes del País Vasco", hacen traer a Obaba las grúas y los camiones que con sus ruedas aplastan las "palabras antiguas", hundiéndolas en el barro "como copos de nieve", dejando ver "lo desigual de la lucha, qué poca esperanza había para el mundo de los "campesinos felices".

La progresiva toma de conciencia de este estado de cosas ocupa al menos dos terceras partes de la novela, en las que de paso se da cuenta minuciosa -y sonrojante- de las zozobras amorosas de David. El resto del libro, a fuerza siempre de introducir elipsis temporales toda vez que el relato se enfrenta a una dificultad, da cuenta de las forma casi inevitable en que David se incorpora a ETA, organización que, conforme a su testimonio, parece limitarse a distribuir panfletos y hacer volar monumentos y edificios públicos. Sólo cuando las cosas empiecen a desmandarse tomará David la decisión de emigrar a Estados Unidos, donde a la vera de su tío Juan, poseedor de un rancho dedicado a la cría de caballos, cumple su ideal de vida bucólica, al lado de Mari Ann, su mujer (hija de un veterano brigadista internacional, cómo no), y sus dos hijitas. Con ellas juega David a enterrar en pequeñas cajas de cerillas palabras que en la "vieja lengua" de su país van cayendo en desuso.

La beatitud y el maniqueísmo de sus planteamientos hace inservible El hijo del acordeonista como testimonio de la realidad vasca. A este respecto, la novela sólo vale como documento acrítico de la inopia y de la bobería -de la atrofia moral, en definitiva- que no han dejado de consentir y de amparar, hoy lo mismo que ayer, de forma más o menos melindrosa, el desarrollo del terrorismo vasco, reducido aquí a un conflicto de lobos y pastores, un problema de ecología lingüística y sentimental, al margen de toda consideración ideológica.

Existe un huidizo concepto, el de la razón narrativa, que por su parte ampara las sinrazones que puedan caber en un relato. Pero es esta razón narrativa la que empieza por fallar completamente en El hijo del acordeonista, novela que incumple las mínimas reglas del decoro literario. El texto se ofrece como un desordenado "memorial" escrito por David pero reescrito póstumamente por su amigo Joseba, antiguo camarada en la lucha y en la actualidad conocido escritor vasco. Un artificio tramposo que, con sus chispas metaliterarias -y metaficcionales, dado que se insinúan aquí y allá claves autobiográficas-, no consigue amenizar la deriva tan previsible de un libro construido con una sentimentalidad jurásica, que en sus mejores páginas trae, bien que a su modo, el recuerdo de las novelas de José Luis Martín Vigil.

Todo servido en una prosa de seminarista, de una cursilería casi conmovedora, llena de ridículos arrobamientos ("los osos: tan inofensivos, tan inocentes, tan hermosos") y capaz de refutar en términos como los siguientes las maledicencias que corren en torno a don Pedro, un indiano ricachón -pero republicano- de quien se cuenta que labró su fortuna a costa de su hermano: "Detalles policiales aparte, los dos hermanos se querían mucho: porque eran Abel y Abel, y no, de ninguna manera, Caín y Abel. Desgraciadamente, como bien dice la Biblia, la calumnia es golosina para los oídos...". Y sigue.

Para nimbar el marco pastoral de la novela con favorecedoras luces crepusculares, resulta que David escribe su memorial sabiéndose víctima de una grave dolencia que pronto lo arrancará de su particular paraíso terrenal. Aunque tarde, ha comprendido que "la vida es lo más grande, quien la pierda lo ha perdido todo" (sic). Pero incluso a la muerte consigue arrancarle David rasgos embellecedores, pues en su cercanía el amor adquiere, dice, nuevas formas: "Formas dulces, casi ideales, ajenas a los conflictos y a los roces de la vida cotidiana". Como las del camino de salvación que postula esta novela.


ENTREVISTA CON IGNACIO ECHEVARRÍA
La Reforma

¿Hubo alguna reacción de Atxaga por su crítica?
La esperable en un escritor presuntamente agraviado: atribuirme inquina personal, prejuicios ideológicos, intencionalidades políticas... El entorno del nacionalismo vasco cerró filas en torno a su escritor-emblema y no ha cesado de proferir todo tipo de descalificaciones, asegurando aquí y allá que mi crítica había sido orquestada por plataformas como Basta Ya o el Foro Ermua, a las que yo pertenecería (sobra decir que no).

¿Conoce de otros casos recientes similares al suyo dentro de la prensa española o iberoamericana?
No. Pero seguro que los hay. Otra cosa es que si las cosas han podido llegar a este extremo sea porque el tejido de la crítica, al menos en España, es miserable. Quiero recordar aquí que la novela de Bernardo Atxaga que ha provocado mi cese en 'El País' no obtuvo una sola crítica negativa en ningún otro periódico español, al menos entre los de mayor difusión. Lejos de eso, recibió comentarios casi panegíricos. Y lo que es más preocupante: en casi ninguna crítica ‹como en ninguna de las muchas entrevistas en prensa y en televisión que le han hecho a Atxaga se destacaba el hecho indiscutible de que la novela trata, fundamentalmente, de las razones que empujan a un joven vasco, en los años sesenta, a militar en la banda armada ETA. La novela fue leída con el "manual de instrucciones" que el propio autor y los editores se preocuparon de fomentar. Lo cual habla de la mansedumbre y sumisión de una crítica que por otra parte es reflejo del periodismo español: no olvidemos que el 11-M todos los periódicos españoles aceptan sin más la versión oficial de los hechos que les notifica personalmente el presidente Aznar. Los ciudadanos españoles se enteraron primero por la prensa extranjera que por la nacional de la verdad sobre lo ocurrido. Luego, eso sí, vendrían las incriminaciones y los desgarros de vestiduras.

En su opinión, ¿qué representa este hecho, cuál es el mensaje que se ofrece a los críticos y, sobre todo, al lector?
Que la crítica es un género en indeclinable extinción. Al menos en la prensa. Y muy particularmente en España, donde se da la circunstancia de que el periódico hegemónico posee intereses directos en la industria editorial, en la discográfica y en la cinematográfica. Una situación que sólo tiene parangón con la de la Italia de Berlusconi.

¿Sabe si el Grupo Prisa ejerce presiones fuera de España contra críticos que comentan negativamente sus libros?
Lo dudo mucho. No vale la pena. Ni dentro ni fuera de España. Mi carta, en este sentido, les ha descargado de un problema, antes que producírselo. Ahora ya no tienen que pensar qué hacer conmigo.

¿Hacia dónde se dirige la crítica literaria y cuál es su función cuando los escritores cuentan ya con grandes aparatos mercadológicos detrás?
Se dirige, como ya he dicho, a su definitiva extinción. En cuanto a su función, sigue siendo la de siempre: orientar y discernir. Otra cosa es que la industria cultural quiera reservar estas tareas a sus departamentos de publicidad, cosa que viene consiguiendo.

Finalmente, ¿qué sigue para Ignacio Echevarría?, ¿qué comentarios ha recibido, cuál ha sido la respuesta hasta ahora de sus colegas, de los escritores, de otros medios en español?
Para Ignacio Echevarría sigue una situación de impasse que se puede prolongar indefinidamente, ya veremos. Las respuestas a mi carta han sido reconfortantes. Hay una sociedad civil muy sensible a estas acciones que ha reconocido y apreciado mi gesto. Pero los protagonistas del enredo, es decir, los dueños de la prensa, los editores y los críticos, mutis.




Ignacio Echevarría
Carta abierta a Lluís Bassets (09/12/2004)

“Estimado Luis,
como ésta es una carta abierta, conviene repasar algunos hechos que te son bien conocidos. El pasado 4 de septiembre apareció en Babelia una reseña mía sobre la novela El hijo del acordeonista, de Bernardo Atxaga, por entonces recién publicada. La novela –interesa puntualizarlo– ha sido editada en castellano por Alfaguara, que pagó un importante adelanto para hacerse con ella, y que la lanzó como uno de los “platos fuertes” de la rentrée otoñal. Como suele suceder en estos casos, Babelia prestó una atención especial a la novedad, dedicándole a Atxaga la portada del suplemento y una amplia entrevista. En este contexto apareció mi reseña, que era inequívocamente desaprobatoria del libro, pero que –importa hacerlo constar– me había sido solicitada por la directora del suplemento, María Luisa Blanco, quien antes me consultó acerca de mi opinión sobre Atxaga, respondiéndole yo, sin falsedad, que se trataba de un autor cuya trayectoria venía siguiendo con curiosidad y con respeto.
La publicación de la reseña provocó en la dirección del periódico una fuerte conmoción, que se tradujo de inmediato en un pautado despliegue de artículos, entrevistas y crónicas que, en conjunto, apuntaban tanto a paliar y neutralizar los posibles efectos de la reseña como a compensar a Bernardo Atxaga por los perjuicios de todo tipo que ésta pudiera acarrearle. En cualquier caso, la reacción fue tan desproporcionada, que llamó la atención de numerosos medios de prensa españoles, que se hicieron eco de ella de la más variada forma, en general con sorna, pero también con escándalo y con sorpresa.
Yo mismo quedé consternado, y más expuesto que nunca a las dudas de siempre, que me asaltaron con especial crudeza. ¿Tiene sentido ejercer la crítica en un medio dispuesto a desactivar los efectos de la misma y a desautorizar a su propio crítico? ¿Tiene sentido tratar de hacer una crítica más o menos exigente e independiente en un medio que parece privilegiar y defender a ultranza, sin el mínimo decoro, los intereses de una editorial que pertenece a su mismo grupo empresarial? Haciendo caso a quienes me recomendaban no abandonar ni ceder terreno precisamente en momentos como éste, me resolví al final a escribir una nueva reseña, apalabrada ya desde meses atrás, y que mandé a la redacción de Babelia el pasado 13 de octubre. Se trataba en esta ocasión de un comentario a El bosque sagrado, un ya clásico libro de ensayos críticos de T. S. Eliot que la editorial Langre, de El Escorial, ha publicado este mismo año.
Al poco de ser recibida en el periódico, la reseña fue “retenida” por ti, que diste instrucciones de que no se publicara. Como esta situación se prolongara durante más de dos semanas, me decidí a dirigirte, con fecha del 28 de octubre, una carta en la que te manifestaba mi extrañeza y en la que te pedía explicaciones. Añadía en mi carta que me resistía a aceptar las explicaciones que a mí mismo se me ocurrían, y te recordaba que llevaba catorce años colaborando con el periódico.
En la respuesta que me dabas el día siguiente, en carta del 29 de octubre, confirmabas que habías impartido, en efecto, instrucciones de que mi reseña no se publicara, y para justificar esta decisión aportabas unas pocas reflexiones que ponían muy en duda las posibilidades de mi continuidad en Babelia a la luz, sobre todo, del tono en tu opinión demasiado tajante y descalificatorio empleado por mí a la hora de valorar la novela de Atxaga.
“Se ha dicho”, me escribías, “y supongo que te habrá llegado, que tu crítica era como un arma de destrucción masiva y que el periódico hace mucho tiempo que ha renunciado a utilizar este tipo de armas contra nadie”.
Tengo entendido que quien dijo esto, y lo dijo a voz en grito, frente a varios testigos, fue Jesús Ceberio, director de El País, el lunes siguiente a la publicación de mi reseña. Y te confieso que, dentro de todo, no deja de resultar halagador, para mí y para el oficio de crítico, que a alguien le quepa pensar que una simple reseña, escrita en el tono que sea, pueda tener los efectos de una arma de destrucción masiva. No deja de resultar cómica, por otra parte, la ocurrencia de emplear la metáfora “arma de destrucción masiva” en estos tiempos que corren. Parece que estamos todos condenados –unos más que otros– a presumir su existencia allí donde no las hay.

En tu carta aceptabas tranquilamente la posibilidad de que las explicaciones que yo mismo me daba acerca de lo ocurrido, y que me resistía a aceptar, fueran buenas. Y eso es lo alarmante, pues entre esas explicaciones se cuentan dos particularmente graves. A una ya he hecho referencia al aludir a mis dudas sobre el sentido de tratar de hacer una crítica independiente en un medio que parece privilegiar, con descaro creciente, los intereses de una editorial en particular y, más en general, de las empresas asociadas a su mismo grupo. No parece casual que sea un libro de Alfaguara el que haya alentado tus escrúpulos sobre el tono que eventualmente empleo a la hora de hablar sobre un libro que considero francamente malo. Llevo muchos años empleando un tono muy parecido, y el hacerlo no ha sido hasta ahora motivo de estupor ni de reprobación, más bien lo contrario. Te invito, para comprobarlo, a releer mis reseñas de las últimas novelas de autores como Jorge Volpi (Seix Barral), Antonio Skármeta (Planeta), Jaime Bayly (Espasa) o Lorenzo Silva (Espasa), tanto o más duras que la dedicada a Bernardo Atxaga, todas ellas publicadas en el plazo de un año a esta parte, o poco más. Pero lo que me preocupa de verdad es que El País, del que vengo siendo lector desde hace más de veinte años, y donde vengo escribiendo desde hace catorce, pueda ejercer de un modo abierto la censura y vulnerar interesadamente el derecho a la libertad de expresión, del que tan a gala tiene ser defensor y valedor. Eso, y no otra cosa, es lo que se desprende de la resolución de vetar a un antiguo colaborador por el solo motivo de haber manifestado contundentemente, sí, pero también argumentadamente, su juicio negativo acerca de una novela.

Me decías en tu carta que dudabas aún sobre qué hacer conmigo, y me anunciabas, para "los próximos días", una "respuesta completa" a mi petición de explicaciones. Pero ha pasado más de un mes, y supongo que las pobres reflexiones que entonces me adelantabas no han hecho entretanto sino cobrar cuerpo. Con fecha del mismo día 29 de octubre te escribía yo que quedaba a la espera de tu "respuesta completa". Pero no dispongo de una eternidad para eso. Entiendo que la espera ha transcurrido en vano, y soy yo el que de nuevo tomo la iniciativa de escribirte esta carta abierta para esta vez simplemente decirte adiós, y despedirme de paso de los lectores de El País que durante todo este tiempo han seguido, con su aprobación o con sus desacuerdos, mi empeño quizás insensato de perseverar en el cada vez más menoscabado y cuestionado ejercicio de la crítica.

Vale.


La defensora del lector / “El 'caso Echevarría'” (EL PAÍS, 19/12/2004)]
Malen Aznárez

Varios lectores se han dirigido a esta Defensora pidiendo la aclaración de unos hechos que consideran sumamente graves. "¿Se ha apartado al crítico Ignacio Echevarría del suplemento Babelia? Si es así, ¿tiene esto algo que ver con el hecho de que su crítica a la última novela de Bernardo Atxaga, El hijo del acordeonista, se dirigiera contra uno de los lanzamientos estrella para el otoño de una editorial, Alfaguara, que pertenece al mismo grupo empresarial de este periódico?", pregunta desde Vitoria Javier Berasaluce Bajo”. Me parece que los lectores de EL PAÍS y de Ignacio Echevarría merecemos una explicación de lo ocurrido”, dice E. L. de Cegama. “Creo que el asunto es lo suficientemente grave y afecta a la credibilidad del periódico para que la carta abierta de Echevarría al director adjunto se despache con un “sin comentarios”, añade Segundo Saavedra. Es el resumen de casi una veintena de quejas.
La redactora jefe de Babelia, María Luisa Blanco, da su versión de lo sucedido: “El libro de Bernardo Atxaga se programó a finales de julio para que protagonizara la primera portada de Babelia de septiembre. La crítica del libro se le pidió a Ignacio Echevarría .Rafael Conte y Echevarría se reparten la crítica de los libros considerados más importantes, que suelen coincidir con aquellos a los que se les dedica una portada. La de Atxaga se decidió en el contexto de potenciar valores literarios actuales que no habían tenido hasta el momento un excesivo subrayado dentro de las páginas del suplemento. En esa línea se ha dado portada a autores como Ray Loriga, Belén Gopegui o Mario Onaindía. Desde un punto de vista informativo se consideró interesante hacer una entrevista a Bernardo Atxaga por las expectativas generadas en torno a una novela esperada desde hacía siete años, premio de la Crítica cuando el libro se publicó en euskera. Atxaga venía avalado, además, por su trayectoria literaria; fue, por tanto, una apuesta explícita por el autor. Como es frecuente en el periodismo, no siempre coincide la opinión de un crítico o un columnista con un despliegue informativo concreto. En Babelia hay otros precedentes: Sarah Waters , escritora británica, avalada por un enorme éxito, salió en una doble página con entrevista y una crítica negativa de José María Guelbenzu. El respeto a la libertad e independencia de la crítica lleva a este tipo de divergencias. Después de la publicación de la crítica de Atxaga, el director, Jesús Ceberio, me pidió públicamente que comunicara al crítico que este periódico no utiliza ‘bombas atómicas’ contra nadie. Así se lo comuniqué y le reclamé la reseña de dos libros pendientes desde julio. A las dos semanas envió la crítica de uno de ellos, El bosque sagrado , de T. S. Eliot, que el director adjunto, Lluís Bassets, guardó hasta nueva orden. Dos meses y medio después se recibió la carta abierta de Ignacio Echevarría ".

Esta Defensora ha planteado al director adjunto, Lluís Bassets, responsable de Opinión y del suplemento Babelia , y destinatario de la carta abierta de Echevarría (en la que le pedía explicaciones por la crónica retenida, hablaba de censura y aseguraba que el periódico había defendido a ultranza los intereses del grupo empresarial), las siguientes preguntas:

1. ¿Por qué Echevarría no ha publicado ninguna crítica en Babelia desde hace más de tres meses? ¿Tiene algo que ver con el hecho de que la última que publicara fuera una crítica muy negativa del libro de Bernardo Atxaga editado por Alfaguara? ¿Tiene razón el crítico cuando afirma que ha sido objeto de una represalia por culpa de esa nota negativa?

2. ¿No queda en entredicho, como señalan algunos lectores, la credibilidad de EL PAÍS, cuando entran en colisión los intereses del grupo empresarial al que pertenece con una crítica independiente?

3. ¿Por qué no se ha publicado la carta abierta de Echevarría?

…estas son sus respuestas de Bassets :

1. “Resulta difícil sobreponerse al estupor que suscita la lectura de esta novela. Cuesta creer que, a estas alturas, se pueda escribir así’. Hago mías estas palabras con las que empezaba Echevarría su crítica, pero aplicada a lo que él escribe. No me parece razonable que en un diario de información general, que pretende hacer un servicio al mayor número posible de lectores, se ataque personalmente a un escritor y se haga utilizando además una forma tan cruel. (La versión original ni siquiera le ahorraba al autor una referencia despectiva a su competencia moral, frase que aceptó suprimir a sugerencia de la Redacción de Babelia). Creo que un diario como EL PAÍS es ecléctico y plural por definición en cuestiones estéticas, lo cual no significa que sus críticos no lleguen al fondo de las cosas ni tengan libertad para expresar sus reservas o su enmienda a la totalidad de una obra, independientemente de quién sea el editor. Su artículo contra Atxaga llevó a interrogarnos sobre el papel de este crítico y decidimos congelar por el momento su colaboración. Envió semanas más tarde una crítica cuya publicación fue aplazada. Entiendo que la dilación molestara a un crítico tan reconocido y valorado, y no tengo inconveniente en reconocer que podía y debía publicarse. Lamento de verdad que él mismo haya decidido dar por terminada su relación con el periódico. No ha habido censura. No ha habido despido ni rescisión por nuestra parte de una relación. Ha sido Echevarría quien la ha roto sin tantear ninguna otra posibilidad. ¿Ha habido limitación al derecho a la información y a la libertad de expresión? Creo sinceramente que no y que en este bloque de derechos y libertades se incluye el de los lectores a elegir el diario que quieren leer y por parte de las empresas periodísticas el de contratar los artículos que desean ver publicados en sus páginas”.

2. “Un periódico tiene la credibilidad que le dan sus lectores. Que la crítica está mediatizada por los intereses editoriales del grupo empresarial es una opinión que no comparto. Como mínimo expresada en estos términos”.

3. “No creo que una carta abierta dirigida a mí sea la forma más adecuada de resolver el conflicto. Cuando la recibí y pensé que sólo la había dirigido al periódico -al director, a Babelia y a mí mismo-, expresé mi deseo de verla publicada. Me convenció de lo contrario su divulgación inmediata y masiva en Internet sin conceder siquiera 24 horas al diario para su publicación. No creo que EL PAÍS deba prestarse como plataforma para una acción contra el propio diario”.

Son explicaciones que el director de EL PAÍS, Jesús Ceberio, “comparte y respalda de principio a fin”, al tiempo que subraya que “en modo alguno puede hablarse de censura, puesto que la crítica se publicó”. El pasado viernes, Ceberio reconoció haber gestionado “muy mal” este “conflicto”. Ante la inquietud del Comité de Redacción por la carta de más de un centenar de críticos, colaboradores y redactores de EL PAÍS -publicada ayer en Cartas al Director-, Ceberio lamentó que “este conflicto, que ya reconocí haber gestionado muy mal, dé pie a conclusiones que me parecen desmesuradas y que tratan de extender una sospecha general sobre el periódico. EL PAÍS lleva más de 28 años ejercitando la libertad de expresión y de crítica, como bien saben los firmantes de la carta que frecuentan sus páginas. Por encima de posibles errores, ése es un compromiso permanente de la dirección con los profesionales que hacen el periódico y con los lectores”.

Esta Defensora está de acuerdo en que el periódico tiene derecho a escoger los artículos que quiere publicar en sus páginas. El caso es que Echevarría había escrito, este mismo año, otras críticas en idéntico tono implacable. Y antes había fustigado con dureza a escritores de la talla de Javier Marías, sin que -como el propio crítico dice en su carta- hasta ahora eso hubiera sido “motivo de reprobación”. Echevarría también había criticado distintos libros de Alfaguara. Cuatro en este mismo año, entre ellos Delirio, de Laura Restrepo, último premio Alfaguara de Novela. Nunca hubo quejas de censura por parte del crítico, quien siempre escribió con absoluta libertad lo que creyó conveniente y así se publicó.

No se puede hablar, por tanto, de censura. Pero esta Defensora cree que más que una “muy mala gestión” de lo que la dirección asume como un “conflicto”, el desarrollo del mismo ha sido un auténtico disparate. No sólo debían haberse extremado todo tipo de precauciones para evitar el conflicto y las sospechas, sino que antes que nada debió de hablarse con Echevarría en vez de mantener silencio durante tres meses. Si, como ha asegurado Jesús Ceberio, la decisión no fue prescindir del mismo, “sino congelar la relación durante un tiempo”, parece de locos haber llegado a una situación que ha desembocado en la pérdida de un crítico de prestigio, y dado pie a graves repercusiones para la credibilidad del periódico.

La discusión que se podría plantear, a juicio de esta Defensora, es si ha existido conflicto de intereses, porque es cierto que dentro de los grandes conglomerados periodísticos existe siempre esa sospecha. Y consecuencias derivadas de ese conflicto.

El Libro de estilo señala que la mejor forma de evitar el conflicto de intereses “es la transparencia interna que este periódico se compromete a mantener”. Asimismo dice que, por encima de cualquier otro, prevalecerá el interés del lector; y añade que “en las informaciones relevantes de contenido económico o financiero referidas a cualquier empresa integrada o participada por el Grupo Prisa se hará constar que se trata del grupo editor de EL PAÍS”. En este caso, el Libro de estilo no ayuda a aclarar el problema planteado, porque publicar que la editorial pertenece al Grupo Prisa -que no se hizo- no hubiera resuelto nada. Esta Defensora cree que, de alguna forma, habría que establecer unos principios rotundos que, en casos de sospecha de conflicto de intereses por productos relacionados con el grupo empresarial, dejaran bien a resguardo la independencia de las informaciones, especialmente las críticas. Nada dudoso que pueda impedir, en palabras de Bassets, que los críticos de EL PAÍS no puedan llegar “al fondo de las cosas ni tengan libertad para expresar sus reservas o su enmienda a la totalidad de una obra, independientemente de quién sea el editor”.

Porque si los lectores están por encima de todo, es precisamente en casos como éste cuando el cuidado ha de ser exquisito. La credibilidad es difícil de alcanzar, pero se pierde con facilidad. Y ya se sabe que la mujer del César no sólo tiene que ser honrada, sino también parecerlo.


Ignacio Echevarría
[Cartas al director (El País, 20/12/2004)]

“Quiero expresar, en primer lugar, mi sorpresa por el hecho de que se pueda tratar por extenso el caso Echevarría, como lo llama la Defensora del Lector, sin darme voz alguna ni haber reproducido de ningún modo la carta abierta mandada por mí a Lluís Bassets con fecha del pasado día 9.
En sus declaraciones, el señor Bassets da a entender que soy yo quien ha roto unilateralmente las relaciones con el diario ‘sin tantear ninguna otra posibilidad’. ¿Le parece poco haberle escrito pidiéndole explicaciones, primero, y dejando pasar a continuación más de un mes a la espera de una respuesta que él prometió darme en el plazo de unos días? Usted mismo admite haber decidido unilateralmente ‘congelar’ su relación con un colaborador de modo indefinido, sin informarle en absoluto de ello. ¿No autoriza esto a hablar de ‘represalias’ contra ese colaborador, a quien se priva de un medio de sustento, aparte de callar su voz?
El señor Bassets (que, increíblemente, no duda en hacer suyas las palabras dichas por mí y que a él le parecen tan ofensivas) alude a una frase que yo acepté suprimir de mi reseña. Y dado que él mismo enjuicia esa frase creo que los lectores tienen derecho a conocerla. Decía así: ‘Ocasiones hay en que la indigencia narrativa admite ser tomada por indicio de incompetencia moral. …sta parece ser una de ellas’.
Me pregunto si no hay también ocasiones en que la indigencia periodística admite ser tomada, asimismo, por indicio de incompetencia moral”.


ENTREVISTA EXCLUSIVA CON IGNACIO ECHEVARRÍA
Pisar la raya
Nirma Acosta • La Habana

El pasado 4 de septiembre de 2004 apareció en Babelia una reseña del crítico literario Ignacio Echevarría (Barcelona, 1960) sobre la novela El hijo del acordeonista publicada por la editorial Alfaguara. Para el crítico, justo con la publicación de este texto comenzaron los “inconvenientes”, pues a partir de ahí sus trabajos empezaron a ser “retenidos” en la misma publicación donde ejerciera durante más de 14 años. A pesar de que el propio director de El País, Jesús Ceberio, asegurara, en suerte de irónica sentencia “en modo alguno puede hablarse de censura”; una vez más quedaron expuestos los caminos que transita la política editorial del periódico, insertado junto a Alfaguara en el conglomerado mediático PRISA. La experiencia de Ignacio Echevarría motivó este diálogo y reveló, entre otros temas, las condiciones bajo las que se ejerce la crítica en los medios españoles.

En el camino hacia convertirse en uno de los críticos literarios más importantes de España, se ha encontrado seguramente con diversos estilos y modos de hacer Literatura. ¿Cómo valora Ud. el panorama actual de la Literatura española?
Eso de "uno de los críticos literarios más importantes de España" suena muy halagador, pero en el fondo es como decir nada, o peor todavía: es como invocar uno de esos records absurdos en que la excelencia no entraña ningún mérito, como, por ejemplo, el de lavarse los dientes con más frecuencia que nadie. En España, partamos de allí, apenas hay crítica literaria propiamente dicha, al menos en la prensa, de modo que —a poco que uno se lo tome con alguna seriedad, lo cual ya es mucho decir— no es difícil destacar en este oficio dudoso y más bien residual. Esto tiene que ver con el estado actual de la literatura española, que ofrece un panorama ecléctico y desarticulado, sin apenas contrastes, consecuencia de la nivelación de todos los valores en la que insiste machaconamente la industria cultural, que un día lanza a bombo y platillo a un autor como Juan Marsé o como Javier Marías, y al día siguiente lo hace con Arturo Pérez Reverte o Pedro Luis Zafón, y esa misma tarde con Zoé Valdés o Lucía Etxebarría. Todo pasa por ser literatura, sin más, sin graduación de valor. Y el resultado es un paisaje confortablemente anodino, como un campo de golf.

Hablando en términos de cultura en la más amplia acepción de la palabra, ¿qué saldo nos legará el hecho de que sean los intereses comerciales los que estén imponiendo gustos y estéticas?
Demos la vuelta a su planteamiento y digamos que el hecho de que sean los intereses comerciales los que estén imponiendo gustos y estéticas es el saldo que nos ha legado la inoperancia de la crítica, consecuencia, a su vez, de la deserción de la clase intelectual y el consiguiente abandono de sus órganos y de su representatividad a los agentes de la industria cultural, a cuyo campo se han pasado algunos por venalidad, otros por desesperación, o por cobardía, o por pereza.

En un mundo donde se publican cientos de miles de libros cada día, ¿cuál debe ser el papel del crítico literario?
En teoría, esa concurrencia de libros y más libros debería traducirse en una mayor relevancia de la crítica y de su función orientadora. Pero los intereses de la industria cultural conspiran en contra de esta relevancia, con el fin de que el papel del crítico literario lo asuma la publicidad. Siendo así, al crítico, que juega en inferioridad de condiciones, no le queda otro recurso que convertirse él mismo en un publicista y emplear las técnicas de la publicidad —es decir, la contundencia, el ingenio, la agresividad, la capacidad de acuñar consignas— para promover aquello mismo de lo que la publicidad misma no deja de ser un perverso simulacro: el sistema de valores en función del cual el propio crítico articula su lectura. En la medida en que, en esta tarea, se enfrenta a dificultades crecientes, buena parte de la energía del crítico, sin embargo, ha de consumirse en velar por la propia supervivencia de su oficio y cuanto comporta.

Constantino Bértolo afirma en su artículo “La muerte del crítico. Prisa contra Prisa": “el crítico cruzó la linde de una propiedad que no se puede franquear impunemente. Echevarría abrió la ventana, dejó entrar la luz y señaló con el dedo". ¿Esperaba Ud. que le cortaran ese dedo, al decir del propio Bértolo? ¿Era consciente de las fronteras que estaba transgrediendo, así como de las posibles consecuencias tratándose de Prisa y de un medio como El País?
Ya en otro lugar he dejado dicho que la crítica, en cuanto género periodístico, sobrevive por virtud de las cuotas de credibilidad y de decoro que los grandes medios se sienten obligados a pagar para mantener su influencia. Así es a tal punto que las posibilidades de una crítica independiente son proporcionales al importe de la cuota que el medio en cuestión está dispuesto a pagar para asegurar esa credibilidad. Ese importe fijaría los límites en el que se desenvuelve la tarea del crítico. Este no puede dejar de reconocerlos, y deberá trabajar precisamente en esos límites; no dentro, sino en la raya misma de esos límites, que la actuación del crítico, si es comprometida y rigurosa, contribuirá a tensar y, acaso, a dilatar, dado que el reconocimiento de los propios límites no supone ni mucho menos su aceptación. Así las cosas, circunstancias que determinaron mi "cese" como colaborador del diario El País no venían dadas desde siempre, ni mucho menos, sino que son producto de la rebaja de las cuotas de credibilidad y de decoro que, de un tiempo a esta parte, el periódico se siente impelido a satisfacer. Esa rebaja es consecuencia, sin duda, del exceso de confianza que al periódico le inspira su aplastante hegemonía, y se viene traduciendo, entre otras cosas, en un estrechamiento progresivo de los límites que dentro del periódico se conceden a la crítica más o menos independiente. Quien durante años, como yo, había trabajado en esos límites, despertó un buen día fuera de ellos. Pero no por haberlos roto o temerariamente atravesado, sino porque esos límites habían reducido su círculo, y dejaban fuera a quien acampaba en sus lindes.
Dicho esto, el artículo de Constantino Bértolo ofrece, en clave política, un excelente análisis —el más perspicaz de cuantos se han hecho— de la situación, y nada tengo que objetar a lo que dice. Solo puedo añadir que sí, que yo era consciente de estar jugando un juego peligroso, si bien lo jugué desde la confianza de que podía salir, una vez más, ileso. Perder, en cualquier caso, ya sea un dedo o un puesto de trabajo, es el riesgo de actuar en los límites. Pero no cabe duda de que de otro modo no vale la pena actuar.

¿Cuáles han sido las consecuencias, en lo profesional y en lo personal, de su “caso", teniendo en cuenta consensos, diferencias y aclaraciones?
En lo personal está muy claro: he dejado de colaborar con El País y con ello he puesto término a una actividad desarrollada con entusiasmo y con pasión, pero también con dudas y con escrúpulos, a lo largo de quince años. En un plano más amplio, mi "carta abierta" y la cadena de reacciones que desató pienso que quizás hayan contribuido a poner en evidencia la situación cada vez más precaria en que la crítica misma sobrevive en la prensa española. No cabe ser muy optimista al respecto, pero hay motivos para esperar que ello sirva para cobrar conciencia del estado de las cosas y, a partir de ahí, se ensanche la posibilidad de que alguna vez cambien.
¿Puede un periódico como El País defender criterios culturales por sobre intereses comerciales y políticos?
Puede, por supuesto. Y debe. Otra cosa es que finalmente no lo haga, por razones precisamente comerciales y políticas.

Es posible el papel de la crítica y del crítico en los medios españoles de la actualidad. ¿Bajo qué condiciones?
Es posible, claro. Bajo condiciones, eso sí, de extrema vigilancia, y dentro de unos límites cada vez más estrechos, en competencia cada vez más desigual con la presión de la publicidad. Lo cual hace la tarea del crítico cada vez más difícil. Todo su arte consistirá entonces —como en los regímenes sometidos a censura— en sortear esos límites, o en hacerlos polémicamente palpables.

Usted ha asegurado: "la industria cultural usurpa su lugar a la cultura propiamente dicha". ¿Será ese el futuro de la cultura en España?
En España y me temo que en todas partes. Como me temo que, allí donde, excepcionalmente, eso no esté ocurriendo, como por ejemplo en Cuba, haya que lidiar entonces con el dirigismo cultural, poco amigo asimismo de la crítica.



LA MUERTE DEL CRÍTICO
Prisa contra Prisa
Constantino Bértolo • España


En la tradición humanista y romántica sobre la que siguen descansando nuestras cartografías culturales, la lectura de las obras literarias se considera como una especie de diálogo de intimidades en el que la vida interior del lector entra en contacto directo con las verdades superiores que el texto del autor encarna. Y da igual que Marx, Nietzsche o Freud hayan desmontado los supuestos básicos de tan espiritual actividad. A la hora de la verdad – de expresar la verdad que un texto encierra- la mayoría de los intérpretes se acogen a esta partitura incorporando si acaso unas notas de existencialismo más o menos rebelde según sea su actitud de mayor o menor rechazo a los modos de vida dominantes o unos toques de fascinación por la metaliteratura y las simetrías borgianas. Desde esta consideración de baile de almas es fácil entender la general sospecha que recae sobre la figura del crítico en cuanto que éste no dejaría de ser un “entrometido” molesto que con su presencia interrumpe tan sublime coyunda entre el “ser libre” del lector y el “quehacer libre” del autor. El único crítico aceptable en tal tradición sería aquel que limitase su presencia a bendecir (bien decir), ensalzar y levantar acta de tales esponsales al modo de los sacerdotes católicos en el sacramento del matrimonio. Cualquier otro crítico que por allí aparezca con distinta pretensión será acusado implícita o explícitamente de arribista, impostor, eunuco o monaguillo. Parásito intelectual viviendo siempre a la sombra de las propinas que los padrinos de la boda tengan a bien concederle.

De los críticos y según fuere su pretensión podríamos distinguir tres clases, categorías o escuelas: catadores, guardianes y tribunos. Los primeros pretenden tan sólo dar cuenta de su gusto y como tales no argumentan sino que enumeran y describen sensaciones e impresiones. Dado que el gusto no es en realidad tan personal como se creen estos críticos suelen traducir, arropar y reafirmar con mayor o menor capacidad expresiva el gusto dominante. Es el tipo de crítico que se define y delata cuando usa expresiones como “me sumerjo en el texto”, “dejo que el texto me invada”, “me enfrento sin prejuicios al texto” y su tropa constituye el grueso de la palestra crítica en nuestros retablos literarios.

Los guardianes son más escasos. La fuente de legitimidad de la que se reclaman es la Literatura (con mayúsculas), y su tarea vendría marcada por la obligación de mantener el alto nivel de exigencia señalado por las mejores obras y autores de la literatura universal. Su vara de medir sería la excelencia y ésta a su vez vendría determinada por los logros formales, éticos y estéticos que la propia historia literaria ha venido determinando ya sea a modo de canon o de paradigma. El crítico guardián o “custodio” en términos de Musil, no hablaría desde su gusto sino desde un criterio que se quiere impersonal y endógeno en cuanto que sería la propia literatura la que construye la autoridad, la competencia, el código y la sentencia. Alcanzar la categoría de "guardián de la pureza" requiere conocimiento del campo, de la historia de la literatura, y un bagaje técnico - vía estilística, estructuralismo o teoría literaria - a la altura del empeño. La reunión de estas cualidades hace que su número sea escaso y aún cuando su extrema escasez los hace deseables, sus conflictos con los medios (su sentido de la exigencia suele chocar con la conveniencia informativa) los convierte en una especie en vías de extinción. Se les reconoce fácilmente por su recurso a un lenguaje objetivo, rotundo, sólido y un tanto categórico, en el que aparecen, a modo de certificados de autoridad, citas y referencias de autores, obras y críticos contrastados.

La categoría que denominamos tribunos, en clara relación con los "tribunos de la plebe" de la antigua Roma, ha desaparecido de nuestro espacio literario. El tribuno juzga aquello que se hace público (y la literatura es discurso público) y lo relaciona con el bien común, con lo que es o sería bueno para la salud de la sociedad – salud semántica, salud narrativa, salud poética - y por lo tanto evalúa y juzga desde esa perspectiva la salud literaria de las obras que se ofertan. El tribuno encarnaría la defensa de los valores de la comunidad, entendiendo por ésta la agrupación de ciudadanos alrededor de un proyecto de convivencia basado en el bien común. Se siente legitimado y responsable ante la "polis" y por eso su crítica es, en el sentido aristotélico del término, una crítica política. No trasvasa o solapa – ése es su riesgo y acaso su tentación- lo político a lo literario sino que encuadra los textos literarios en el contexto inevitable y general de ese vivir en común donde los textos se producen, circulan y consumen. Su legitimidad descansa en lo "público" y su juicio tiene como objeto el uso público que los autores hagan de la lengua en cuanto patrimonio colectivo que no sólo contiene palabras o reglas gramaticales sino también, y muy especialmente, el conjunto de historias, temas e imaginarios con los que la sociedad se construye y reconoce. La Sintaxis y la Poética del convivir.

En sociedades complejas como las nuestras, atravesadas y constituidas por la lucha de clases y en donde el bien común es un concepto en disputa, el tribuno opta por éste, ése o aquél entendimiento y desde esa elección opera, critica. El crítico como tribuno requiere, como todos, una tribuna y por tanto precisa que en el dinamismo social coexistan con relevancia, es decir, poder y capacidad de expresión real, opciones distintas sobre el qué sea el bien común. Cuando determinadas instancias secuestran de manera hegemónica la idea sobre ese bien común o monopolizan los medios de producción y expresión que concurren para su construcción, el tribuno no tiene espacio, es decir, se asfixia y se extingue.

Estas tres categorías en la práctica cotidiana, es decir, en el mundo de las revistas y suplementos literarios, aparecen con perfiles confusos, de faena de aliño, con ecos de patio de vecindad. Rasgos de cada uno de ellos se cruzan y entrecruzan y no faltan ejemplos del catador que cita a Steiner a troche y moche ni del guardián que se deja llevar por la exaltación lírica, ni de falsos tribunos que confunden lo político con las buenas intenciones de izquierda. En la realidad de nuestro campo literario tal y como hemos venido comentando sobreabundan los críticos impresionistas, los guardianes son escasos y los tribunos no aparecen ni siquiera en aquellas instancias periodísticas que ligadas en mayor o menor grado a ideologías políticamente enfrentadas o incómodas para el sistema (por ejemplo Gara – al menos en las páginas escritas en castellano-, Mundo Obrero, A Nosa Terra, Le Monde Diplomatique) reproducen en sus páginas literarias criterios de juicio de corte impresionista en donde el humanismo difuso, la autocelebración y la rebeldía existencialista cuando no la banalidad metaliteraria aparecen como paradigmas de la excelencia. Con esta composición no es extrañar que la crítica literaria en nuestra geografía aparezca como una acomodada institución mercantil que en su mejor versión expende certificados de homologación y en su peor papel –el más abundante- se limita a realizar trabajos de publicidad más o menos encubierta bajo su “noble” apariencia de actividad “estética e independiente”. Una actividad “feliz” sólo alterada muy superficialmente por las pequeñas envidias, resquemores, odios, manías y rencores que la lucha por el prestigio y los estipendios produce, diríase, de manera natural.

Mas de pronto esta arcadia feliz se altera y la “ natural” normalidad se rompe y viene abajo cuando a modo de carta abierta a la comunidad literaria el crítico Ignacio Echevarría abre una ventana, deja entrar la luz y señala con el dedo. Veamos la historia: El sábado 4 de Septiembre, en pleno reinicio de la temporada literaria aparece en Babelia, el suplemento literario de El País (suplemento que inmerecida o merecidamente continúa siendo la publicación referencial del espacio literario en lengua castellana a uno y otro lado del Atlántico) una reseña del crítico Ignacio Echevarría ( crítico que inmerecida o merecidamente ocupa una posición referencial en lo que atañe a la narrativa en lengua castellana) sobre la versión en castellano de la última novela, El hijo del acordeonista, del escritor euskaldún Bernardo Atxaga (que inmerecida o merecidamente ocupa una posición referencial en la literatura actual en euskara). La reseña contiene una descalificación rotunda y contundente de la novela en base a dos argumentos que en el espacio de la reseña se despliegan entrelazándose: una escritura blanda para una visión blanda de la conflictiva realidad vasca, entendiendo por blando en este contexto aquella cualidad que tiende a teñir de suavidad lo áspero y a travestir de esencia las sustancias concretas haciendo sobreactuar lo idílico: la fusión/confusión de contrarios, en detrimento de lo conflictivo: el enfrentamiento dialéctico. Juicio al que la reseña llega desarrollando, dentro de los límites del género, las necesarias pruebas, ejemplos y considerandos. Se trata de una crítica personal – como no podía ser menos – pero su calificación ya de subjetiva ya de objetiva dependerá finalmente de la ponderación que los lectores de la crítica concedan a la solidez, oportunidad, adecuación y suficiencia de esas pruebas y argumentos sobre los que se asientan tales conclusiones. Ponderación que si en principio parecería exigir a su vez una lectura propia y personal de la novela a fin de tener argumentos “de primera mano”, en la práctica cotidiana se disculpa tal posible exigencia por la misma razón que juzgamos una sentencia aun desconociendo la totalidad del sumario. Pero nada más recomendable que leer la novela si se quiere intervenir con más propiedad en el debate. Desde el interior del propio periódico y “dejando aparte mi juicio sobre la novela” según le comunicó el responsable de Opinión al crítico, la reseña fue calificada de manera estentórea de arma de destrucción masiva con los consiguientes efectos centrales y colaterales que hoy conocemos.

Pero malamente se entendería el alcance de la crítica de Echevarría si se olvidaran las circunstancias nada circunstanciales que conforman el contexto: el hecho de que la versión al castellano del libro de Atxaga aparezca en la editorial Alfaguara perteneciente al mismo grupo empresarial que el periódico donde se hospeda el suplemento; el hecho de que con esta edición el grupo empresarial merced a un importante adelanto incorporaba a su órbita al escritor- símbolo de la cultura vasca (en el cuerpo central del colorín dominical de ese mismo fin de semana el mencionado diario independiente de la mañana desplegaba a todo color y paisaje pastel la colaboración estrella del recién fichado) , y el hecho nada baladí de que la línea política de ese importante grupo empresarial y mediático venía y viene proponiendo, al menos desde las últimas elecciones autonómicas, una vía o estrategia de salida al conflicto armado que implicaría su reinterpretación –discutible en todo caso y con la que el crítico evidentemente discrepa- en clave de su entendimiento como indeseada secuela psicológica o política de la guerra civil española. Estrategia que al parecer la empresa compartiría con fuerzas políticas como el PSOE, el mismo partido que durante lustros se ha olvidado de que el túnel sin salida se cegó, en buena parte y entre otros momentos, aquel día en plena transición desde la dictadura a la Constitución del 78 en que los representantes de la Platajunta entraron a dialogar con el Presidente Suárez en base a un programa de nueve puntos y salieron con un acuerdo sobre siete que dejó en el camino - nadie ha contado a cambio de qué- el punto referido a la reivindicación por parte de las fuerzas democráticas del derecho de autodeterminación de los que entonces se llamaban los pueblos ibéricos. Estrategia, nuevo horizonte o nuevo talante histórico que la novela y el propio y nada desdeñable capital simbólico del autor legitimarían al menos implícitamente.

A partir del momento de la aparición de la reseña se producen distintas reacciones en diferentes ámbitos y con distintos registros, ocultas algunas de ellas hasta el momento en que la carta abierta del crítico las pone encima de la mesa. Por un lado el periódico desplegaría un espectacular “desagravio de papel” que en sí mismo ya suponía una fuerte desautorización del crítico. Por otro, congelaba – “retenía” – sus colaboraciones sin explicaciones previas y “ad calendas graecas” en lo que suponía un verdadero acto de censura. Finalmente convendría destacar que si bien el procedimiento de reprobación y castigo permanecía en el ámbito interno de la empresa, a nivel público era obvio que el expediente de “separación de empleo” era un hecho con efectos notorios sin que ello pusiese en marcha movimientos de apoyo o denuncia entre los actores del campo literario salvo contadísimas excepciones. Muy al contrario, en diversos medios culturales de Euskadi se abundó en la descalificación “ad hominem” del crítico achacándole ideas parafascistas (extrañamente aplicadas a quien pocas semanas antes acababa de respaldar a fondo y elogiar muy positivamente la novela El vano ayer de Isaac Rosa como uno de los mejores logros de la narrativa actual en razón a su coherencia y coraje progresista) o torvas intenciones conspirativas, coincidiendo así, en su indignación y condena, con los gestores de los intereses mediáticos, políticos y empresariales del grupo Prisa. Más sorprendente resulta tal coincidencia si se toma en cuenta que dejando aparte cuáles sean las simpatías y posiciones políticas del ciudadano Bernardo Atxaga, la mirada pastoral e idílica que el crítico achaca con razón, a nuestro entender, al texto, ciertamente no deja que por ningún lado asome en la novela ni la lucha de clases ni el depredador desarrollo de las fuerzas productivas externas o internas ni cualquier otro elemento que permita señalar, en la representación que la narración nos ofrece de Obaba en cuanto espejo del Euskadi, una mínima visión de izquierdas salvo que, como en efecto sucede, cualquier denuncia del fascismo pasado o presente otorgue a cualquiera patente de izquierda.

En mi opinión, es la suma de estas tres circunstancias “agravantes” lo que provoca la explosión de ese arma de destrucción masiva – esta sí- que los empresarios y sus capataces poseen en sus arsenales y no dudan en utilizar cuando su territorio se ve seriamente amenazado o contrariado: el despido, el poder de decidir, de facto, conceder o retirar el derecho al trabajo que usurpan desde su posición de detentadores de la propiedad privada de los medios de producción. El problema de Ignacio Echevarria como crítico no fue, como bien argumenta en su carta, el tono contundente de su reseña, al fin y al cabo coherente con su trayectoria y su merecida condición de crítico “guardián”, pues aunque en ocasiones pudiese resultar molesto para el periódico, tal incomodidad se veía compensada por la alta dosis de credibilidad y prestigio que con su tarea transfería al medio. Ni siquiera creo que haya que buscar las razones del despido – pues de un despido por “silencio administrativo” se trata- en el choque de intereses internos que hacen que la empresa se vea en la tesitura de ser juez y parte y víctima y verdugo de sí misma pues las contradicciones externas, como la doble moral en el político, pueden fácilmente rentabilizarse, gozan de excelente prensa (la propia y ajena) y en cualquier caso los posibles daños siempre se pueden reparar. Tampoco entiendo como casus belli el hecho de que el crítico transparente determinada posición política respecto al conflicto armado en Euskadi pues en el propio periódico se han venido haciendo públicas posturas divergentes al respecto. Lo intolerable, lo que les ha parecido intolerable a los propietarios de los medios de producción y expresión de las palabras de la tribu es que el guardián de la exigencia literaria abandone su parcela, ese “sacro y autónomo terreno de lo estético”, saque los pies del tiesto y se atreva, llevado por su rigor crítico o por su mera condición de ciudadano, a meterse en el papel y en los territorios del tribuno que denuncia lo que desde su opinión entiende como un discurso narrativo peligroso para la salud moral y política de la comunidad. Lo que no toleran es que nadie les arrebate el usufructo de las palabras e historias colectivas. Al fin y al cabo ellos son los que invierten en la Bolsa de los significados y de ellos, por tanto, deben ser los dividendos semánticos. El crítico cruzó la linde de una propiedad que no se puede franquear impunemente.

Decíamos que Echevarría abrió la ventana, dejó entrar la luz y señaló con el dedo. E indudablemente pasó lo que tenía que pasar: que se lo cortaron. Pero también pasó lo que no siempre pasa: que dio tiempo a mirar y descubrir lo que el dedo señalaba: que sólo haciéndonos creer que somos libres consiguen que sigamos siendo sus esclavos. Porque en la crítica, como en el capitalismo, la libertad no deja de presentarse como un malentendido. Y es que si la lectura carga con la ilusión de ser diálogo de intimidades, la crítica, contra lo que generalmente se piensa, no es una instancia mediadora entre el escritor y los lectores. Ese espacio, en las actuales economías de mercado, corresponde a los editores, cuyo trabajo consiste en proponer a la comunidad o mercado aquellas lecturas que en su opinión - criterio- puedan satisfacer sus deseos, necesidades o expectativas que, a su vez, los medios de producción de deseos, necesidades y expectativas han puesto en circulación. El crítico analiza y valora esas propuestas y su trabajo le sitúa así entre la edición y los consumidores de libros. La práctica es engañosa y tiende a hacernos pensar que los críticos hablan del trabajo de los escritores o de los escritores cuando en realidad están hablando de propuestas editoriales. Sería bueno que los escritores entendiesen que la crítica no tiene como objeto sus obras en cuanto pertenecientes a su privacidad sino y sólo en tanto pasan por la decisión editorial de hacerlas públicas. Sería bueno que los escritores “agraviados” por la crítica del crítico entendiesen que la crítica habla de un texto y del autor del texto “solo y en tanto” productor del texto. Y sería especialmente conveniente, para no llevarse a engaño o desengaño, que los críticos también entendiesen que su trabajo empieza y acaba en las instancias de la economía política dentro de las cuales no dejan de ser operarios semánticos, mejor o peor cualificados, y demandados con mayor o menor intensidad no por los lectores sino por sus empleadores reales: los medios de comunicación que son los que arriendan sus servicios. Y las editoriales, por mucho que se presenten o quieran verse a sí mismas como instancias generadoras de Cultura (con Mayúsculas) no pueden dejar de ser, en última instancia y casi siempre en primera, un poder económico - grande, mediano o pequeño - con capacidad de intervenir en lo público, pues no otra cosa es la tarea de "publicar", pero con la inevitable necesidad de participar en el juego económico. La labor del crítico consiste en juzgar desde sus propios criterios, si los tiene, la conveniencia o no de esa publicación para la salud semántica de su comunidad (y lo que puede ser saludable para una comunidad puede no serlo para otra) pero en sentido estricto -y el caso Atxaga es prueba evidente- tampoco recae en ellos, en cuanto personas privadas, esa capacidad pues son los medios que hacen "públicas" las críticas los que realmente intervienen en el debate. En el artículo aparecido en la sección de La defensora del lector, a propósito del escándalo, Lluis Bassets, responsable de Opinión y del suplemento Babelia, no duda en dejarlo claro al hablar del derecho de las empresas periodísticas a “contratar los artículos que deseen ver publicados en sus páginas” (aunque no aclara si tienen derecho a no publicar a aquellos artículos ya contratados pero que les parezcan inoportunos por las razones – sus razones – que sean). Más claro imposible. Y el mismo ejecutivo deja ver que la libertad de expresión del crítico se refiere al terreno de “las cuestiones estéticas”, abundando así en nuestra sospecha de que fue el paso de “guardián” a “tribuno” lo que provocó la reacción de los responsables del periódico.

Desde esta perspectiva, más impersonal y menos psicológica, la crítica es en realidad un diálogo entre dos poderes económicos que como tales poderes quieren y necesitan trasladar su influencia al ámbito cultural. Porque ahí es donde el responsable de Babelia se equivoca al pensar que su derecho a publicar puede fundamentarse en el deseo de “contratar los artículos que deseen ver publicados en sus páginas”. Ninguna empresa capitalista puede obviar que su actividad se desarrolla en una esfera donde la confianza social es necesaria y más si esa empresa se mueve en los ámbitos de la comunicación y la cultura. Una empresa está obligada a mantener los buenos modales, la apariencia de que el juego de deberes y derechos es el mismo para todos porque, si no lo hace, la base del comercio – el contrato entre iguales- se viene abajo. De ahí que la defensora del lector recuerde a sus jefes que la mujer del Cesar no sólo debe ser honrada sino parecerlo. No en vano la moneda es un ente fiduciario. Y evidentemente y como el Director del periódico reconoce, algo han manejado mal a ese respecto. El ejercicio de la propiedad en sociedades complejas tiene sus límites. E Ignacio Echevarría, a costa de perder sin duda un dedo, ha venido a plantearlo. Y los abajo firmantes, Rafael Conte y Ferlosio y Vargas Llosa y Eduardo Mendoza y Javier Marías y Francisco Rico y Jorge Herralde y tantos otros han venido a recordárselo: queremos seguir sintiéndonos libres y no queremos que nadie de los nuestros se vea obligado a poner el dedo en la llaga. Puestas así las cosas, esta historia parece terminar como las películas norteamericanas que tratan de algún caso de corrupción: las personas pueden fallar (manejar mal el asunto) pero el sistema de libertades funciona (los intelectuales una vez más han puesto al capital en su sitio y la empresa, vía defensora del lector niega la mayor – la censura- pero acepta la menor: la torpe gestión).

El tribuno que no existe ve esta película y se queda pensativo: articula el argumento, analiza a los personajes, relee los diálogos, contextualiza los enunciados, criba los adjetivos e interpreta finalmente que esta historia nada tiene que ver con finales felices: no está contando que haya un capitalismo bueno y un capitalismo malo sino todo lo contrario: que el desarrollo del capitalismo en esta fase de expansión y acumulación acelerada está provocando, entre otros fenómenos, que las empresas, llevadas por la inevitable lógica de la competencia y la reproducción, necesiten controlar no solo la producción sino la circulación, la distribución y el consumo, lo que puede dar lugar a episodios de sinergias negativas como es el caso. Sucede que la burguesía, cuya razón de ser es vender y vender con beneficio, está obligada a acabar con toda excepción ya sea cultural ya sea laboral y si tiene que morderse a si misma, se muerde. Asistimos a una historia empresarial, PRISA contra PRISA en este caso, pero vale para cualquier otro, que pone en evidencia que en caso de conflicto entre beneficio y legitimidad, por mucho que nos desgarremos las ropas en aras de la cultura, la solución del sistema consiste en hacer del beneficio la única fuente de legitimidad. El tribuno que no existe, mientras llega al ágora, piensa que con estas condiciones objetivas poco espacio parece quedar para el criterio y las libertades individuales del crítico. Poco, muy poco, pero sin duda el suficiente para que unos pierdan su dignidad y otros la defiendan y mantengan. Y nos recuerda que frente al pesimismo de la razón permanece el “non serviam” de la voluntad. Se trata de organizarla, dice, y acaso alguien le reproche que ese decir ultimo no estaba en la película.

Lo que no entiendo es por qué publicaron la crítica pudiendo no hacerlo. A ver si me explico. Aquí hay una doble responsabilidad: el firmante se hace responsable de lo que escribe, pero no del hecho de que eso se publique. Eso ya no es una decisión suya, sino, supongo, del coordinador de Babelia o del propio director adjunto. Por tanto, es a ellos a quienes hay que echar, ya que no cumplieron la labor de velar por los intereses del grupo empresarial. A Echevarría se le podría haber despedido si hubiese infringido sus obligaciones de crítico: por ejemplo, al escribir una reseña de un libro no leído

No tiene justificación que desde Babelia se prefiera "controlar en la medida de sus fuerzas, el mundo de la cultura y favorecer a sus empresas" porque Babelia no se vende como una publicación del grupo Prisa, sino como una revista de crítica literaria independiente. Todos sabemos de que pie cojean los principales medios, pero de ahí a que se despida a un trabajador por hacer una crítica negativa de un libro me parece algo exagerado (curiosamente ese libro fue defendido como obra maestra en el ABC pocos días antes o después) y más que un toque de atención al resto de redactores.

Bueno, siempre nos quedara internet.

La línea de Babelia, sectaria, es la que es. Prefieren controlar en la medida de sus fuerzas, el mundo de la cultura y favorecer a sus empresas. A I. Echevarría le ha gustado siempre ser una especie de azote de escritores como si quisiera revivir los paliques de Alas. Hace unos cuantos años la lió igual de bien cuando censuró una novela de R. Chirbes y salió servilmente Muñoz Molina a defenderlo. A él le gusta observar la tarea del crítico literario como un custodio feroz de una llama sagrada y eso le honra, al menos en mi opinión. Lo suyo es lo que de arte tiene un libro, no su marketing. Pertenece a una tradición benjaminiana de crítica cultural y de un modo de ver la novela que va de V. Wolf a Th. Bernhard. Hay demasiada crítica literaria de todo a 100 que van vendiendo obras maestras como los periodistas deportivos venden partidos del siglo. Para mí Echeverría era casi la única excusa para leer el Babelia que siempre ha sido un suplemento lamentablemente mediocre a pesar de los esfuerzos y limpiezas de cara de los últimos años.

Thursday, August 03, 2006

GREGORIO MARTÍNEZ / OVIEDO: OTRA HISTORIA DE SABOTAJES

Oviedo: crítico fantástico
(Gregorio Martinez)

José Miguel Oviedo sostiene, en artículo publicado en Perú.21, que "cuando las polémicas surgen de un planteamiento erróneo, no sirven sino para envenenar el medio intelectual". Me ruboriza la pureza arcaica de Oviedo y su referencia a los coletazos y a la reyerta de escritores que ha dejado atrás el congreso realizado en Madrid. Siento vergüenza por su fácil y cómodo cinismo. Quizás cinismo sea demasiado. Por su descaro sería más concordante. Si Oviedo buscara "desahuevina" en Google, al instante recibiría la dosis que le corresponde, su trozo de post modernidad.
Y qué feudal el pensamiento de Oviedo. Que Peisa publicó a Miguel Gutiérrez gracias a la recomendación de un regio. Un libro, maese Oviedo, es mercancía desde cuando lo hacían a pulso los monjes benedictinos en Monte Cassino, antes que naciera la imprenta, la modernidad y el capitalismo. Oviedo, todavía medieval, imita tarde a Cervantes, que le dedicó El Quijote al duque de Béjar. Bien podría tomar lección actual de Pietro Aretino, antifeudal, que le dedicó Sonetos lujuriosos a su propia pichula.
Tarde conocí a Oviedo. Nunca en Lima, ni siquiera de vista. Fue en Washington D.C., en una exposición del pintor Fernando de Szyszlo. Oviedo no había ido por amor al arte sino porque en tal evento se empezó a cocinar, en Estados Unidos, la candidatura presidencial de Mario Vargas Llosa, también presente en el acto y muy efusivo con cada quien.
A Oviedo le vi cara de espanto. Soy feo, pero no es para tanto. Verdaderas bellezas me han seducido y noqueado sin remedio en el ring de las cuatro perillas. Bueno, reconozco que el cronopio Alfredo Portal me llama "Upercut" Martínez. Y una vez entré al Hospital Militar, en Lima, donde César Lévano estaba preso, incomunicado y enfermo, solo con decirles a los guardias armados: Soy el coronel Martínez.
Que Oviedo no me conociera ni en pintura, eso no fue óbice para que escribiera solapa (eso creía él) un articulo de malaleche contra mi primera novela, Canto de sirena. No lo publicó en Lima. Se trataba de meter veneno con premeditación. Oviedo calculó bien en dónde ese torpedo podría surtir efecto. "Crítica al sesgo", de título dudoso, apareció en una revista académica de México.
Sospecho que el malestar de Oviedo a causa de mi escritura comenzó cuando vio que en los coloquios sobre literatura de América Latina algunos especialistas presentaban ponencias en torno a las dos obras que tenía publicadas. En especial Dick Gerdes, el traductor al inglés de Un mundo para Julius.
Algo más, hasta la fecha el artículo de Oviedo no aparece en ninguna bibliografía. Sigue soterrado. Si lo registra el libro de Milagros Carazas, Orgía lingüística de Gregorio Martínez, 1998, es porque yo se lo alcancé. Incluso la obra de Blas Puente, Poética narrativa en Canto de sirena, publicada por Peter Lang en Nueva York, 2004, no lo consigna.
Fue para cortar el brote de un escritor diferente que Oviedo escribió "Crítica al sesgo". Nadie iba a enterarse en el Perú. En cambio, muchos profesores en Estados Unidos iban a recibir la revista con el artículo socavador. Así llegó a manos del peruanista alemán Wolfgang Lutching, especialista en Ribeyro. Lutching, que no era un desprevenido, de inmediato le envió copia a Carlos Milla Batres.
Dicho texto de Oviedo esta plagado de mentiras. Dice que soy un autor sin oficio, aislado del mundo literario. Que Canto de sirena apenas había despertado cierta curiosidad en Lima. Remata con la afirmación de que se trata de una obra frustrada que ni siquiera llega a ser novela. Había sentenciado el pontífice.
Todo al revés. Conocí la literatura en el bar Palermo. Ocurre que por angas y por mangas vengo de culturas ágrafas (quechua y afro). Mi único antecedente literario es por el parcial ancestro chino de mi madre. Por curiosidad había leído de niño al mallorquí Ramón Llull del siglo XIII, al iqueño Gustavo Pineda, fragmentos de Ciro Alegría, Arguedas, El Quijote. Nilo Espinoza fue el primero que me habló de Ulises de James Joyce cuando nos conocimos en el bar Palermo. Andrés Cloud me mostró lo que era un monólogo interior. Después, en el Grupo Narración, me embarqué en un aprendizaje con Augusto Higa, Antonio Galvez Ronceros, Miguel Gutiérrez.

Por otro lado, el crítico y editor francés Maurice Nadeau, el célebre autor de Historia del surrealismo, había adquirido los derechos de Canto de sirena. Nadeau era un editor pobre, pero inigualable. Entre sus pocos autores figuraban Robert Musil, Witold Gombrowicz, Malcolm Lowry, J.M.Coetzee, aún desconocido, y otros raros. Mientras Oviedo le negaba todo mérito a “Canto de sirena”, Alberto Escobar asesoraba a la traductora Sylvie Koller.
En el mismo periodo, sin conocerme, el famoso historiador Ruggiero Romano, maestro de Alberto Flores Galindo, Manuel Burga, Germán Peralta, le echó el ojo a Canto de sirena y le pasó el dato a Editorial Einaudi de Italia. Pese a la cortina de humo tendida por Oviedo, Ruggiero Romano llegó a Lima. Nos reunimos en el bar del Hotel Crillón. El prestigioso maestro no se aguantó. Se levantó de la mesa y fue a ponerle un cable a Einaudi a través del telex del Hotel Crillón.

Tiempo después, la actitud de Oviedo fue imitada por Mirko Lauer. Culeco de celos, le cambió el título a un artículo que envió a La República Roberto Reyes y le puso "Por qué nadie lee a Gregorio Martínez".
Pero a José Miguel Oviedo, luego de conocerlo de paso, jamás le guardé rencor. Entendí que esos celos resultan naturales en alguien que se creía con derecho a otorgar la fama. Por eso fui amigable cuando lo encontré en un evento sobre literatura peruana que se realizó en Nueva York. Dicho coloquio, de 1998, lo organizó Alfred Mac Adam, el traductor de Carlos Fuentes. Fue en el palacio de los Rockefeller, donde había un gran salón lleno de arte, oro y antigüedades, denominado El cuarto de Atahualpa. De Lima llegaron Pablo Guevara, Carmen Ollé y Fernando Ampuero.
Al final, el fotógrafo Lorry Salcedo me dijo para tomarme una foto con Pablo Guevara. El cónsul peruano en Nueva York, Iván Rojas, hermano de Hugo Neira, me pidió un lugar en la foto. No sé de dónde apareció Oviedo y clamó: "Gregorio, ¿puedo entrar?" Antes que le contestara, se clavó. Me pareció un gesto de amistad para borrar toda suspicacia.

Qué inocente fui. Un par de años más tarde, en 2002, Pedro Escribano entrevistó a Oviedo para La República. Todo a propósito de una antología de narradores. Ya en el último tramo de la entrevista, Pedro Escribano le preguntó a Oviedo por qué había omitido a Gregorio Martínez. No lo conozco, respondió con cara de palo. Si lo hubiera dicho con ironía, lo alabaría aquí. Pero no, Oviedo lo dijo en plan de espléndido impostor.

Thursday, June 22, 2006

LA MADRE DE TODAS LAS GUERRAS EN LA LITERATURA PERUANA

Uso de la Palabra: Encuentro en Madrid
Miguel Gutiérrez (Escritor)

Uno de los aspectos más meritorios del reciente Encuentro de Narradores Peruanos que se celebró en Madrid del 23 al 27 de mayo de los corrientes (25 años de narrativa en el Perú, 1980-2005) fue la amplitud de su convocatoria debido al espíritu abierto y democrático de sus organizadores, entre los que destacan los narradores Mario Suárez Simich, Jorge Eduardo Benavides y la entusiasta peruanista de nacionalidad española María Ángeles.

En los pocos eventos de este tipo a los que he asistido a lo largo de mi vida, casi siempre se trató de convocatorias parciales, más exactamente de amigos de los grupos hegemónicos que dirigen la cultura peruana o de grupos vinculados por aspiraciones regionales o por concepciones ideológicas comunes. Pese a algunas ausencias (por situaciones ajenas a la convocatoria misma), entre mujeres y hombres de los más diversos credos artísticos, procedentes de todas las regiones del Perú y de Estados Unidos y Europa, fueron más de 40 los escritores que se reunieron en Madrid confiriendo representatividad al encuentro.
El acto inaugural corrió a cargo de Mario Vargas Llosa, y las sesiones y debates tuvieron lugar en el espléndido local de la Casa de América. Las ponencias se establecieron sobre la base del carácter pluricultural y multilingüe de la sociedad peruana y de la heterogeneidad de sus literaturas. Como suele ocurrir, las calidades de las ponencias fueron diversas, pero de ninguna manera, sin faltar a la verdad, se les puede calificar de "pobres", como lo ha hecho algún escritor que justamente no contribuyó con ninguna ponencia y se limitó a presentar su novela más reciente.
En mi primera intervención ofrecí un panorama de la narrativa peruana en el período elegido. Por razones de tiempo hice una lectura demasiado parcial de un texto cuya exposición me hubiera demandado alrededor de 50 minutos. Mi propósito fue mostrar de la manera más objetiva (absteniéndome de toda opinión) de lo que realmente se ha escrito y publicado en el Perú y en el extranjero en los últimos 25 años.
Aunque el buen momento por el que atraviesa la narrativa peruana es el resultado conjunto de todas las generaciones vigentes (incluyendo el considerable aporte de poetas que han incursionado en la narrativa), me ocupé principalmente de la producción de las "generaciones" de los 80 y 90, conformadas por hombres y mujeres de las diferentes regiones del Perú. Así, para referirme a una sola generación, conforman la "gente" del 80 Jara, Cueto, Mariella Sala, Zorrilla, Tamayo San Román, Siu Kam Wen, Giovanna Pollarolo, Choy, Niño de Guzmán, Schwalb Tola, Aída Balta, Pilar Dughi, Castro, Guevara Paredes, Leyla Bartet, Suárez Simich, Nieto Degregori, Viviana Mellet, Malca, Iwasaski Cauti, María T. Ruiz Rosas, Ninapayta, Valenzuela. Asimismo consideré a escritores que cabalgan entre dos generaciones, como Colchado (Ancash), Ampuero (Lima), Cardich (Huanuco), Rosas Paravicino (Cuzco) o Panaifo Texeira (nacido en la Amazonía), o a Bellatín (nacido en México) y Herrera (Arequipa), situados en la "generación" del 90, pero que publicaron sus primeros libros en la década anterior.
Si los escritores de los 80 empezaron a publicar bajo el impacto de la guerra interna, los jóvenes de los 90, que eran niños o adolescentes en los momentos más duros de la guerra, iniciaron su producción cuando en la situación mundial se habían producido cambios sustantivos, como el desmembramiento de la URSS y la instauración hegemónica en el mundo de la política y el pensamiento neoliberales (son los días de gloria del señor Fukuyama), mientras en el orden interno se produce la derrota de Sendero y el MRTA y se impone el fujimorato. Existe, es verdad, una cierta estética minimalista que vincula a ambas generaciones, pero existen también entre ellas marcadas (y en algunos casos, radicales) diferencias. Más allá de la búsqueda de una escritura propia, los del 80 continúan la tradición de la narrativa anterior y creen y apuestan por valores como los de la justicia y solidaridad humana, pero no desde una perspectiva ideológico-política, sino humanística. En cambio, los del 90, por lo menos en sus posiciones más extremas, niegan la tradición narrativa, rechazan el realismo, postulan una poética centrada en el yo y en los universos privados, a la vez que abogan por el absoluto descompromiso social y el apoliticismo, si bien su filo político implícito (con resonancias del pensamiento conservador vargasllosiano) se manifiesta en su beligerancia frente a todo aquello que suene a socialismo o a valores comunitarios.
Por razones de espacio no puedo referirme a la riqueza y diversidad que caracteriza a nuestra narrativa última, como lo demuestra la variedad de líneas creativas, una gran apertura temática y la búsqueda y práctica de nuevos géneros. Por eso me excuso por perder estas últimas líneas para esclarecer un supuesto problema que suscitó mi discurso de clausura del encuentro. Dejando de lado lo anecdótico, el malentendido tuvo que ver con la relación del grupo hegemónico que domina los medios de comunicación y los narradores del mundo andino. Aunque sobre ambos temas he publicado libros y ensayos, he dictado conferencias y concedido entrevistas en los últimos quince años (con planteamientos que sigo manteniendo y a los cuales remito a los interesados), para evitar intentos de manipulación o interpretaciones torcidas sintetizaré aquí mis posiciones.
En mi novela “Poderes secretos” llamé "secta garcilacista" a lo que comúnmente se conoce "como argollas" o "mafias" que controlan lo que antes se llamaba "la cultura oficial". En el campo literario este grupo entró en crisis durante el velascato, se replegó en los años de la guerra interna y con nuevos rostros (y algún sobreviviente), en una suerte de cruzada neocarlista recuperó su poder durante el fujimorato y en las condiciones de la derechización del mundo. Que la secta mantiene su poder lo prueban los despachos y crónicas desinformantes (publicados en los medios que ella controla) sobre el desarrollo del encuentro. ¿Son malos escritores? No, no lo son. Pero tampoco son notables escritores que hayan escrito libros verdaderamente memorables. Y menos existe un escritor genial, como se alucina el tonto de la secta.

Uno de los aspectos más importantes de la narrativa actual es el surgimiento de una nueva narrativa andina con autores de indudable valor. Es de conocimiento público que esta corriente es omitida por el grupo hegemónico en sus informes literarios, así como se margina o se minimiza a sus escritores más representativos. ¿Qué hacer frente a esta realidad? En primer lugar, dar al traste las lamentaciones y no pretender ser admitido en los medios que la secta domina, pues es probable que si se le tocan las puertas alguno podrá ser admitido, pero en condiciones de subordinación. No, lo que hay que hacer es persistir en la creación de calidad cada vez más rigurosa y desarrollar una campaña agresiva estableciendo y fundando espacios, revistas y editoriales alternativos pero muy acordes con la modernidad.
Sin embargo, algunas de sus tesis las considero profundamente erróneas, como aquella que sostiene que la narrativa andina represente la esencia de lo peruano y que la sola pertenencia a este mundo sea garantía de calidad. Como dijo el escritor Alfredo Pita, estoy por el desarrollo y esplendor de la narrativa andina. Mas como en cualquier literatura, en la andina existen obras buenas, malas y mediocres, aunque tengo la seguridad que las buenas obras se impondrán pese a los boicots de la secta y su iconografía autoglorificadora. El Perú no es dual, es diverso y múltiple y en esto reside su posible esperanza.

Los escritores y su realidad (Alonso Cueto)

Hace poco, Perú.21 publicó un extenso texto de Miguel Gutiérrez sobre el Congreso de Narradores Peruanos en Madrid. A propósito del congreso, quisiera recordar aquí la generosidad y buen criterio de Jorge Eduardo Benavides y Mario Suárez, dos de sus organizadores, y la calidad de muchas de las ponencias que se presentaron.

En un pasaje de su texto, Miguel afirma que en el Congreso hubo "algún escritor" que se limitó a presentar su última novela. Que un escritor hable de su trabajo en un congreso de escritores no es extraño. Ocurre en todos los congresos internacionales. Si hay algo que los escritores estamos autorizados a compartir es aspectos generales de nuestro trabajo (las fuentes, los procesos de escritura, la conversión de personajes de carne y hueso en ficticios, etc.).Los escritores no somos necesariamente estudiosos de la literatura, capaces de hacer análisis o panoramas literarios. En algunos casos, podemos afrontar esa tarea pero no siempre es lo nuestro. En los congresos de antropólogos o historiadores o músicos, por hacer un paralelo, todos comparten siempre aspectos de sus investigaciones, proyectos y obras.
En otro pasaje, Miguel afirma que en el Perú existe una secta hegemónica, que impide la difusión de los escritores "andinos". La acusación es insólita. La existencia de una secta supondría una conjura sincronizada entre escritores, periodistas, editores y directores de diarios, editores de libros -en confabulación permanente- contra los escritores andinos. Cabe agregar que la hipotética secta debe ser muy inútil, pues los medios mencionan y reseñan obras de Miguel y de otros muchos escritores. La única secta real que existió aquí fue la de la revista Narración, que juzgaba y condenaba escritores en base a su supuesta ideología. Aunque reconoce que el Perú es diverso y que ha dado obras buenas, mediocres y malas, al final de su texto Gutiérrez declara, "estoy por el desarrollo y el esplendor de la literatura andina". ¿Y por qué solo por la literatura andina? ¿No podríamos "estar" también por la literatura de los pueblos selváticos y costeños? ¿Y por novelas nacida de la variedad de habitantes de Lima y otras urbes? ¿Y no deberíamos esperar también el desarrollo y el esplendor de obras fantásticas, de ciencia ficción, novelas de atmósferas privadas, prosas poéticas, novelas policiales, obras históricas? ¿Y qué de la literatura escrita por exilados? Declararse a favor de un único tipo de literatura es construir una trinchera en un campo de batalla inexistente. Las palabras de un buen libro se quedan grabadas en los corazones de sus lectores, vengan de donde vengan. Una novela, cuento o poema bien logrado es un organismo vivo cuyos rayos nos iluminan siempre. Debemos "estar" pues solo por la buena literatura, la que surge de la soledad esencial de sus creadores. De lo contrario, corremos el riesgo, entonces sí, de caer en una visión sectaria, y habremos perdido, en realidad, toda esperanza.

La temible secta limeña (Fernando Ampuero)

La vida literaria peruana, en nuestros días, se presenta movida por aguas borrascosas; vale decir, proliferan los escritores con el resentimiento a flor de piel. Y, como se sabe, el resentimiento (al igual que la razón) engendra monstruos.
Ciertos autores no aceptan que el Perú es un país pluricultural y, en consecuencia, negando a las minorías, lo dividen -lo siguen dividiendo, como en los tiempos de la Colonia- en criollos y andinos. No digieren el mestizaje, no reconocen el derecho de cada autor a escribir sobre lo que ha vivido, ni siquiera reparan que Lima es hoy la ciudad andina-negrachina- amazónica acriollada más grande del país. Solo así se explica la banalidad de sus recientes y penosos reclamos: una supuesta discriminación de los literatos limeños, un supuesto desequilibrio en la cobertura periodística. ¿Decían lo mismo cuando Ciro Alegría o José María Arguedas estaban en la palestra? No, que yo sepa. Nadie se quejaba. Entonces, ¿qué ocurre ahora? ¿No será que no hay escritores andinos de ese nivel que interesen hoy al gran público? Interesa 'Chacalón', interesa Dina Paúcar. ¿No es más bien que no se impone un equivalente literario de rasgos claramente andinos que desate pasiones entre los lectores?

Sin embargo, confieso que no le falta razón al escritor Miguel Gutiérrez, si nos atenemos a su artículo publicado el pasado 29 de junio en Perú.21, cuando nos hablaba de sectas literarias que conspiran contra los autores andinos. Y es precisamente por ello que me veo en la necesidad de informar sobre una experiencia que me ha deparado el destino.
Anoche, mediante una esquela manuscrita, acudí a una cena en una vieja casona de Barranco. Me invitaba un amigo de la infancia a quien no veía hace años, aunque pronto descubrí que ni mi amigo ni la invitación eran de fiar, sino que me habían tendido una trampa. En la casona me recibió un mayordomo que me condujo a un enorme salón sin muebles. Allí me pidió que aguardara, y luego se esfumó. Solo, bastante extrañado, me sentí inquieto ante tal acogida. Pero pronto extrañeza e inquietud se tornaron sorpresa y auténtico pánico cuando vi que por una pequeña puerta secreta (camuflada en una chimenea) irrumpían doce individuos ataviados con túnicas y capuchas negras, algunos de ellos enarbolando antorchas encendidas y otros arrastrando una joven, peluda e inocente alpaca atada con una soga. "¡Los escritores andinos nunca tendrán tanta prensa como los limeños!", exclamó uno de los encapuchados y, acto seguido, sacó un filoso cuchillo y degolló a la alpaca. "Nosotros, por si aún lo ignoras, somos la secta de escritores criollos que ningunea a los andinos", "¡Caray!", me asombré. "¡Entonces existen!", "Claro. Ya nos estás viendo". En realidad, a duras penas podía ver ojos y bocas a través de los huecos de las capuchas, y no resultaba nada fácil identificar, en esas miradas afiebradas y en esos labios sedientos de sangre andina, a ningún autor limeño. ¿Quiénes se ocultarán aquí?, pensé. ¿Iván Thays, Alonso Cueto, Jorge Benavides, Óscar Malca, Enrique Planas, Mirko Lauer, Jaime Bedoya, Santiago del Prado? No estoy muy al tanto de la vida literaria para dar más nombres, pero no me parecía que pudiera ser alguno de ellos. "Te necesitamos, Ampuero", exclamó el degollador. "Queremos que trabajes para nosotros", "No, por favor", contesté. "No me metan en líos. Ya tengo bastante con los narcos y con los cerveceros, que me amenazan, y a ellos se han sumado ahora unos dolidos poetas que sienten que he invadido sus feudos y que odian peor que peluqueros de señoras. Además, estoy a punto de publicar un nuevo libro y aprovecharán para atacarme". "No tienes alternativa, Ampuero; tienes que ayudarnos"." ¿En qué?". "Tenemos infiltrados y queremos detectarlos. Alguna de nuestra propia gente está ayudando a Miguel Gutiérrez, líder de los andinos". "Explíquense, por favor". "Gutiérrez ha publicado en Perú.21, que es un diario de nuestra secta (¡cómo diablos ocurrió esto! ¡por qué han consentido tales publicaciones!); incluso, en El Comercio, le han dedicado muchas notas y hasta un espacio destacado en una de sus enciclopedias. Esto es alta traición. ¿Quién permite que ocurran tales descuidos? Ampuero, te encargamos que lo averigües .Es algo que nos urge, pues ya se viene la Feria del libro de Guadalajara, donde el Perú es invitado de honor". Así que, queridos lectores, no piensen que el señor Gutiérrez padece delirio de persecución. Hay, en efecto, una secta que detesta a los autores andinos, y además, para colmo -tengan cuidado, literatos limeños-, hay autores andinos que están saboteando a esta secta limeña infiltrándose en los diarios que domina la "cultura oficial".

Cora Cora Melody (Fernando Ampuero)

Una absurda guerrita entre escritores peruanos está en marcha. Y para colmo de males no se centra en el debate literario, ni en discrepancias ideológicas o políticas, sino en algo que por decir lo menos resulta tristemente banal: la cuota de fama o, si se quiere, el esquivo reconocimiento que ciertos escritores reclaman para sí mismos. Como si aún algunos hombres de letras no supieran que la literatura, en lo esencial, está hecha de derrotas; como si se olvidaran que a muchas celebridades de antaño ya no las leen ni sus ahijados.

No hay amor más sincero que el amor a la lectura. La gente lee lo que le gusta, o bien lo que le interesa. He pasado buena parte de mi vida viendo cómo los críticos han hecho trizas ciertas obras, mientras los lectores se obstinaron en contradecirlos. Y muchísimas veces, aunque no siempre he coincidido con ellos, son los lectores quienes llevan la razón.

¿Le duele a alguien no ser elevado al olimpo? Comprendo sus sentimientos. Pero en esta materia todo tiene su razón de ser. Yo soy partidario de hablar claro y de llamar a las cosas por su nombre: aquí y ahora, en la artificiosa pugna que un grupo de escritores andinos entabla contra un colectivo de escritores criollos, y que el novelista Miguel Gutiérrez propicia desde hace unas semanas, sólo veo dos cosas: resentimiento y un manifiesto delirio con ribetes cómicos. Ciertos autores andinos, según Gutiérrez, se quejan de la mayor cobertura periodística que obtienen los autores criollos frente a los andinos. Y atribuye esta nefasta actitud de la prensa a "la hegemonía de una secta literaria", una secta secreta, que controla los medios. ¿Un Ku Kux Klan de limeños recalcitrantes? ¡Dios mío!

Las coberturas de prensa, que yo sepa, se explican por el célebre olfato que manejan los periodistas. Y éstos saben que, en nuestros tiempos, los autores criollos generan más interés entre los lectores. Hablo de Mario Vargas Llosa y Alfredo Bryce Echenique, por citar a las plumas estelares vigentes. Hace unos días, en el supermercado Wong, el buen Bryce firmó 600 ejemplares en una tarde de su reciente libro de memorias. Ambos venden miles de ejemplares de sus libros tan pronto salen. Estos son hechos. Estas son cifras. Y hace unos años ocurría también lo mismo con Julio Ramón Ribeyro. Pero si quieren ejemplos menos apabullantes, ahí está Jaime Bayly, que dicho sea de paso cholea a medio mundo en sus libros, pero que vende y en todos los sectores, no solo entre los criollos. Rafo León, Alonso Cueto, Jorge Benavides, Toño Angulo, etcétera, venden e interesan a los lectores. Sé que no es de buen gusto que mencione mi obra, pero yo, modestamente, he agotado varias ediciones de mis novelas y cuentos, y una crónica novelada que se vendió como pan caliente. Es el mercado quien habla, y la prensa, en consecuencia, atiende ese clamor. La prensa, por cierto, responde a su vez a los criterios de calidad. Pero sin olvidar que lo que vende más periódicos son los autores que agotan ediciones. Hay buenos y malos libros entre los escritores que venden, eso se sabe. Si a mí me dan a escoger entre las novelas de Bayly y los cuentos de Edgardo Rivera Martínez, exquisito autor andino, opto por el segundo. Pero no me pongo una venda en los ojos frente a las demandas del
mercado.

A mediados del siglo veinte, sin embargo, esto no ocurría. Los autores más leídos y vendidos eran autores andinos. A todo el país ilustrado le interesaban Ciro Alegría y José María Arguedas. Yo los he leído, y aún los leo, con verdadera pasión. Igualmente me atraen los cuentos de López Albújar y de Eleodoro Vargas Vicuña, este último un buen anticipo del genial Juan Rulfo. En esos días, sin lugar a dudas, los escritores andinos reinaban y no recuerdo que los autores limeños o criollos de entonces hayan protestado por la cobertura periodística que esos autores justamente merecían. ¿Qué sucede ahora? Algo francamente ridículo. Un grupo de autores andinos, cobijados bajo el ala de Miguel Gutiérrez, reclama atención. Pero, ¿hay razones para dársela? ¡Por favor! No existe un escritor andino de la dimensión de Alegría y Arguedas. Ni siquiera existe el equivalente literario del mestizaje que encarna Chacalón, o Dina Paúcar, cantantes con profunda raigambre andina y que de hecho consiguen un gran rating de sintonía, llenan estadios y, naturalmente, convocan el interés de la prensa. Y esto no es una invención de los sociólogos. La música chicha genera biopics consagratorios de sus artistas emergentes, convoca multitudes, interesa al gran público que lee diarios y revistas.

Miguel Gutiérrez es un escritor correcto ("políticamente correcto", diría) y respeto a quienes lo celebran, pero a mí no me gusta. ¿Es esta una limitación mía y no suya? Podría ser. Yo, en todo caso, he dado públicamente mi opinión y la he repetido por escrito. Del mismo modo, tampoco me interesa Mario Bellatin, autor a quien se cataloga de criollo. Bellatín escribe bien, aunque a mi juicio es frío: no me mueve un pelo. (Hoy, según me dicen, ha mejorado en sus últimos libros). Pero en lo que respecta a Gutiérrez no tengo ninguna duda. No me convence su prosa, ni su percepción del mundo. Su novela, La violencia del tiempo, fue para mí un soporífero y hasta una
paliza. A mitad del primer tomo acabé escupiendo las muelas.

El Perú ha cambiado. Lima ya no es la ciudad de Abraham Valdelomar, escritor finísimo que admiro y un provinciano que se convirtió en nuestro primer escritor moderno y criollo. Lima es una ciudad de 9 millones de habitantes y es la ciudad andina más grande del Perú. Pero casi todos los migrantes andinos que recalan por esta villa entran en metamorfosis al día siguiente. Su adaptación es casi instantánea: se compran jeans, anteojos oscuros y unas zapatillas Nike, y se ponen a bailar cumbia andina (música tropical criolla, mezclada con ritmos andinos). Quieren ser criollos, quieren ser limeños, y, en efecto, lo consiguen. Hoy en día constituyen los nuevos limeños. No todos se integran a las clases altas y medias altas, es cierto (aunque ya llegarán, pues Los Olivos está creciendo), pero la mayoría decide nuestro destino político, pues son ellos quienes eligen a presidentes y congresistas. Y estoy seguro que la nueva literatura andina-criolla, cuando tenga un autor que la sepa expresar en lo literario como sí lo hacen los cantantes chicha, vendrá de los conos. Por el momento, en cuestión de lenguaje escrito, lo único que expresa y refleja hoy a esas mayorías andinas-criollas es la prensa chicha, una suerte de periodismo-ficción.

Dina Paúcar, de otro lado, tiene entre los criollos una pálida contrapartida. No es la alemancita simpática que se disfrazaba de mamacha y cantaba y zapateaba en canal 7. Es un buen músico de jazz y rock, Miki González, quien hace fusiones de jazz y huaynos, un mestizaje a la inversa, aunque sin la gran repercusión de las cumbias folclóricas.

La peruanidad, que es una suma de mestizajes, cuenta con diversas minorías que buscan su representación literaria. Los chinos (Siu Kan Wen), los negros (Gregorio Martínez y Antonio Gálvez Ronceros, dos excelentes autores), los judíos (Isaac Goldemberg), los amazónicos (Róger Rumrrill), y, desde luego, los llamados blancos limeños, que por lo general son mestizos que pueblan la capital desde hace quinientos años. Aquí, pues, hay sitio para todo y para todos, y cada uno tiene derecho a escribir sobre lo que conoció y lo que ha vivido. Así lo dije, en Madrid, en el reciente congreso de escritores. Si yo me pusiera a escribir sobre la cotidianeidad de Cora Cora, no me saldría bien. Sonaría falso. Pero escribir sobre Lima, o sobre Miraflores, o sobre las vicisitudes de los limeños que deambulan por los países del mundo, es lo que me va bien. Resulta coherente y honesto. Y ello, desde luego, no deteriora mi identidad nacional. No me hace menos peruano que el resto de los peruanos.

Que existe racismo en el Perú, nadie lo duda. Que no somos un país integrado, ni qué decir. Pero tal vez mucho de este racismo (que viene de los dos lados) y mucha de esa desintegración desnuda nuestros conflictos y abona en favor de nuestra riqueza literaria. El país literario, en todo caso, no debería contribuir a que por quítame estas pajas vivamos constantemente enconados

Clásicos de la Provincia (Beto Ortiz)

Los personajes de la literatura peruana de la actualidad son analizados por el periodista con su característico estilo, sin pelos en la lengua.
Eternos "cover-boys" de nuestra literatura, Ampuero del Bosque y demás glorias del criollismo se desmelenan defendiendo su derecho a seguir posando solos para la foto hasta nuevo aviso. O hasta que salga un nuevo Arguedas, por lo menos. Una primicia: De acuerdo con la atendible lógica de "Los Regios", nuestros columnistas Fernando Maestre y Frieda Holler son los mejores escritores peruanos vivos después de Mario Vargas Llosa. "Sé que no es de buen gusto que mencione mi obra, pero YO, modestamente, he agotado varias ediciones de mis novelas y cuentos y una crónica novelada que se vendió como pan caliente", se agasajó esta semana, a piacere, el ingenioso hidalgo de los "novelistas criollos" Fernando Ampuero, en sorpresivo 'road-show' multimedia que -a juzgar por su súbita laboriosidad y por la matemática sincronía de sus apariciones- no hace sino presagiar inminente lanzamiento de libro nuevo, además de permitirle perfeccionar el llamativo 'look' gris-plata-Audi-A4 con que reincide -para la foto- en su ya legendaria pose "ta-qué-rico-que-soy" tan ideal para poner en la solapa. Seamos justos: Nunca lo habíamos visto tan cerca de Hemingway como ahora.

(Soy consciente de que por muchísimo menos que el párrafo anterior se puede ser confinado de por vida al área de servicio en la solariega casona de las letras nacionales, área reservada, como se sabe, a los escritores "andinos" o "cobrizos" como va a ser siempre y como tiene que ser, caballeros, les guste o no, aquí se reserva el derecho de admisión y no hay tu tía. Vayan haciéndose a la idea. Mas lamento decepcionarlos, andinistas: no es menester parecerse físicamente a Marcial Ayaipoma ni escribir yaravíes para ser obviado olímpicamente por Férnan y esa influyente y carismática manchita dominical de "Ciclistas del Mediodía" que tan poéticamente pedaleó, de cebichería en cebichería, hasta finales de la década pasada. Para ser declarado mueble, basta con no haberles reventado cohetes suficientes mientras tuviste la magnífica oportunidad. Acabo, pues, de suicidarme, como pueden apreciar. Lejos de su gracia, ya se sabe, no hay más destino que el polvo inexorable del olvido).
Okey, ya está. Ahora, a lo nuestro: agotar varias ediciones -dice- vender como pan caliente, ¿qué significa? Hagamos números. A ver: El escritor español Arturo Pérez Reverte vendió más de dos millones de ejemplares con su novela Las Aventuras del Capitán Alatriste. Un millón doscientos mil, la traducción al español de El código Da Vinci de Dan Brown. 400,000 libros vendidos en solo una semana fue el récord de García Márquez con Memoria de mis putas tristes, según informes de la editorial Random House-Mondadori.
"Hace unos días, en el supermercado Wong", -se jacta Fer, en no sé cuál de sus inusuales artículos de esta semana, con orgullito prestado- "el buen Bryce firmó, en una tarde, 600 ejemplares de su reciente libro de memorias". ¿Bryce en Wong?, ¡manya!, ¡qué maldito! ¿Quién auspiciaba?, ¿Tacama?, ¿Navarro-Correas?, ¿Absolut Vodka? No sé por qué pero me cuesta trabajo imaginarme a otros grandes de la literatura universal autografiando en el supermercado: "Estimados clientes, les informamos que, de 3 a 6 de la tarde, el renombrado autor José Saramago estará firmando ejemplares de su última novela en la sección lácteos donde usted y familia podrán también degustar los nuevos sabores tropicales de Milkito Light: mango, guanábana y maracuyá."
Pero no contento con hacernos jojolete con la cantidad de libros que vende su estimado choche que, por si lo han olvidado, es, además, el osito de felpa de la narrativa peruana y el escritor más querido -o perdón: entrañable- del país, Ampuerín se pregunta: "¿Le duele a alguien no ser elevado al Olimpo?". ¿El Olimpo? Aguanta tu carro, causa. Aguantafá. ¿El Olimpo?, ¿in Perú? Distinguidos habitúes de la pastelería "San Antonio", tengo noticias para ustedes: el único Olimpo que hay en Lima queda en la Plaza Manco Cápac de La Victoria y es un teatrito charcheroso que hiede a berrinche y en el cual, por una módica suma, puede uno deprimirse en medio de la muda contemplación del strip-tease continuado de algunas de las señoras más tristemente flácidas del país. "Ser elevado al Olimpo!!!" Gimme a fucking break.

En el Perú, donde si vendes mil libritos ya puedes darte por recontra bien servido y si, encima, te piratean, tienes derecho a salir a hacer caravana, el eterno top del ranking de ventas -como es obvio- es Vargas Llosa: 40,000 con cualquiera de sus últimas novelas.
Pero, cuidado, hay dos que venden exactamente lo mismo: Frieda Holler, la emperatriz del charm, y el psicólogo Fernando Maestre. Tanto Ese dedo meñique, exitosísimo manual de buenos modales de ella, como el primer tomo de Era tabú de él -un compendio de sus proverbiales consejos sexuales de abuelita-, alcanzaron la misma espectacular cifra de ventas a la que otros jamás llegaremos ni en nuestras más lúbricas fantasías. Allí tienen. Tomen mientras. Corónenlos ipso pucho de laureles. Ríndanse ante las delicias de su prosa. Podrá decirse que eso no es literatura. ¿Por qué, ah? Total, libro es libro. Si las listas de más vendidos de las librerías limeñas mezclan en un solo saco a Deepak Chopra con la guía turística Perú Legend, la filosofía Freddy Ternero, los Piratas del Callao y los alegres dibujitos de Carlín. Libro es libro. Y si vende, es bueno. Y se acabó. Todo lo demás es envidia, roña, tiña, la venganza del cobarde, pataleta, ñe-ñe-ñe, piconería.
Un 'best seller' en el Perú es cualquier cosa que venda por encima de 4,000 ejemplares. Y es un súper 'best seller', si pasa los 10 mil. Hay por ahí, dando vueltas, un periodista que vende como 15 mil ejemplares de cada libro que saca pero -a menos que lo atropelle un Enatru- no lo mencionaremos por su nombre aunque nos maten porque se la tenemos recontra jurada. Además, es cholo. ¿Entienden? Así es la nuez. Si no me cae bien, no lo menciono y si no lo menciono, no existe. Voilá. Es así como funciona la cofradía. No le digan mafia, tampoco secta. Suena horrible. Es apenas un alegre círculo de regios criollitos fotogénicos y dicharacheros al que, malhaya nuestra suerte, no pertenecemos. No seamos, pues, tan igualados. Ubiquémonos. Nosotros no somos como los Orozco. Yo los conozco, son ocho los monos: Nano, Toño, Alonso, Alfredo, Willy, Pita, Balo, Iwasaki. Nosotros no somos como los Orozco. Yo los conozco. (bis).
"¿Qué sucede ahora?" -guapea Ampuero del Bosque, como quien dice: ¿qué cosa pasa acá, carajo? - "Algo francamente ridículo. Un grupo de autores andinos, cobijados bajo el ala de Miguel Gutiérrez, reclama atención. Pero, ¿hay razones para dársela? ¡Por favor!". La frase le habría quedado más redonda, si escribía: ¿hay razones para dársela? S' il vous plait! "No existe un escritor andino de la dimensión de Alegría y Arguedas" -sentencia el autor de Deliremos juntos que, como sus millones de groupies en todo el orbe sabemos, se llama también Paren el Mundo que acá me bajo. Me pregunto: ¿Y por qué les ponen la valla tan alta, ah? ¡Qué buena vaina! ¿Desde cuándo hay que ser Arguedas para salir en Circo Beat si Niño de Guzmán -que escribe un libro cada 20 años- sale todas las semanas? "Las coberturas de prensa, que yo sepa, se explican por el célebre olfato que manejan los periodistas" -se justifica. Yaaa, cuñau. Y el número de portadas que logra un pintor se explica por el número de cuadros suyos que hay en las casas de los editores o de los dueños, ¿no es verdad? "Ni siquiera existe el equivalente literario del mestizaje que encarna Chacalón" -insiste.
Siguiendo el mismo símil musical, entonces, ¿qué vendría a ser él?, ¿el Gianmarco Zignago de la literatura?, ¿su Gasparín? Y como si fuera necesario terminar de hacer alarde de sus reconocidas dotes de peruanista visionario, Ampuero cierra con el broche de oro de una gallarda concesión que -aunque contiene una premonición aterradora- lo enaltece: "No todos (los escritores) se integran a las clases altas y medias altas, es cierto, aunque ya llegarán, pues Los Olivos está creciendo". Y al Malecón Cisneros, poquito a poco, se lo está comiendo el mar, faltó agregar.
Pero de todo su Cora-Cora Melody (título que, lamentablemente, no es tan chistoso como él cree pues parodia el nombre de un libro menos conocido de lo que él quisiera), mi frase favorita es esta: "Mario Bellatín escribe bien, aunque a mi juicio es frío: no me mueve un pelo". ¡Eso sí que es un exceso imperdonable! ¿Qué nomás habría que escribir para moverle un pelo. a Ampuero? Es como si una noche de estas, Hildebrandt terminara de volverse loco y exclamara: "¡Me llega altamente!" Hildebrandt, claro. Ya estaba tardando. ¿Hasta cuándo seremos, señor, tan absolutamente previsibles y aburridos? Magalita Hildebrandt contra Giselita Ampuero. Ampuero Capuleto contra Hildebrandt Montesco. Bah. Desde los chanchullos de Almeyda hasta las nuevas voces de la poesía, todos los temas humanos y divinos pasan obligatoriamente por el escrutinio de los mismos inofensivos Tom y Jerry de toda la vida que, queriendo intercambiar deliciosas pullas, no se les ocurre mejor cosa que tratarse de "renombrados zonzos". Tres veces bah. Y lo peor de todo es que luego el Enano agarra y se cruza y va y vuelve a escribir y escribe y de su almita brotan lombrices, tenias solitarias como esta: "Esos que han pujado toda su vida para que les saliera un párrafo indoloro, una frase con alas, un adjetivo que no goteara en la micción de un cólico nefrítico". ¿Cómo dijo?, ¿un-adjetivo-que-no-goteara-en-la-micción-de-un-cólico-nefrítico? Ay, Enano, Enano, ¿cómo te lo explicamos para que no te nos ofendas? No insistas más. Claudica. Ríndete. Es inútil. Escribes hasta el culo.


Uso de la palabra: Poderes literarios (Miguel Gutiérrez)

La polémica literaria iniciada en Perú.21 por el escritor Miguel Gutiérrez continúa. Gutiérrez responde ahora a los artículos de Alonso Cueto y Fernando Ampuero

En respuesta a mi artículo publicado el 29 de junio en Perú. 21, Alonso Cueto emplea una treta desinformante haciéndome decir, a propósito de la narrativa andina, lo que en ningún lado he sostenido, como el lector lo puede comprobar en el último párrafo y en la totalidad de mi texto, escrito conforme al espíritu que reinó en el Encuentro en Madrid. Pero no voy a polemizar con Cueto ni tampoco con Fernando Ampuero (también él, era previsible, me atribuye concepciones que no son las mías sobre la narrativa andina), quien, según costumbre limeña antigua, primero intentó banalizar el asunto a través de una sátira (más bien elemental), y luego, descontento consigo mismo, en un artículo más reciente, lleno de soberbia y amargura, intenta descalificar mi obra. Aunque a él le sorprenda, yo no estoy de acuerdo con otros colegas que lo tildan de narrador malo o mediocre.
No, pienso que Ampuero y buena parte de su entorno son escritores razonablemente aceptables de nivel medio e, incluso los mejores de entre ellos, de nivel medio considerable. Pero al margen de esto, reconozco un mérito de Cueto y Ampuero: el haberse reconocido como miembros de la "secta" que, según denominación de larga data, otros llaman mafia o argolla.
"Mafia", "secta", "argolla" son metáforas que entre nosotros aluden al grupo que domina y dirige la vida literaria del país. Pero ¿existe todavía un grupo de esta naturaleza? Increíblemente sí, aunque ya no dispone ni mucho menos de ese poder casi omnímodo que detentaba el círculo en su época dorada (los años 50 y los 60). A los integrantes del núcleo original, la gente de mi edad los recuerda como hombres exquisitos, elitistas, de modales algo lánguidos, casi virreinales, que los unían, además del espíritu de casta, ciertas ideas estéticas, antes que políticas. Sus críticas eran abiertamente discriminadoras con los escritores que no pertenecían al cogollo clasista. Si el libro tenía calidad y ya no podían ignorar al autor, con suave perfidia limeña condescendían a escribir sobre él, minimizando sus logros y agrandando sus supuestos defectos, con prosa bizarra, José Miguel Oviedo, leve y sutil, Abelardo Oquendo.
Hacia fines de los 60 el grupo entra en crisis y se escinde por discrepancias en relación con Velasco y Fidel Castro. Entre tanto han ido surgiendo en diferentes regiones del país importantes agrupaciones literarias, lo cual era reflejo de los cambios sociales que estaban ocurriendo en el país. Dentro de este proceso aparece el Grupo Hora Zero (es también el caso particular de Narración) conformado por poetas que provenían en su mayoría de las provincias. Para espíritus tan sensibles aquello debió ser una suerte de irrupción de los bárbaros. Y lo que les resultaba intolerable: no eran malos poetas. Todo lo contrario. La suya era una poesía impetuosa, de épica callejera y de inusitado esplendor verbal. Como ya no tenían el monopolio cultural y estaban debilitados por la escisión, los que quedaron del clan tuvieron que abrirse a ellos y a otros escritores que empezaban a publicar para mantener alguna vigencia.
Durante la guerra interna el agónico círculo se repliega, mientras La Prensa, que vive sus últimos días, es tomada poco menos que por asalto por un reducido grupo de jovencitos formados en la doctrina neoliberal (Bayly será la figura más conocida) pero sobre todo imbuidos de espíritu anticomunista. Finalmente, dentro de un contexto que diseñé en mi artículo anterior, el viejo clan se reagrupa y reestructura con nuevos rostros y el apoyo discreto y pertinaz de los sobrevivientes del grupo de los mandarines. Por supuesto, se han operado algunos cambios entre estos y aquellos, el más importante de los cuales, creo yo, es el bajón que se ha producido en estos años en cuanto a formación humanística y calidad literaria de sus integrantes. ¿Algún otro cambio? Entiendo que varios; por ejemplo, si bien es verdad que pretenden imitar las formas señoriales de los fundadores, lo que los define es la frivolidad y el cinismo, como un remedo criollo y tercermundista del espíritu postmoderno.
Como sabe que ya no puede establecer una hegemonía absoluta, pues a lo largo de las últimas décadas se han abierto nuevos espacios en el mundo literario, el grupo recompuesto logra rescatar una parcela importante del poder que dirige sin concesiones ni miramientos. Utilizando los vínculos que ha heredado se hace fuerte en los medios de comunicación de mayor influencia: periodismo escrito, televisión, radio, diversas revistas, como Hueso húmero (donde Mirko Lauer, poeta de segundo orden y narrador deficiente, pretende establecer el canon de la literatura peruana), editoriales (Peisa, entre otras), de las cuales son asesores y sus secretos lectores. Para ejercer su dominio y control, las figuras estrella (y las que permanecen en la sombra) han creado una suerte de sistema de mayordomías (a cuyo engranaje pertenece el tonto de la secta) encargado de glorificar a sus jefes y de hacer el trabajo sucio con las obras de autores que no gozan de la simpatía del grupo. De esta manera la resucitada argolla coopta a jóvenes de algún talento e incluso de talento notable, quienes (con las muy nobles excepciones) a cambio del éxito fácil y la gloria efímera inician la perdición de sus almas.
Uno de los objetivos de la Revista Narración (para responder a una línea del escrito de Alonso) fue, precisamente, crear un medio propio de expresión para romper la hegemonía de los mandarines de la cultura oficial del Perú. El hecho que apostásemos por el socialismo no nos convertía en sectarios como pretendía la vieja intelectualidad señorial, pues no hicimos más que adherirnos a una aspiración legítima de las sociedades humanas. Por cierto, dentro del grupo existían diferencias en la manera de entender el socialismo y en el camino a seguir para alcanzarlo, lo cual no impedía que marcháramos juntos en nuestra lucha en la arena cultural. Desde que salió el primer número de Narración, luego de un período de silenciamiento, fuimos objetos de sátiras y burlas, de marginación y de acusaciones diversas, como el de ser escritores acomplejados, envidiosos y mediocres, fanáticos y estalinistas. Sin embargo, todos los que escribieron en la revista continuaron construyendo una obra caracterizada por sus diversas concepciones artísticas, en relación con los temas, estructuras, técnicas y lenguaje.
En última instancia, toda ficción narrativa estéticamente lograda revela los dramas universales de la condición humana, dramas que pueden desplegarse en escenarios costeños, andinos o amazónicos, rurales o urbanos. Es verdad que los escritores suelen escribir sobre las realidades que conocen desde adentro, lo cual no debe implicar una limitación a sus facultades creativas. Pues a los creadores de ficciones les asiste el derecho de apropiarse de cualquier espacio real, imaginario o mítico, sin otro límite que el que les impone la propia imaginación y la audacia creativa. Un escritor costeño puede escribir sobre su aldea, pero también sobre Lima, sobre los pueblos andinos (incluyendo, por cierto, Cora Cora) o sobre el maravilloso y duro mundo de la amazonía. Igualmente, tiene la libertad de explorar las grandes ciudades del mundo, del presente y el pasado. O bien crear espacios absolutamente imaginarios o entrevistos en los sueños y pesadillas. Sólo un mandato no puede transgredir: el imperativo artístico que legitima cualquier obra.


Lima, capital del resentimiento (Fernando Ampuero)

El autor de Miraflores Melody (1974) y de El enano, historia de una enemistad (2001), entre otros, señala el origen del debate entre escritores andinos y costeños.
Lo que empezó como un reclamo trivial se torna ahora en un "yo no dije lo que dije" y, como de costumbre, en un "todos contra todos". Para quienes no están al tanto del desaguisado, la reciente polémica entre escritores criollos y andinos -una antigualla, por cierto- se inició por una cuestión de vanidad herida y de necesidad de llamar la atención. Un grupo de escritores andinos, liderados por Miguel Gutiérrez, se quejaba, y se queja aún, de que los autores limeños figuran más en la prensa que los andinos. Y que ello se debe, según Gutiérrez, al extraordinario poder de Alonso Cueto, Iván Thays y Fernando Ampuero, una secta de escritores limeños que tiene sometida a la prensa bajo su total dominio y control.
Es indispensable señalar que Cueto, Thays y Ampuero no dirigen la sección Cultural de ningún diario. ¿Cómo es que entonces esta presunta secta domina los medios? ¿Y cómo explican que, en los últimos días, nosotros, los poderosos controladores, hayamos permitido que nos agravie el pequeñín abusador en La República; Ortiz, Mora y Miguel Gutiérrez en Perú.21; un chiquillo ofendido y ventrílocuo (con su muñecón Reynoso) en Caretas, y uno que otro termocéfalo en El Peruano?
¡Qué control ni qué ocho cuartos! ¡Prensa parametrada era la de ellos en los años del velasquismo! Nos acusan de algo completamente estúpido. Y, a decir verdad, no creo que tales imputaciones les hagan mucha gracia a los jefes de las páginas culturales de los diarios de Lima. ¿Les gustará que Gutiérrez los considere los "siervos de la mafia"? ¿O acaso, en aras de lo políticamente correcto, lo que pretende este señor es intimidarlos para que, cuando un autor criollo o limeño publique un libro, no sea bien reseñado ni entrevistado en forma imparcial? Quién sabe.

Los desconocidos de siempre.
Ciertos escritores andinos, ya se sabe, han ordenado un zafarrancho de combate, buscando alianzas con otros egos insatisfechos. Y así, en un festival de invectivas y reproches, juntan fuerzas con algunos bravucones poetas de los setentas (recién salidos de las catacumbas, en un febril desempolvarse del olvido), y con la clásica reserva de espontáneos (ellos cuentan con amiguetes en diarios y revistas) dispuestos al cargamontón. Pululan, pues, los eternos resentidos (todos con su pesada mochila de expectativas frustradas), los que siempre operan en la sombra sin atreverse a dar la cara y, desde luego, los que no tienen vela en este entierro (por ejemplo, el pequeñín abusador, ventilando su alambicada jerigonza, y el alicaído Beto Ortiz Pajuelo, aislando frases de contexto y trasmutando un lío menor entre escritores en un desaforado ataque personal).
¿Qué busca este hatajo de exaltados? ¿Una invitación a la feria de Guadalajara? ¿Un flash de fotógrafo? ¿Un párrafo en la historia literaria local? Viéndolos tan coléricos, yo me digo, como en el poema de Brecht, ¡cuánto sufre esta gente! Lima es una ciudad patética, no poética. Y es que, aun cuando estamos llenos de poetas, no hay por aquí mucha poesía.
¿Quién lo ha nombrado el fiel de la balanza? En su envanecida visión de sí mismo, Miguel Gutiérrez se arroga el derecho de juez supremo y hasta se pone magnánimo. Él osa calificarnos como autores "de nivel medio considerable, incluso los mejores de entre ellos", dando por descontado que lo suyo es lo literariamente encomiable. ¿Y en qué criterios se ampara? La lucha de clases, sin duda. En el primer número de la revista Narración se publicaron Los dictámenes de Mao Tse Tung sobre el arte. Gutiérrez nunca fue socialista como ahora se quiere hacer pasar, sino maoísta. Y no hay que olvidar que hasta 1986, en su ensayo La generación del 50, afirmó nada menos que Abimael Guzmán era una inteligencia superior y el gran paradigma de los peruanos [Pág. 263]. (¿Quién es, entonces, el sectario? Sendero Luminoso sí que era una secta).
A tal punto resulta clasista en sus fobias que, en el congreso de Madrid, confesó en público que, mientras estudiaba en la universidad, odiaba sin ninguna razón, solo por su aspecto, a "un joven alto y blanco". Se trataba de Javier Heraud, a quien descubriera como poeta en un recital. Le costó mucho aceptarlo, dijo, y, al parecer, solo lo aceptó después de que este muriera acribillado en la selva de Madre de Dios.
Gutiérrez, por último, recoge el sentir telúrico de sus huestes y cae aparatosamente en la frivolidad. En Madrid -yo lo oí personalmente- admitió que las quejas de los escritores andinos eran excesivas y que estos tenían también cobertura periodística, al igual que los limeños, aunque las fotos de los limeños, enfatizó, siempre salían más grandes.
¿Qué revela tan pintoresca observación? Que el móvil de sus ataques es que no se siente lo suficientemente acariciado. Por eso fustiga a Oviedo y a Oquendo, tildándolos de antiguos mafiosos, y ningunea injustamente a Mirko Lauer, director con Oquendo de la excelente revista Hueso Húmero. No los considera destacados escritores, críticos y promotores culturales, sino definitivamente discriminadores y parte de un "cogollo clasista".
Yo dije en mi artículo Cora Cora Melody (Caretas, 1881) que Miguel Gutiérrez me parecía un soporífero. Ahora debo añadir algo más: es de hecho un escritor sobrevalorado.
Un diccionario de resentimientos. Casi desde su fundación, Lima es la capital del resentimiento. Somos muchos, nos percibimos diferentes, y pocos aceptan al otro. Cohabitamos en esta suerte de versión salvaje de una ciudad moderna. Aquí la tolerancia está devaluada y la degradación de la vida política nos contamina: reinan los corruptos, los cogoteros, las combis asesinas y, en lugar privilegiado, los maledicientes. Producimos resentidos en serie. Claro que algunos tienen sus buenas razones para detestar al prójimo, pero la mayoría, sobre todo en el país literario, busca pleitos por deporte (el juego del 'Palo ensebado', donde la diversión consiste en tirarse abajo a cualquiera que nos amenace con su éxito), o bien solo por lograr que sus nombres se conozcan. Sin embargo, ¿entienden todos cabalmente por qué son estos pleitos?
Para sacarle el jugo a tanta pelea, habría que escribir un Diccionario de resentimientos, dando los diversos motivos de los odios mutuos entre cada litigante, incluyendo al margen notas explicativas sobre la ira o las pataditas solapas de quienes gratuitamente se compran el pleito. Si A fustiga a B, digamos, y B está enemistado con C y D, entonces, estos últimos generan una virtual alianza con A y le hacen apanado a B y, de paso, le disparan a X y Z, por cuestiones tácticas o porque les sale del forro.

Cuando Ortiz, por citar un dato críptico reciente, me incluía entre Los Regios, ¿qué quería decirme? Alguna gente me dice: "Te ha dicho que eres un bacanazo y un presumido, como en todo su artículo". Sí, en efecto, pero aquí sería de gran utilidad el diccionario en cuestión. Aunque el dato es solo de interés para la mayor comprensión del lector y no enriquece en nada la polémica, Los Regios (apodo que con humor fraternal nos puso Blanca Varela, según Lucho Peirano) éramos un grupo de amigos escritores que montábamos bicicleta juntos (Julio Ramón Ribeyro, Antonio Cisneros, Guillermo Niño de Guzmán y yo), pero, por el fraseo de Ortiz en su artículo, obra como descalificación clasista. ¿Qué le fastidia en verdad? ¿Nuestra amistad? ¿O el hecho de que la hubiéramos pasado tan bien?

Termino esta nota, la última sobre este vano asunto, reproduciendo el poema LIMA, de Mateo Rosas de Oquendo, andaluz del siglo XVI que vivió en esta ciudad entre 1593 y 1598. Aparte de indicarnos que la palabra 'coimero' ya existía, su percepción resulta luminosa y puntual.

LIMA/ Un visorrey con treinta alabarderos/ por fanegas medidos los letrados/ clérigos ordenantes y ordenados/ vagamundos, pelones caballeros/
Jugadores sin número y coimeros/ mercaderes del aire levantados/ alguaciles, ladrones muy cursados/ las esquinas tomadas de pulperos/
Poetas mil de escaso entendimiento/ cortesanas de honra a lo borrado/ de cucos y cuquillos más de un cuento/ de rábanos y coles lleno el gato/ el sol turbado/ pardo el nacimiento/ aquesta es Lima y su ordinario trato.


Dejemos que hable el tiempo (Fernando Ampuero)

A estas alturas terminó nuestra absurda polémica literaria y ya queda muy poco por añadir, excepto algunas reflexiones.
A saber: la polémica sirvió para que algunos de nosotros, tontamente, pensáramos que la discusión podía crecer y ganar altura; sirvió para que picáramos los anzuelos de diversos escritores que querían hacernos saber lo descontentos que estaban de su suerte; sirvió para que nos dijeran a gritos lo que opinaban de nuestra obra; sirvió para que nosotros opináramos sobre las suyas; sirvió para que nuestros antagonistas obtuvieran su ansiada cobertura periodística a costa de insultarnos (deseo cumplido); sirvió para que enunciaran su visión muy estrecha y discriminatoria de la literatura; sirvió para que varios desempolvaran con ira las malas críticas que merecieron sus libros; sirvió para catapultar por la vía más triste nuevas carreras literarias; sirvió para que se fraguaran cartas al director con el objetivo de publicar más agravios; sirvió para darle tribuna a los clásicos zampones; sirvió para sacar del olvido a poetas de dudoso numen; sirvió para el ejercicio del más descarado autobombo; sirvió, en fin, para calentar la sangre y provocar un desembalse de todo orden de resentimientos.

Pero, sin duda, sirvió además para demostrar que no hay tal mafia que controle los medios; sirvió para divertir y horrorizar a los lectores. Y sirvió, por último, para hacerme reír con ganas y, en forma simultánea, para hacerme sentir (al igual que muchos, me imagino) enormemente apenado y desazonado.

Creo que quienes participaron en esta polémica han pintado retratos de sí mismos a través de sus palabras. Con lo que dijeron y con lo que callaron, con claras o vagas palabras, unos y otros ensayaron elocuentes respuestas, y algunos pocos, con obvia actitud culpable, evitaron darlas, disimulando la gambeta.

Las ofensas vertidas por todos se volverán anécdotas o quizá (es lo más probable) se desmenucen con el viento como los vacíos y calcinados carapachos de los cangrejos. Sin embargo, y lo digo sin la menor animosidad, nada halaga tanto como que alguien nos insulte con tanta desesperación. Hasta te hace pensar que algo bueno de uno ha de estar molestándolos.
Lejos de las posiciones de quienes aquí intervenimos, lejos de las flamantes simpatías y antipatías, sólo quedará la obra de cada cual (lo único que realmente importa), si es que algo queda.
Alguien quiso injustamente comparar una obra mía de juventud (escrita a los 23 años) con la obra de madurez de otro autor (que la escribió a los 55 años). Bueno, ya que estamos en tren de odiosas comparaciones, yo propongo como mi obra principal el mosaico narrativo compuesto por la suma de todos mis libros de cuentos, alguna crónica o novela y algún poema, para que el correr de los años se encargue de decidir su validez. ¿Qué obra de los escritores peruanos actuales tiene posibilidad de sobrevivir? ¿Qué libros se seguirán leyendo y cuáles permanecerán como un vetusto recuerdo de "lo que debía hacerse"? El tiempo sabrá decidir, pues no existe mejor antologador. El tiempo, implacable a la hora de elegir, suele ser más sensato y desapasionado.
Mientras tanto, pasada la juerga, ha llegado la hora de decir como en el poema de Juan Gonzalo Rose: querido cuerpo mío, continuemos viviendo. Y con ello, de paso, adherir a su vez a la sabia respuesta de Abraham Valdelomar, nuestro primer literato moderno, cuando le preguntaron sobre la principal misión de un escritor en el Perú. Valdelomar repuso: "¡La principal misión de un escritor en el Perú es evitar que lo aplasten!", aludiendo, desde luego, a nuestra roñosa vida literaria, tan proclive al cadalso.

Thursday, April 20, 2006

TAPIA / COTLER: HUMALA Y LA CRISIS DE LA IZQUIERDA


Carlos Tapia: "Ruptura social creó a Humala"
El ex comisionado de la CVR confiesa su abierto apoyo al candidato de UPP, Ollanta Humala . No lo condena por las acusaciones que pesan contra él sobre violaciones de derechos humanos y resalta que tiene una propuesta seria para atender las necesidades de los excluidos.

–Usted sostiene que las elecciones han puesto en evidencia la fractura social del país. Pero ¿cuál es la diferencia de este momento con el escenario de exclusion que siempre hemos vivido?
–La ruptura social es histórica en el Perú. Hay sectores de la población peruana que han sido permanentemente excluidos desde la fundación de la República. Lo nuevo es que los sectores populares han tomado conciencia de su situación de exclusión.

–¿Cuándo surgió ese fenómeno?
–Desde el 90 y por dos factores: los medios de comunicación y el desplazamiento de las poblaciones andinas por el conflicto interno. Antes, ellos creían que su mundo era autárquico, alejado. Pero luego se dieron cuenta de que el mundo de no tener agua, luz, no era compartido por la mayoría. Eso genera un escenario político propicio al desborde popular y a las nuevas apuestas electorales. Los de abajo ya no quieren vivir como antes y eso hace que los de arriba ya no puedan seguir gobernando como antes.

–¿Y origina que Humala tenga un electorado en bandeja?
–Así es. El tema no es denigrarlo al calificarlo como una amenaza. El problema es que esa ruptura social ha creado a Ollanta Humala. Agarra un mapa de las zonas de extrema pobreza, encima pones el mapa de escenarios de violencia política y luego las zonas donde Humala obtuvo más del 60% de votos. Verás que coinciden.

–Usted dice que Velasco también ocupó el poder en una situación similar. Y eso no resulta muy alentador. ¿Qué garantías existen de que con Humala se dé el cambio?
–Por supuesto que Velasco no fue un buen gobernante, violó la libertad de prensa, hizo una reforma agraria que impidió el desarrollo de la economía en el campo, pero su gobierno intentó redignificar a los excluidos.

–¿Y por qué compara políticamente a Humala con Barrantes?
–No comparo a las personas, solo la situación en la que surgieron. Igual fue con Fujimori. ¿Acaso fue un gran luchador social? Lo mismo Toledo. Es un error atacar a Humala como si fuera el demonio y calificar de ignorantes a los que votaron por él. Es una tontería hacer un frente contra la dictadura.

–¿Le parece una tontería criticar que Humala tenga actitudes amenazantes contra la prensa?
–Humala no es un idiota para utilizar métodos antidemocráticos y atentar contra la libertad de prensa: el país sería aislado y habría un efecto boomerang. Todo en la política se paga.

–Lo respalda a pesar de que usted es un ex comisionado de la CVR y él un candidato acusado de violar derechos humanos.
–No estoy para apañar impunidades. Debe investigarse todas esas acusaciones. Si apoyo a Humala es porque debe fijarse una posición sin miedos. Él es el candidato que ha propuesto una reforma tributaria que permitirá obtener mayor recaudación parar superar las desigualdades y tiene un programa integral de reparaciones para las víctimas de la violencia en el cual he colaborado. ¿Qué es preferible?, ¿votar por el Apra con Giampietri o UN con Woodman?

–¿Es mejor votar por los militares vinculados con el montesinismo que rodearían a Humala?
–No, no, si se comprueba eso sería el primero en condenarlo. Pero no me van a decir que esos militares son manipulados por Montesinos desde la Base Naval porque se estaría afirmando que el ex asesor trabajaba por su lado y Fujimori por el otro.

–Para la mayoría quedó claro que son la misma cosa, por eso existe temor de que la bancada fujimorista pacte con UPP.
–UPP ha sido el único partido que ha dicho que no se puede pactar con los fujimoristas. Aquí uno tiene que asumir sus riesgos cuando apuesta por un candidato.

–¿A ese precio?
–No tengo un compromiso por la camiseta sino por los objetivos. Lo que está en juego es la gran transformación social del Perú. Y no acepto que se me diga terrorísticamente que por votar por Humala, soy un violador de derechos humanos y un fujimontesinista.

La izquierda y el protagonismo personal

–¿Cómo debe interpretarse que intelectuales y técnicos que militaron en la izquierda y estuvieron en la sombra, ahora apoyen a Humala?
–No creo que nadie tenga el derecho de calificar a las personas de izquierda que están con Humala de ser oportunistas o de subirse al carro. Hay un montón de izquierdistas que militaron conmigo que están trabajando en el plan de gobierno de manera consciente.

–Eso no convierte a UPP en un partido de izquierda.
–No, lo que Humala presenta es un proyecto nacionalista, pero las masas izquierdistas sí han votado por él. Y eso se debe en parte a que la izquierda en el Perú ha tenido una performance electoral francamente catastrófica. Susana Villarán que representa a dos partidos nacionales de izquierda y 9 regionales, tiene 0.06% de la votación, el MNI 0.02% y Javier Diez Canseco 0.04%. Compara esos resultados a nivel de América Latina, es una vergüenza, el Perú no se merece eso.

–Pero es el castigo porque no se presentaron como un frente común.
–Cada uno quería ser cabeza de ratón. Buscaron pretextos para apostar por un protagonismo personal. El ejemplo de unidad de Barrantes se dejó de lado y ahora dicen que para las elecciones municipales y regionales volverán a presentarse. Con esos niveles de votación eso significa no tener un sentido ético.

–¿Cómo tomó las críticas de Susana Villarán contra Humala en el tema de derechos humanos y su visita a Madre Mía?
–Lo hizo con intención electoral para dañar la candidatura de Humala.

–¿No cree que lo hizo por convicción debido a su trayectoria en la defensa de derechos humanos?
–En este caso. (Tomado de La República 19-04-06)


Julio Cotler: "Vendrían tiempos de persecución"

El reconocido sociólogo Julio Cotler opinó, en una extensa entrevista con El Comercio, que de llegar a Palacio de Gobierno, el comandante EP (r) Ollanta Humala Tasso podría convertir a los reservistas en un ejército paralelo para intimidar y agredir a los opositores, al estilo de Hugo Chávez en Venezuela y Fidel Castro. Mucho se ha hablado de los riesgos que puede correr nuestra democracia luego de las elecciones del 9 de abril. Esa posibilidad es analizada con particular crudeza y lucidez por Julio Cotler Dolberg, prestigioso sociólogo del Instituto de Estudios Peruanos (IEP)
En el 2005 sostuvo que Ollanta Humala iba a pelear la presidencia y obtendría un 30% del electorado. Dio en el clavo.

En la siguiente entrevista, el experto del IEP habla del movimiento representado por aquel comandante del Ejército que desea llegar a Palacio de Gobierno. Lo hace con sumo y preocupante realismo.

¿Cree que nos jugamos la democracia en las elecciones del 9 de abril?
Creo que la candidatura de Ollanta Humala es una amenaza para la precaria democracia del Perú y su posible desarrollo en el futuro. Decir que se viene un movimiento de 20 años para lograr la unidad nacional es una tesis que choca con la democracia.

¿Significa algo que la gente le diga comandante? Incluso hay periodistas que lo reconocen de esa manera
A cierta gente le gusta el autoritarismo, pero sobre todo la autocracia: esa es la figura caudillesca que supuestamente nos va a sacar de la crisis y a la que le otorgan toda su confianza. Parece que vivimos en el siglo XVIII.

Ollanta Humala ha declarado en un mitin que desea tener un ejército nacionalista en el Congreso de la República
Lo que señalan es una expresión bruta de autoritarismo. Descartar la posibilidad de que existan diferentes puntos de vista es volver a los modelos políticos de hace 200 años.

¿Por qué en otros países la mano dura se encuentra descartada? Chile y Argentina son un ejemplo de ello. En el Perú la gente se inclina por ese tipo de opciones
Aquí no hay fuerzas democráticas. Los partidos políticos no han querido o no han sabido trabajar por la democracia. Siempre se habla del modelo económico, pero nunca del sistema político, importante porque va a canalizar lo primero.

¿Nos inclinamos por las opciones de mano dura porque no hemos sufrido experiencias terribles como la de Augusto Pinochet en Chile?
Pero hemos tenido a Alberto Fujimori y nuevamente vamos a tener lo mismo. Y va a salir otro Vladimiro Montesinos. El gobierno de Ollanta Humala se va a tener que sustentar en el Ejército.

¿En qué países aparecen personajes ligados al mesianismo?
En países muy desiguales, donde hay una profunda pobreza y una vieja tradición de colonialismo interno.

Y librarnos de esa estirpe nos va a demorar 50 años
Eso depende del desarrollo de las cosas, del grado de responsabilidad y de conciencia que tengan los políticos para lograr las alianzas que nos permitan salir de la crisis. Si Ollanta Humala logra llegar a Palacio de Gobierno, va a ser el capítulo final del Apra, porque va a ser el primer grupo político en ser atacado, por ser una fuerza organizada. Vendrían épocas de persecución.

CUIDADO CON LA VIOLENCIA
El perfil del electorado de Ollanta Humala es mayor de 40 años y no ha acabado el colegio. ¿Cree que ese perfil y el discurso radical nos va a enfrentar a un futuro violento? Por cierto, ayer en Huancavelica le han llovido piedras a Lourdes Flores
Y le van a caer piedras en mayor cantidad. Los reservistas van a ser la masa de maniobra de Ollanta Humala.

¿Los va a organizar para que sean su fuerza de choque, como un ejército paralelo?
¿Hugo Chávez no lo hace en Venezuela? En Cuba, cuando alguien se opone a la dictadura, la gente es movilizada para pegarle a las mujeres y callarles la boca a los hombres.

Cuesta creer eso...
Incluso va a ser mejor que el ejército paralelo de Vladimiro Montesinos, que funcionaba medio escondido. Con Ollanta Humala eso va a funcionar abiertamente, va a ser el pueblo saliendo a la calle para agredir a la gente opositora. Digo que eso puede suceder.

¿Usted no cree que el Apra pueda llegar a una alianza con Ollanta Humala?
¡Un militar no dialoga!

Pero las alianzas son normales en una democracia
Transar es traicionar, un militar no va a hacer eso. Sobre todo si se trata de un movimiento de refundación de la República. Por ello se va a eliminar a los opositores, pues van a salir expresiones como que ellos son vendidos al imperialismo

¿Nos esperan momentos peores que los vividos con Alberto Fujimori?
Por supuesto. Es que no va a haber dudas ni murmuraciones.

SABER ENGAÑAR AL ENEMIGO
¿Usted le dio credibilidad a la supuesta pelea entre Ollanta y Antauro?

Ollanta no ha desarrollado una campaña en contra de Antauro, quien le ha hecho la campaña. Ojo que Antauro es el racista, el enemigo de Chile .

El malo que sirve para resaltar al bueno. Esa es una estrategia muy sofisticada para un militar que no era muy brillante...
La astucia forma parte de la formación militar, para saber engañar al enemigo. Es una guerra: nosotros contra los otros. Se llevan las concepciones militares a la política.

Para no criticar a Antauro, Ollanta supo escudarse en la frase "yo amo a mi familia" que ha enternecido a la gente...
Sí, claro. ¿Me quiere decir que Ollanta Humala, como jefe del Estado, no va a indultar a su hermanito? ¿No va a nombrar a su padre de embajador en la Unesco?

GERMEN DEL MESIANISMO
La madre de Ollanta Humala señala que sus hijos se metieron al Ejército porque desde ese lugar era posible un cambio nacionalista. Y tal parece que Ollanta Humala ha madurado ese pensamiento en la Escuela Militar de Chorrillos...
Desde 1930, en las Fuerzas Armadas ha habido una profunda tendencia populista, autoritaria, vertical y con ansias de renovar lo que existe. Muchos de los generales del Ejército que colaboraron con Juan Velasco Alvarado vienen de esa tendencia.

En las aulas del Ejército se les hace creer a los cadetes que ellos pueden ser gobernantes de un país
Para ellos, los civiles somos cobardes, desordenados, irresponsables, no somos patriotas. Se creen los depositarios de la patria y de la nacionalidad.

Los contenidos de la enseñanza en las escuelas de las FF.AA. se guardan bajo siete llaves. ¿Ese es el germen del mesianismo?
Siempre. Es Miguel Grau, Francisco Bolognesi, la eterna costumbre de reivindicar la derrota.

EL SECRETO DE LOS VOTANTES
La gente percibe que Lourdes Flores puede solucionar problemas como la falta de salud y educación, porque tiene un plan de gobierno. Sin embargo, el voto mayoritario es para Ollanta Humala...
Hay una fractura en el Perú que es racial, de clase y regional. Lo que la gente quiere es orden y disciplina. Se encuentran convencidos de que con Ollanta Humala se van a lograr las metas. La gente cree que va a participar en el gobierno.

¿Quién cree que va a ganar en la segunda vuelta?
No me gusta opinar de esas cosas. El grado de volatilidad electoral es tan grande que se puede esperar cualquier cosa. En 25 años, el Perú ha tenido el mayor grado de volatilidad electoral de América Latina.

¿Por qué razones Lourdes Flores ha bajado en las encuestas?
No tiene un perfil político ni social claro. Y eso ha caminado de la mano con la frase de que es la candidata de los ricos. ¿Quiénes la acompañan en las manifestaciones? Siempre aparece sola. Me parece que su entorno no reconoce que las masas populares ya no se quedan calladas, que se movilizan con rabia y ganas de venganza.

¿El empleo no es un eje de campaña?
Cualquier cosa es empleo. La propuesta de los 650.000 puestos de trabajo se la trajeron abajo

VIENDO LA BOLA DE CRISTAL
¿Qué futuro le ve a la Fuerzas Armadas?
Puede que las Fuerzas Armadas dirijan el Perú. Y luego no pregunten las razones de Chile para comprar tanques.

¿Qué le espera al Perú?
No soy optimista. Pero creo saber lo que va a pasar si Ollanta Humala y su familia llegan al poder. Un millón de personas se irán fuera del Perú. Otro millón de ciudadanos van a ser perseguidos brutalmente al estilo de Cuba o Venezuela.

¿Cómo cree que van a recordar al presidente Alejandro Toledo?
Inocuo, vilipendiado, que ha traicionado las expectativas de empezar las reformas. Una persona que no quiso pelearse con nadie. Le faltaron pantalones, caballero.(El Comercio)

Monday, April 10, 2006

ESCÁNDALO EN EL ARTE: VARGAS LLOSA, LA CULTURA DE LAS ARGOLLAS Y EL FRACASO DE LA DERECHA EN EL PERÚ

Escaramuza en Liliput
Escribe: Mario Vargas Llosa,

Cuando cumplió ochenta años, Fernando de Szyszlo, el mayor artista peruano vivo y el más conocido y prestigiado fuera del Perú, recibió sinnúmero de homenajes de sus compatriotas, que le reconocían toda una vida de entrega a la creación y de compromiso con la cultura en su país.

¿Qué ha ocurrido para que apenas ocho meses después decenas de pintores y escultores peruanos firmen manifiestos contra él y lo crucifiquen en entrevistas que a menudo disimulan apenas la hostilidad y la vindicta personal?
Pues ha pasado que los miembros de la directiva del Instituto de Arte Contemporáneo --proyecto privado en gestación-- hicieron saber que el futuro museo llevaría el nombre de Fernando de Szyszlo. Las acusaciones comprenden un vasto registro: vanidad, egolatría, conspiración de una elite oligárquica para privilegiar a 'su pintor', acto de menosprecio contra el resto de los artistas nacionales, y paro de contar. Un interesante episodio para reflexionar sobre el gran arte, la cultura de campanario y las pequeñeces humanas.
El Instituto de Arte Contemporáneo nació en los años cincuenta, por iniciativa de un grupo de aficionados al arte, sin el menor apoyo oficial, y gracias a él los peruanos pudieron conocer a buen número de artistas latinoamericanos y europeos que expusieron en su pequeña y cálida galería del jirón Ocoña, en el Centro de Lima. Yo la recuerdo bien, siempre pasaba por allí a echar un vistazo en mis años universitarios, cuando la dirigía Sebastián Salazar Bondy. El IAC fue la puerta de entrada de los movimientos y escuelas de vanguardia a ese país embotellado que era el Perú, culturalmente hablando. Por eso mismo, el IAC fue una de las víctimas de la dictadura militar del general Velasco Alvarado y debió cerrar sus puertas. Su valiosa pinacoteca solo ha podido ser parcialmente exhibida desde entonces.

Un pequeño grupo de entusiastas lleva años tratando de resucitarlo, haciendo toda clase de esfuerzos, para construir un local propio. Hay que decir que Szyszlo es una de las personas que más entusiasmo y tiempo ha dedicado a este empeño, que, por desgracia, ha tenido muy escaso apoyo de parte de las empresas e instituciones de la sociedad civil y, en lo que concierne al Estado, cuando no total indiferencia, franca hostilidad.
Hace algunos años el IAC realizó una subasta para reunir fondos, de pinturas y esculturas donadas por muchos artistas peruanos y extranjeros. Buen número de los objetores a que el museo lleve el nombre de Szyszlo alegan que ellos donaron obras para aquella subasta y que nunca recibieron información sobre la venta y la manera como se invirtió lo obtenido. En eso, sin duda, les asiste la razón y es necesario que los directivos del IAC suministren cuanto antes la explicación correspondiente. Tengo entendido que en aquella subasta se obtuvo algo más de 600 mil dólares y que con ese dinero se ha construido el esqueleto del futuro museo en un terreno que cedió para tal fin la municipalidad de Barranco. Pero, desde entonces, los directivos del IAC no han podido reunir el dinero que falta para terminar la obra, antes de que se cumpla el plazo en que se comprometieron a inaugurar el local.

Aquí mi historia se interrumpe, para contar otra historia (ambas se juntarán más tarde, como en las novelas) que comienza con el viaje de un importante economista. Estuvo en México y visitó el Museo Tamayo. En Venezuela y conoció el Museo dedicado a Soto. En Colombia lo deslumbró el dedicado a Botero. Y lo mismo le ocurrió en Quito con el de Guayasamín. Se preguntó entonces: "¿Por qué no existe un Museo Szyszlo en el Perú?". Apenas regresó a Lima, reunió a unos amigos y les propuso crear un patronato para reunir fondos destinados a la construcción de un museo que expusiera la obra del gran pintor peruano. La idea fue apoyada con entusiasmo. Hombres ejecutivos, asesorados por excelentes arquitectos, de inmediato buscaron y encontraron una antigua casa de Barranco apropiada para tal fin. Fernando de Szyszlo se enteró de todo esto sorprendido, pues nunca se le había pasado por la cabeza la idea de un museo dedicado a él. Y ofreció donar una importante muestra de su obra a la nueva institución.
Aquí entro yo en la historia, porque, conociendo mi vieja amistad con Szyszlo, los directivos del IAC me llamaron para pedirme que los ayudara en una gestión que acababa de ocurrírseles para salvar el proyecto del IAC, que, debido a la falta de recursos, podía colapsar: proponer a Szyszlo que, a su vez, propusiera a los empresarios que trabajaban en el proyecto del museo dedicado a su obra que fundieran ambas iniciativas en una sola y dedicaran todos los recursos a terminar el Museo de Arte Contemporáneo, el que, por ello mismo, llevaría el nombre del pintor al que querían homenajear.

Hago mea culpa: fui una de las personas que animó a Szyszlo a aceptar dicha propuesta, y él, que es un hombre generoso y que ama a su país, accedió, para que el Perú tuviera por fin un Museo de Arte Moderno. En estos días, leyendo los improperios que llueven sobre él, me digo una vez más que nadie sabe para quien trabaja: queriendo promover una iniciativa que favoreciera sobre todo a los artistas y aficionados al arte del Perú, terminamos llevando a un pintor que admiramos y queremos al paredón y facilitando a todos los que no le perdonan que sea un artista original y fecundo, que exponga tanto en el Perú y en el extranjero, y que sus cuadros enriquezcan tantos museos y colecciones particulares, un excelente pretexto para hacerle pagar caro su talento y su fama.
La envidia que el gigante despierta entre los pigmeos es perfectamente comprensible y, hasta cierto punto, legítima. ¿Cómo no odiarían a alguien que los hace conscientes de su propio fracaso, de su escaso vuelo, acaso de las injusticias que les cerraron a ellos las puertas y oportunidades de triunfar? Lo que nunca he acabado de entender es que la envidia haga presa también de quienes tienen talento y éxito. ¿Acaso el éxito de un artista impide el de otros? En el arte, como en la literatura, el éxito de un colega debe entusiasmarnos, porque un cuadro o un libro no es un producto manufacturado que al triunfar en el mercado derrota a sus competidores. Por el contrario: un objeto cultural crea adicción y aumenta el mercado, obra por la difusión y el éxito de los otros. Entre los firmantes de los manifiestos y diatribas contra Szyszlo hay artistas reconocidos internacionalmente, que gozan de prestigio y venden sus obras a altos precios a clientes que se las disputan. ¿Qué daño les ha hecho ese pintor que, más bien, los ha ayudado, permitiendo que la pintura peruana cruce las fronteras dentro de las que vivía confinada?

Tal vez la explicación esté en el dicho: "Pueblo pequeño, infierno grande". El Perú no es nada pequeño, su territorio es tres veces el de España y su población se va acercando a los treinta millones. Pero en el ámbito de la cultura es todavía Liliput. Y, los creadores de cualquier género viven aquí con un irremediable sentimiento de encierro y marginalidad, de asfixia, lo que exacerba las rivalidades, las guerras intestinas, los odios y emulaciones fratricidas. Y la permanente sospecha de que en este pequeño ámbito no hay espacio más que para uno solo, que si alguien tiene éxito desaparece a los demás. "Tener éxito" en un contexto así significa arrostrar la furia y la enemistad de los colegas. No es extraño, por eso, que tantos escritores y artistas jóvenes sueñen con escapar de esa opresiva trampa y exiliarse a lugares donde crear sea una experiencia más exaltante, menos castradora y sórdida. Yo fui uno de ellos. Desde mi adolescencia estuve absolutamente seguro de que si no escapaba, mi vocación sería derrotada por esa 'madrastra de sus hijos', como llamó a nuestro país el Inca Garcilaso de la Vega.
Szyszlo nunca creyó ni aceptó esto. Para él, crear, pintar, fue siempre inseparable de vivir y luchar aquí, tratar de sacar al Perú de la provincia y el campanario, abrirlo a la modernidad y al intercambio con los grandes centros de la cultura. Y por eso siempre volvió del extranjero a su tierra a seguir dando una batalla cívica y cultural, a la vez que construía su propia obra, rigurosa, ambiciosa y original.
¿Cómo terminará esta escaramuza? En el largo plazo, no me cabe duda alguna. En lo inmediato, me temo que los liliputienses terminen derribando a Gulliver. (publicado en el Comercio el 9-4-06)


Polémica en torno al Museo de Arte Contemporáneo de Lima
La sección cultural del diario La Primera publica hoy un amplio reportaje de Catherine Lanseros con relación a una polémica suscitada en torno a la creación del hasta hoy inconcluso Museo de Arte Contemporáneo (MAC) de Lima. La nota incluye una entrevista al pintor Gerardo Chávez, quien también es entrevistado en Perú 21 sobre el mismo tema. Un nutrido e importante grupo de artistas, al enterarse que el Museo estaría por llevar como nombre el del reconocido pintor Fernando de Szyszlo, prácticamente ha puesto el grito en el cielo y ha emitido un comunicado. "Para llegar a la versión final, lo hemos cambiado seis veces", comenta Chávez en Perú 21. "¿Haciéndolo más 'light'?": "Haciéndolo menos polémico, porque no se trata de herir a nadie ni de hacer hígado". El documento, comenta a La Primera, ha sido firmado, además de Chávez, por "Carlos Revilla, Venancio Shinki, Alberto Guzmán, Enrique Galdós Rivas, Leoncio Villanueva, Elda Di Malio, Benito Rosas, entre otros, además de artistas plásticos jóvenes, poetas, músicos y personajes vinculados a las artes". El comunicado pide que el MAC no lleve ningún nombre propio, que se explique por qué está inconcluso, así como el destino de los fondos obtenidos a través del aporte de los artistas. Y concluye sosteniendo que los firmantes "siempre desearon que la construcción de tan importante centro cultural fuese abierta a un concurso público de Arquitectura (sin olvidar el éxito de algunos arquitectos peruanos en el extranjero) y a la participación de empresas privadas y otras instituciones, para que pueda convertirse en un gran punto de encuentro de la artes plásticas contemporáneas peruanas a favor de la ciudadanía y del turismo".
La historia de cómo se ha venido sucediendo esta discusión pueden leerla completa en el informe de Lanseros. Quiero destacar más bien la acusación de Chávez con relación a una "argolla", pues me trae a la memoria la extensa (en tiempo y número de implicados) polémica entre "andinos" y "criollos" iniciada a partir del Encuentro de escritores peruanos en Madrid en mayo del año pasado. En esta ocasión, Chávez acusa de elitista y antidemocrático al sector que considera que el MAC debe llevar el nombre del prestigioso pintor Fernando de Szyszlo. "¿Hay una 'argolla' que margina a quienes no están en ella?", le pregunta Catherine Lanseros: "Aquí existe eso y es muy antidemocrático, creo que se nos debe dar la oportunidad… Creo que a pesar de todo debemos reaccionar con amor porque queremos construir, que se nos dé nuestro lugar y que estas argollas de ciertos amigotes, que comprendan, que aquí los culpables de estas situaciones como de guerra las crea la derecha, yo creo que eso es. Estamos indignados y a mí no me sorprende para nada que mañana tengamos Humala y pasado otro Humala y así, porque nos crean como odio, situaciones un poco tensas. La verdad es que es embarazosa esta situación, es de una terrible tristeza". En Perú 21 el pintor también dice: "Creo que el grupo de amigos de Szyszlo se quiere y se estima mucho -entre ellos se apoyan-, cosa que no pasa con el resto de artistas". "¿Ve a este grupo como una cúpula?": "Sí, para qué le voy a mentir. Siento que hay una cúpula que resulta peligrosa, porque es sectaria. Se siente superior y, bueno, acoge al mejor escritor, al mejor pintor, al mejor diario, al mejor empresario. Es un Estado cultural que es peligroso porque, mañana, nosotros no vamos a poder reclamar. Siento falta de generosidad de su parte, porque si bien es un grupo preparado, debería extenderse hacia los que no han tenido la misma suerte, democratizarse, no crear ese ambiente de exclusión en nuestro país. Es extrañísimo: uno abre el diario y se encuentra con Szyszlo y Vargas Llosa. Estamos aislados, no hemos tenido la inteligencia de crear un grupo para defendernos".
Definitivamente, esta historia continúa.

Fernando de Szyszlo: Esto no es más que una suma de mezquindades
Fernando de Szyszlo aclara su posición sobre el ofrecimiento que le hicieron de ponerle su nombre al Museo de Arte Contemporáneo (MAC) y afirma que prefiere alejarse de todo debate.
Fernando de Szyszlo está dolido. La voluntad de ponerle su nombre al Museo de Arte Contemporáneo (MAC) ha generado una polémica de la que se siente ajeno. "Desde el año 55 vengo luchando por un museo de arte contemporáneo para el país. El espectáculo que vemos estos días no es más que una suma de mezquindades, producto de una enorme desinformación".
Como se sabe, la iniciativa de ponerle al MAC el nombre de uno de nuestros pintores más destacados no salió de él sino de su recién formado patronato, encabezado por el ex viceministro de Justicia Pedro Cateriano. Le preguntamos a Szyszlo: ¿por qué no se negó a esta propuesta? "Cómo iba a negarme. Lo que se me propuso fue un acto de inmensa generosidad. No voy a decir más porque no me compete. Quiero alejarme de esta bilis que me es ajena".

LA PALABRA DEL PATRONATO. Ayer, después de varios días de intentos frustrados, Perú.21 al fin pudo comunicarse con Frederick Cooper -del Instituto de Arte Contemporáneo (IAC), entidad encargada, hasta hace poco, de hacer realidad el museo- y con el presidente del Patronato del MAC, Pedro Cateriano. Ninguno quiso pronunciarse sobre el tema. Cateriano, sin embargo, hizo hincapié en que ambos organismos -el IAC y el patronato- tienen personerías jurídicas distintas. Cooper manifestó que, antes de declarar, esperaba reunirse con los demás miembros del Patronato para determinar qué acciones se tomaran.

SIGUEN RECOLECTANDO FIRMAS. Mientras tanto, sigue circulando el comunicado de artistas y personas vinculadas a la cultura que se oponen a que el MAC lleve el nombre de Szyszlo y que, además, exigen cuentas al IAC por las obras con las que colaboraron para la subasta pro fondos. Ramiro Llona, Carlos Runcie Tanaka y otros incluyeron sus firmas el fin de semana.

Más sobre el MAC
La periodista Catherine Lanseros, de la sección cultural del diario La Primera, hace eco de las declaraciones brindadas el día de ayer por Fernando de Szyszlo en Perú 21, con relación a la reacción, vía un comunicado, de un numeroso e importante grupo de artistas respecto a la propuesta por parte del Instituto de Arte Contemporáneo (IAC) para que el Museo de Arte Contemporáneo (MAC) lleve su nombre (Szyszlo manifiestó que "el espectáculo que vemos estos días no es más que una suma de mezquindades, producto de una enorme desinformación") y ha entrevistado a varios de los pintores firmantes para conocer sus descargos. Así, Venancio Shinki expresa que "Szyszlo no es el problema" y agrega que "él tiene capacidad económica para hacer un museo suyo, y así el Perú tendría dos museos"; Gerardo Chávez recurre a la sicología para explicarse la reacción de Szyszlo ("si hay alguien mezquino es él, proyección se llama eso en psicología"); José Tola prácticamente ordena a la periodista (después de manifestar que lo dicho por Szyszlo le "parece una imbecilidad") que "ponga bien claro que no tiene por qué llamarse museo de Szyszlo"; Elda Di Malio "promete que buscará un diccionario para ver si la palabra mezquino tiene otro significado, uno que ella no conoce"; Benito Rosas comenta que tiene "25 años haciendo arte en este país y eso no es un acto de mezquindad, es un punto de vista. Me parece que el MAC no debe tener el nombre de una persona viva"; Carlos Runcie Tanaka, "con una elegancia que su colega Szyszlo no tuvo", escribe Lanseros, ofrece algunas alternativas al impase diciendo que "cuando los museos deciden hacer un homenaje a alguien, suelen designar una sala que lleva el nombre del artista y alberga su obra, ésta podría ser una solución". Por otro lado, Pedro Cateriano, "presidente del patronato creado para terminar el MAC y que decidió ponerle el nombre de Fernando de Szyszlo", y Frederick Cooper de la directiva del IAC, se han limitado a manifestar que no brindarán declaraciones, y que dentro de unos días publicarán "en una página web el balance de la institución, para que lo vean quienes lo deseen". Perú 21 recoge esta misma información de parte de Cateriano y Cooper hoy en su sección cultural.

Artistas a Szyszlo: “Nuestra posición no es mezquina”
Tras días de silencio, Fernando de Szyszlo respondió a los artistas y amantes del arte que firmaron un comunicado pidiendo que el Museo de Arte Contemporáneo (MAC) que se construye en Barranco no lleve su nombre, entre otras cosas.
Szyszlo refirió ayer en otro diario que desde el año ‘55 viene luchando por un MAC para el país, y que “el espectáculo que vemos estos días no es más que una suma de mezquindades, producto de una enorme desinformación”. Además, preguntado sobre por qué no se negó a que el MAC llevara su nombre, Szyszlo señaló: “Cómo iba a negarme. Lo que se me propuso fue un acto de inmensa generosidad. No voy a decir más porque no me compete. Quiero alejarme de esta bilis que me es ajena”.
Ante esto, importantes artistas plásticos del país han decidido no callar. Creen que no son ellos los mezquinos, que Szyszlo sí debió negarse, y están de acuerdo en que sobre el MAC hay desinformación, pero originada por el Instituto de Arte Contemporáneo (IAC), que preside Frederick Cooper, y conforman algunos otros amigos de Szyszlo. Acto de generosidad, creen ellos, hubiera sido que el MAC sea de todos como se planteó en un inicio, y no de un solo artista.

Un espejo, por favor
Le contamos al artista Venancio Shinki lo que manifestó Szyszlo, eso de la mezquindad. “¡Ay Dios, no sé cómo responder a esa afirmación de Szyszlo! (El problema) ahí no es Szyszlo, sino la nueva administración de Cateriano y un grupo de amigos de Szyszlo.
Todos esperamos desde hace tiempo, donamos obras para que se tenga dinero y se haga el museo. Los amigos extranjeros me llaman porque se han enterado de lo que está pasando y me dicen ‘he dado mis obras para crear el MAC del Perú, no el de Szyszlo.
Mire, él tiene capacidad económica para hacer un museo suyo, y así el Perú tendría dos museos. Esto me parece una cosa tremenda”, nos comentó Shinki, apenado.

Su colega Gerardo Chávez también está desconcertado. “Creo que él (Szyszlo) se está planteando a sí mismo, porque si hay alguien mezquino es él, proyección se llama eso en psicología.
Creo que Cooper y ese grupo deben entregar ese patronato a otra gente. Están regalando a Szyszlo, generosamente como él lo dice, el nombre de un museo con dinero del municipio, porque el terreno es de Barranco, y con un esfuerzo de todos los artistas que dimos obras para que lo construyan.
El señor Szyszlo dice que desde el año ‘55 él está luchando para que el país tenga un MAC, pero jamás se pensó, o él sí lo pensó en todo caso, que se iba a llamar Szyszlo”, anotó Chávez.
El pintor José Tola, siempre punzante, expresó sin medias tintas lo que piensa de lo precisado por Szyszlo: “Me parece una imbecilidad eso, de dónde puede sacar que somos mezquinos. ¡Por qué el museo tiene que llevar el nombre de Szyszlo, si es un MAC del Perú, no de alguien! Ponga bien claro que no tiene por qué llamarse museo de Szyszlo”.

Algo de sentido común
“Cómo Szyszlo puede pensar que es un acto de mezquindad o nos dice mezquinos a los artistas que donamos obras para que se haga el MAC, aun sabiendo que está dirigido por una cúpula.
Lo hicimos porque estamos por encima de eso y queremos un museo colectivo para el país”, enfatiza Elda Di Malio, y promete que buscará un diccionario para ver si la palabra mezquino tiene otro significado, uno que ella no conoce. No lo puede creer. Pero Szyszlo, señora Di Malio, ha declarado que no pudo negarse a que el museo lleve su nombre porque se lo ofrecieron en un acto de inmensa generosidad.
“Creo que hubiera sido más generoso negarse a eso y entregárselo a todos los artistas. Si hubo una donación especial para que se haga el museo de Szyszlo, debieron ser dos cosas distintas”, nos contestó la destacada artista. Benito Rosas fue contundente, como las piedras que esculpe. ¿Se siente mezquino por haber firmado el comunicado? “Tengo 25 años haciendo arte en este país y eso no es un acto de mezquindad, es un punto de vista. Me parece que el MAC no debe tener el nombre de una persona viva”. Los artistas también han subrayado que siempre desearon que la construcción del MAC fuese abierta a un concurso público de arquitectura. Sobre esto, Rosas indicó: “Un museo es el rostro de un país, ése es un problema nacional y acá parece ser un problema de amigos. En el Perú hay excelentes arquitectos que debían ser convocados y eso no me parece mezquindad o egoísmo, es un mínimo de sentido común. Cooper puede ser un buen arquitecto, pero estoy seguro de que aquí hay tan buenos o mejores arquitectos que él.”

El artista Carlos Runcie Tanaka nos dio su opinión con una elegancia que su colega Szyszlo no tuvo. “No se trata de quitar méritos al maestro Szyszlo, cuyo aporte a la plástica peruana es innegable. Cuando los museos deciden hacer un homenaje a alguien, suelen designar una sala que lleva el nombre del artista y alberga su obra, ésta podría ser una solución. Para mostrar su obra y sus colecciones particulares, muchos artistas forman fundaciones. Tal es el caso de la Fundación Ineri-Ann Harithas, Fundación Oswaldo Viteri, Fundación Ricardo Migliorisi y muchas otras. Éste podría ser también un ejemplo a seguir. En un país con alto déficit de instituciones culturales, los problemas deben ser resueltos dejando de lado intereses personales y buscando integrar en lugar de desunir. Se debe llegar a una solución que permita que el MAC sea una pronta realidad”. Un deseo de Runcie que todos sus colegas y amantes del arte peruano de seguro comparten.

Sin comentarios
Ayer La Primera logró comunicarse con Pedro Cateriano, presidente del patronato creado para terminar el MAC y que decidió ponerle el nombre de Fernando de Szyszlo. Pero Cateriano sólo manifestó: “Por el momento no voy a dar declaraciones, es todo lo que tengo que decir”.
Por su parte, el arquitecto Frederick Cooper nos indicó que la directiva del IAC había resuelto que “no vamos a hacer ninguna declaración sobre este lamentable incidente. Sólo publicaremos en una página web el balance de la institución, para que lo vean quienes lo deseen”, aunque no pudo precisar aún cuándo ni en qué dirección electrónica.

“El MAC no debe llevar el nombre de Szyszlo, ni de ningún otro”
A inicios de este año, un grupo de políticos creó un patronato presidido por el abogado Pedro Cateriano, para apoyar al Instituto de Arte Contemporáneo (IAC) en el relanzamiento de las obras del Museo de Arte Contemporáneo (MAC) de Lima, y decidió ponerle al museo el nombre de Fernando de Szyszlo.

Los artistas plásticos que en 1998 donaron sus obras con el fin de recaudar fondos para construir el museo se enteraron por un diario, nadie les informó ni les consultó nada.

Así que renombrados pintores, intelectuales y amantes de la cultura han suscrito un fuerte comunicado pidiendo que el MAC no lleve ningún nombre propio, y que se explique por qué quedó inconcluso, así como el destino de los fondos que se obtuvieron gracias al aporte de los artistas.

A continuación, el reconocido pintor peruano Gerardo Chávez nos explica las razones.

–¿Por qué les cayó como baldazo de agua fría, a usted y otros artistas, la noticia de que el MAC se llamaría Fernando de Szyszlo?
–En ninguna parte del mundo los MAC llevan un nombre personal, para comenzar. No sé cómo el colega Szyszlo ha aceptado, no sé si es la vanidad o qué se yo, pero yo hubiera renunciado porque no me parece justo que en un país como el nuestro, donde deberíamos estar construyendo, uniéndonos para tener una imagen mucho más fuerte y hacer cosas más importantes, tengamos que recurrir a la vanidad y cosas por el estilo que crean malestar.

–¿Dónde se origina la idea de hacer un MAC?
–Es una historia que nace un poco descuartizada en alguna parte, porque se funda por los años ’50 el IAC, que es el Instituto de Arte Contemporáneo, donde muchos artistas, incluso extranjeros, entregaron obras para que existiera este museo un día. Entre los fundadores del IAC estaban Cartucho Miró Quesada, Sebastián Salazar Bondy, Maniecheca, el mismo Szyszlo, creo yo. Así que desde los ’50 se vino arrastrando la idea de hacer un MAC, pero este grupo se quedó muy encerrado en ellos mismos, no dieron a saber lo que se iba a producir un día con el museo o las obras de arte…

–Y el tema de hacer un MAC se retomó pocos años atrás…
–Un buen día, creo que el entusiasmo del arquitecto Freddy Cooper creció y se reveló él como quien estaba proporcionando el nuevo proyecto para el MAC. Yo lo felicito porque es un tipo de mucho entusiasmo, él ha querido verdaderamente hacer este museo, o hacer una arquitectura que corresponde totalmente a sus ambiciones y creo que ahí estuvo la pata coja de la mesa. Él no consultó a nadie, se ha podido convocar a un concurso arquitectónico o hacer un movimiento majestuoso, una cosa maravillosa, pero ya él había presentado su maqueta y él quería hacer el museo.

–Entonces la iniciativa de Cooper de hacer el museo vino junto con un diseño hecho por él.
–Sí, yo creo que del entusiasmo de Freddy Cooper, siendo presidente del IAC y al mismo tiempo el arquitecto que iba a hacer este museo. Pero este museo nadie lo aprobó, ninguno que no fuera del IAC.
Ellos dicen, de dónde vamos a sacar fondos, y entonces Cooper recolecta obras de arte de pintores peruanos importantes y de extranjeros. Se les pide obras a Antonio Seguí de Argentina, José Luis Cueva de México…
En fin, toda gente que pasó por el Perú y que le tenía un cariño especial dio su aporte, se hizo un remate en el año ’98, y se consiguieron 600 mil dólares.

–¿Les informaron a quienes donaron obras cómo se gastaría el dinero?
–Se dijo que iba a servir para hacer el MAC y que había empresas privadas que iban a asociarse para juntar una bolsa que permitiera hacer un museo importante, que la arquitectura iba a ser de primera y todo lo demás. Pero ya nosotros teníamos cierta duda porque no veíamos la maqueta del museo, ni nada. No hubo ninguna otra información. Sabíamos que desde los años ‘98, ‘99, había 600 mil dólares recaudados por este grupo de amigos del IAC. Ese dinero a nuestros días ha podido dar una renta, no sé quién llevaba la tesorería de este grupo.

–Entonces hasta hoy no rinden una sola cuenta…
–No. La única cuenta que supuestamente se ha rendido es que en coordinación con la alcaldía de Barranco consiguieron un terreno y ahí se han dibujado las formas que serían del próximo MAC.
Nosotros estuvimos contentos, finalmente vamos a tener un MAC, nos pareció extraordinario, imagínate tú, no hay artista peruano que no se sienta bien ante eso, una idea que siempre fue entusiastamente llevada por Cooper, eso no se niega.

–Hasta que el museo de todos se convirtió en el museo de uno.
–Nos sorprendió que el 12 de febrero pasado anunciaran en un diario un nuevo grupo formado por Kuczynski, Roberto Dañino, Pedro Cateriano… No sé, para mí son siempre los mismos, y si no lo son, se parecen. Entonces, ¿qué piensa hacer ese nuevo patronato? Que el MAC lleve el nombre de Szyszlo.

–¿Por qué no es usual en otras partes del mundo que un MAC lleve el nombre de una persona?
–Porque el MAC está hecho como símbolo de una ciudad, un pueblo. Además, la obra que se hace ahora no va a ser contemporánea en 50 años. Podemos llamar Museo de Arte Moderno a aquellos como los museos Tamayo o Botero, hechos por empresas privadas o por los artistas mismos, para acoger sus propias obras y también de otros.
Pero contemporáneo se refiere a un determinado tiempo, sería un error. Lo mismo pasaría con una Biblioteca Nacional, no debería llevar el nombre de un escritor porque es de todo un pueblo, un país. Creo que hasta es un convenio entre museos del mundo que si el museo es nacional, no puede llevar el nombre de una persona.

–En todo caso, cuando se pidió obra a los artistas, se les debió advertir que el museo llevaría un nombre personal…
–No se nos dijo, porque esto no se hace. Ellos sólo acudieron a pedirnos obras para construir este museo. No se nos debe utilizar para enriquecer los egos de otros. ¡No puede ser! O estamos en un mundo colectivo, o no sé qué.

–¿Pedro Cateriano, presidente del nuevo patronato, o alguien más los ha convocado para informales de su creación?
–No, para nada. Creo que todos los colegas e intelectuales con quienes hemos conversado están indignados por lo que nos toca vivir en este momento. Todos estamos de acuerdo en que debemos escribirles y pedirles cuentas, qué se hizo con ese dinero y que se porten como gente con nosotros, que somos también artistas del Perú.

–Ofende quizá que ustedes sean artistas para pedirles obras y recaudar dinero, pero para tomar decisiones ya no…
–Pero claro, es ahí donde nos sentimos usados, no ha habido ninguna sugerencia, no nos han pedido absolutamente nada, y creo que mañana tampoco nos pedirán cuadros para que hagan parte de este museo, porque seguramente no estamos a la altura ni tenemos calidad de pintores para poder ser parte, eso supongo. Hay una falta de generosidad de ese grupo al no hacer participar a sus otros artistas de lo que ellos vienen haciendo o quieren hacer, eso nos pone en un estado de amargura.

–¿Hay una “argolla” que margina a quienes no están en ella?
–Aquí existe eso y es muy antidemocrático, creo que se nos debe dar la oportunidad… Creo que a pesar de todo debemos reaccionar con amor porque queremos construir, que se nos dé nuestro lugar y que estas argollas de ciertos amigotes, que comprendan, que aquí los culpables de estas situaciones como de guerra las crea la derecha, yo creo que eso es. Estamos indignados y a mí no me sorprende para nada que mañana tengamos Humala y pasado otro Humala y así, porque nos crean como odio, situaciones un poco tensas. La verdad es que es embarazosa esta situación, es de una terrible tristeza.


El comunicado de los amantes del arte peruano
Ya fue firmado por importantes artistas plásticos peruanos como Carlos Revilla, Venancio Shinki, Alberto Guzmán, Enrique Galdós Rivas, Leoncio Villanueva, Elda Di Malio, Benito Rosas, entre otros, además de artistas plásticos jóvenes, poetas, músicos y personajes vinculados a las artes.

Cabe anotar que el comunicado concluye diciendo que los firmantes “siempre desearon que la construcción de tan importante centro cultural fuese abierta a un concurso público de Arquitectura (sin olvidar el éxito de algunos arquitectos peruanos en el extranjero) y a la participación de empresas privadas y otras instituciones, para que pueda convertirse en un gran punto de encuentro de la artes plásticas contemporáneas peruanas a favor de la ciudadanía y del turismo”.

Pintor en su tierra
Gerardo Chávez ha iniciado, con su propio dinero, la construcción de un museo en Trujillo, su ciudad natal, donde albergará no sólo obras suyas, sino también otras tantas de destacados artistas latinoamericanos. “Lo voy a legar a la ciudad de Trujillo. Ahora, que lo llame Gerardo Chávez o Juanita Pérez no tiene importancia, lo que tiene importancia en este museo es lo que va a tener dentro y lo que va a saber ofrecer al público”, señala el artista. Y es que en este caso se trata de un proyecto personal, a diferencia del MAC de Lima, que es un proyecto colectivo, para el país.

Más datos
La Primera quiso recoger la versión del arquitecto Frederick Cooper, pero en su oficina nos informaron que estaba fuera de Lima. Tampoco nos fue posible, hasta el cierre de esta edición, comunicarnos con Pedro Cateriano. Por otro lado, fuentes cercanas al IAC señalaron que con los 600 mil dólares recaudados en la subasta de obras se ha construido lo que hay hasta ahora, es decir, el cerco y las estructuras (ver foto). Además, reconocieron que no han informado aún a los artistas del uso que se dio al dinero recaudado gracias a ellos.

Ramiro Llona revela más líos en el MAC
Ramiro Llona, uno de nuestros artistas plásticos más importantes, confiesa que él, al igual que decenas de artistas y amantes de la cultura peruana, piensa que el Museo de Arte Contemporáneo (MAC), que se levanta en Barranco, no debe llamarse Fernando de Szyszlo, pues fue concebido como un proyecto nacional. Sin embargo, cree que el problema con el museo va mucho más allá, y revela por qué. Catherine Lanseros

–¿No se convertirá esto –como ocurrió con los escritores– en un pleito tipo costeños vs. andinos?
–¡No! No es ni costeños versus andinos, ni abstractos contra figurativos o Bellas Artes contra la Católica. Cuando di mi primera opinión sobre este tema, ni siquiera me había llegado el comunicado, sino que había leído las declaraciones de (Pedro) Cateriano, y a raíz de eso hablé. Así que esto es un esfuerzo de personas, no nos equivoquemos.

–Pero Szyszlo se lo tomó a pecho. Dice que es una “suma de mezquindades” pedir que el MAC no lleve su nombre.
–Uno de los grandes errores de la respuesta de Szyszlo, que es incomprensible e insultante, es que está transformando esto en algo personal cuando no es así, es con una institución. Todos los artistas han sido enfáticos en eso y algunos hasta han manifestado su respeto por él y que merece un museo, pero con fondos propios, en otro proyecto.

–Como suelen hacer los artistas que quieren un museo con su nombre…
–Exacto, meten la mano al bolsillo y ponen el dinero, él y quienes lo quieren apoyar. Estoy muy preocupado porque Szyszlo dice que falta información y sí, falta, pero esa falta viene de ellos, y lo poco que informan es terrible.

–¿A qué se refiere?
–La inquietud viene de hace tiempo porque el diseño del MAC se hizo sin concurso, porque no abrieron el proyecto. Es su derecho, son una entidad privada, pero si han sacado la mano y están a cargo de un proyecto nacional, tienen la obligación moral y ética de compartir. Hace un año, cuando expuso en la Maison de L’Amérique Latin, Szyszlo dijo cosas que llamaron la atención; que él iba a donar esos cuadros al museo ¡40 ó 50 y el museo no es muy grande! Y dijo que en el MAC no entrarían instalaciones. A la gente joven le pareció extrañísimo.
Eso, más lo dicho por Cateriano y la reacción de Szyszlo, revelan que esto es algo con nombre propio. Ahora, Cateriano dijo algo que encuentro peligroso; que por si acaso es otra persona jurídica, el IAC y el MAC son cosas distintas.
Ahí habría que llamar la atención del alcalde de Barranco porque el contrato es con el IAC, no con el MAC. No sé si están trayendo las malas artes de la política al campo del arte...

–Los señores Cooper y Cateriano no quieren hablar sobre este tema, pero ciertas fuentes señalan que el IAC ha firmado un contrato por el que cede, al patronato de Cateriano, los derechos para terminar el museo y administrarlo. ¿Saben de eso?
–No, pero uno no es tonto y lee entre líneas, así que la poca información dada basta para estar indignados y en alerta. No creo que esto se resuelva con que alguien se ofenda y que la directiva decida no declarar, pero el problema va más allá. El IAC es el “dueño” del proyecto del MAC del Perú, según Szyszlo desde el año 55. Eso es lo grave, porque así como no puede haber dos selecciones nacionales de fútbol, hay un solo proyecto de MAC. Sé que hubo intentos de lanzar proyectos de arte contemporáneo, pero fueron minimizados o acallados por el IAC, porque ya existía un proyecto. Entonces bacán, que nos devuelvan los 6oo mil dólares, ¿pero quién nos devuelve 30 años de gestiones? No dejaron que el MAC se diera de otra manera, pasó el tiempo, el MAC desaparece y es un museo para una persona.

–¿Está de acuerdo en arreglar esto poniendo el nombre de Szyszlo a una sala del MAC?
–No, ¿por qué habría una sala Szyszlo? Entonces hagamos también una para Emilio Rodríguez Larraín, para Eielson, para Humareda ¡Hagamos el museo en el campo de la U! No puede ser… Esto va en una dirección que no es la que los artistas pensábamos, ni la que la ciudad merece.

–Veo que lo del nombre del MAC ha sido el detonante de varios conflictos que se arrastraban, por decisiones polémicas tomadas sin consultar…
–Exacto, pues algo que también preocupa mucho es el guión museográfico. Es como hacer una biblioteca nacional y ponerle el nombre de un escritor vivo y ocupar el 70% de los archivos con todas las ediciones en todos los idiomas, que han salido de sus libros. No se trata de eso, esto es un proyecto nacional.

–Cuando les pidieron obras para subastarlas, ¿no les presentaron un guión museográfico?
–No. Mire, cuando se hizo la subasta tuve mi primera gran sospecha, porque en la cubierta del catálogo pusieron la reproducción de un cuadro de Szyszlo. No me pareció bien porque si todos dimos obras con la misma generosidad e intención, ¿por qué iba a salir la obra de uno de los pintores en la carátula? Ya había ahí algo por lo que debimos protestar públicamente, porque a voz baja se protesta todo el tiempo.

–Varios creen que Szyszlo y sus amigos del IAC y el nuevo patronato son una élite que excluye a otros artistas ¿Tiene usted esa percepción?
–Siempre habrá una élite, pues hay quienes tienen acceso a mejor educación, a los circuitos económicos, a la política… Pero una élite debe dar el ejemplo, justamente porque tuvieron mejor educación. Cuando se hacen cargo de un proyecto de interés nacional, deben comportarse de una forma más democrática. Además, creo que éste es el único patronato cuyos integrantes no han aportado. Vas al Museo de Arte Moderno en Nueva York o a la Ópera Metropolitana y lees la lista de “patrons” o “trusties”, que son los donantes. Acá no, el primer gran capital que hubo fue el aporte de los artistas. No ha habido la voluntad de meter la mano al bolsillo y aportar.

–Ni mucha eficiencia, al parecer…
–Así es. Ahora, sé que este segundo impulso para el MAC ha venido de la Superintendencia de Bancos, y ése es un organismo estatal, ¿o me equivoco? Tengo la información de que la superintendencia ha agrupado a bancos, AFPs y amigos para que aporten fondos. Sería interesante saber cómo está funcionando esto.

–¿Cómo solucionar todo para que el MAC no termine como un cementerio de fierros?
–El problema es que con el silencio del patronato y la actitud de ofensa de Szyszlo, esto se convierte en un asunto de “o hacemos esto, o no hacemos nada”. Es como entrar a la segunda vuelta y escoger entre el menos malo de los candidatos. Hay que insistir en que abran el proyecto y lo lleven en la dirección inicial.
Ahora, si amparados en eso de la nueva persona jurídica siguen haciendo lo que les viene en gana, pues pasarán a la historia como quienes llevaron un proyecto de espalda a las reales necesidades de la ciudad. Pero al menos habrán liberado el verdadero proyecto del MAC y habrá que empezar de cero, esta vez más atentos.

Es con el IAC
Consultado por La Primera, Martín del Pomar, alcalde de Barranco, manifestó que en efecto el contrato para el uso del terreno donde se construye el MAC, está firmado con el Instituto de Arte Contemporáneo (IAC) y no con el nuevo patronato. Que no ha sido informado sobre el contrato que habría entre el patronato y el IAC, pero que hará las verificaciones pertinentes para establecer las consecuencias legales que pudieran surgir.

Carlos Revilla: Aquí hay una argolla
El debate sobre el Museo de Arte Contemporáneo (MAC) continúa. Al pintor Carlos Revilla no le importa el dinero, pero cree que Szyszlo debe negarse a que el MAC lleve su nombre.

¿Por qué firmó el comunicado?
Porque me pareció una falta de ética que el MAC llevara el nombre de Szyszlo. En general, los museos no llevan el nombre de un pintor. Y si éste quiere hacerse su museo, no utiliza el dinero de la venta de cuadros de otros pintores.

¿Una falta de ética de Szyszlo o del Patronato?
Del Patronato. Creo que Szyszlo no debió aceptar esta propuesta. Lo mínimo que debe hacer una persona que está en vida es no aceptar estos homenajes.

Szyszlo nos dijo que le pareció un gesto de generosidad.
¿Generosidad? ¿Hacia quién? Hacia él mismo, claro. Insisto, es una cuestión de ética. Los museos deben ser para todos, no para una persona. Ahora, la protesta no viene solo de nosotros los pintores; hay intelectuales, escritores, coleccionistas, a quienes esta propuesta nos parece absurda.

¿Qué piensa de la postura del Instituto de Arte Contemporáneo y del Patronato de guardar silencio?
Yo no sé qué pasa acá. Supongo que tienen un compromiso con Szyszlo y, por eso, no quieren dar marcha atrás. Ahora, si la gente del Patronato insiste en el nombre -por presiones económicas o las que fuesen-, entonces que sea el museo de Szyszlo y punto. Eso sí, ningún pintor dará un cuadro para ese lugar. Pero ya se han aprovechado de parte del dinero de las obras vendidas, que son 600 mil dólares.

¿Usted pediría alguna devolución?
Bueno, no nos quedaría más remedio que tomar esto como una donación.

Se dice que la mayor parte de lo recaudado en la subasta no vino de artistas peruanos.
Eso es normal en el mercado del arte. Tengo entendido que se ofreció una obra de Botero. Naturalmente, un cuadro de Botero es más caro que una obra de un artista peruano. Nosotros no protestamos por el dinero; lo hacemos por una cuestión de ética. Pero en este país pasa de todo; habrá que aceptar la argolla de estos señores.

Si los ven como una argolla, ¿por qué donaron sus obras?
Porque, en un inicio, no iba a ser el Museo Szyszlo; iba a ser un museo de arte contemporáneo.

¿Hay un cambio de reglas?
No sé qué pensar. Quiero decirle a Szyszlo, con todo el respeto que se merece, que no es ético ni correcto que acepte. Punto.

Como Ramiro Llona, ¿usted cree que el Museo de Arte puede tomar la posta y hacer el MAC?
Claro, me parece lógica esta propuesta. Esto no es contra Szyszlo. Si hubieran decidido ponerle el nombre de otro artista, también habríamos protestado. Él es un gran artista y un intelectual de primer orden. Por eso, debe darse cuenta de que no es correcto lo que le han propuesto.

¿Usted se sentaría con la gente del Patronato para encontrar una solución?
Si me convocan, sí. Es más, hasta podría donar otra obra si se necesita hacer otra subasta.

Wednesday, April 05, 2006

IRIGOYEN CONTRA TODO

¿Cómo asumes la buena acogida de Lesley Gore en el infierno por la prensa?
Tranquilo, pues considero como poco relevantes todos los méritos que he recibido.

¿Tanto así?
Es que la función del crítico literario en el Perú ha sido tomada por muchos periodistas que no tienen la preparación para opinar sobre un libro. Personalmente me interesa que la crítica venga de gente especializada, que haya estudiado literatura. No creo que un periodista que ha estudiado ciencias de la comunicación pueda formular un juicio de valor estimable frente a un poemario o una novela.
A pesar de que mucha gente se deja orientar por las críticas o reseñas en los medios para buscar libros de autores jóvenes…
Eso es normal. Acá en el Perú nadie va a una librería a buscar un libro de literatura, menos de poesía, por mero interés de lector, sino más bien orientándose por lo que dice la prensa. Y es aquí donde la lectura de la gente peligra, pues se deja llevar por la escasa preparación literaria en los medios de prensa al momento de afrontar la crítica a un libro de literatura.

¿Pero crees que esto sucede solo con los autores jóvenes?
No, pues la prensa también comete el error de celebrar excesivamente a los llamados «poetas de edad», o sea, a los poetas de los sesenta y setentas. Un caso es Watanabe y su Habitó entre nosotros, un libro que no renueva nada en absoluto y que es presentado como grandioso; o el caso de Marco Martos, con su decadente Jaque perpetuo. La crítica de los medios no advierte eso. No puede. Desde hace más de veinte años que Marco Martos no entrega nada bueno, y viendo a Watanabe cualquiera puede pensar que la poesía peruana va para arriba, cuando no es así.

¿Frente a lo que dices, toda crítica es buena?
Cuando es constructiva, sí. A mí me sorprende que aún haya gente que piense que en los últimos 15 años la poesía peruana tiene buenos exponentes, cuando solo hay buenos libros. Una tradición poética no se consigue solo con buenos libros, sino con proyectos, con una idea de base consolidada, que pueda leerse de cabo a rabo. Acá existen buenos poemarios y poetas, pero no proyectos de verdad.

Que consoliden una obra…
Claro, algo más allá que escribir libros a granel. Al poeta actual le falta consolidación; en los noventa, ¿quién más allá de Miguel Idelfonso o Alberto Valdivia tienen una obra continua, organizada? Nadie. Idelfonso posee tres libros interesantes, algo excesivos, pero con un valor inestimable para estos últimos años. Valdivia puede ser ampuloso y desbordante pero en sus dos poemarios se observa un proyecto muy coherente, con un lenguaje sobresaliente para el pobre nivel de nuestra poesía actual.

Y así llegamos a la poesía de los noventa…
Que es la menos interesante; que ha preferido seguir la línea de los poetas anteriores, la anglosajona, de Cisneros y sus discípulos, y la de la experimentación, como Sánchez-Piérola. Por ejemplo él en Ego puto muestra un experimentalismo pueril, un gusto enorme por tontear. Realmente, el gran problema de la poesía de los noventa es su falta de conciencia ante la coyuntura. Hubo muchos grupos que tuvieron cierta claridad, como Neón o Noble Caterva, que dentro de todo lo deleznable fueron durante un tiempo lo mejor de esta generación, que tiene poco valor y que parece haber caído en un hoyo negro.

Muchos pueden pensar que lo que dices es por demás gratuito
Es que la gente cree que digo esto por fregar, pero yo los invito a revisar una antología de esa época y se darán cuenta de que si ahora tenemos poetas malos, por aquellos tiempos batimos todos los récords.

Dentro de los contextos, ¿qué le corresponde a los noventa?
En los sesenta, Lima tenía 2 millones de habitantes; ahora tenemos 9. Por razón de perspectiva, sin culpar a los poetas, nuestra coyuntura actual es pobre. Esto se arrastra de los noventa, un período chicha, en el que la dictadura adormiló a los poetas. Y ahora ellos son los hijos del terrorismo urbano, que por entonces no tenían conocimiento de lo que sucedía a kilómetros, salvo por uno que otro coche-bomba. Son poetas que no han tenido una perspectiva real de lo que pasó; por eso, ante una experiencia nula y una mala asimilación de lo propio solo les quedó escribir sobre la base de lo anterior o simplemente experimentar. Y los resultados han sido pobres. Aquí se marca la involución a la poesía: no hay una adecuada óptica de la realidad.

¿Con todo esto dónde queda el poeta joven?
No lo sé. Con decirte que aquí no hay un Premio Nacional de Literatura desde 1977. Somos el único país en América Latina que no lo tiene; es decir, no hay un incentivo mínimo del Estado ni de las instituciones para el poeta.

¿Es el Perú una tierra de poetas?
El Perú mantiene un buen nivel, incluso ahora, a pesar de que hemos perdido mucha calidad. Al escuchar hace poco a unos poetas argentinos pude comprobar esto: lo mejorcito de ellos se mantiene a la par con nuestra actual irregularidad. Ahora nuestra tradición se ha visto disminuida a esto, a bajar al nivel de la poesía argentina o colombiana.

Sobre esto último, Enrique Sánchez Hernani, refiriéndose al caso de Colombia, mencionaba que siempre mantuvo un nivel bueno, óptimo de poesía, pero que nunca tuvo uno alto, como en nuestro caso…
Estoy completamente de acuerdo con Sánchez Hernani. Acá hemos tenido muchos altos y bajos, muchos Cubillas y Waldir, esa es la realidad. Colombia no posee hitos determinantes, como nosotros con Vallejo o Eguren. Igual sucede con la poesía venezolana, boliviana o ecuatoriana: no tienen picos ni momentos claves. Ecuador por ejemplo tiene el caso de Adoum, que es un gran poeta, pero que no ha marcado un cambio en su contexto, como sucede aquí con Vallejo, quien se barre las dos generaciones siguientes, y luego con Hinostroza, Cisneros y Hernández hasta llegar a los ochenta. De ahí todo parece ser igual, con la onda coloquial, la poesía pop. Ante la ausente renovación de cánones en nuestra literatura se ha creado una ruptura que escenifica la falta de calidad de nuestra poesía actual. Nosotros, los poetas del noventa, somos la continuación del fracaso que se inició en los ochenta. Esta se mantiene en la actualidad, con los poetas jóvenes.

¿Vale la pena publicar en el Perú?
No. Aquí, para publicar, tiene que prevalecer en ti la vanidad. Si piensas que vas a recuperar lo invertido estás mal. En sí, todo es cuestión de darle tu libro a los amigos, a los críticos, y esperar las pocas reseñitas que puedan salir en los diarios. Y el hecho de que no exista una crítica de verdad en este país conlleva a que casi todos los libros publicados, como el mío, lleguen a no más de cien personas.

¿Publicar poesía en el Perú es un acto suicida?
Lo es. Aquí no creo que existan muchos imbéciles que tiren su plata para publicar un libro que casi nadie comprará, a menos que esperen sentados a que Peisa o Campodónico los visite: algo imposible, que solo le toca a un Cisneros o a un Martos. El que se publica, como yo, únicamente puede aspirar a recuperar una parte de su inversión.

¿Y la ley del libro?
No sirve, los libros continúan y continuarán caros. Acá vas a una feria y todo es carísimo; el colmo es cuando llegas al stand de Peisa y te topas con la última novela de Cueto. Considero que lo mejor en una feria son los stands de libro viejo, definitivamente.

Frente a esto, ¿qué opinas de la piratería?
Yo sí la justifico. Gianmarco o Suárez Vértiz se quejan de la piratería, cuando deberían estar agradecidos pues por medio de ella llegan a mucha gente que recibe un sueldo mínimo y no puede adquirir un CD original. Aquí alguien que quiere leer a Vargas Llosa no se va a gastar los setenta soles que te pide Peisa, que para eso es una tremenda conchudez; no, tiene que recurrir modestamente a comprar su edición pirata. Yo no le puedo exigir a alguien que gane trescientos soles que compre mi libro de 15. Si lo consigue a tres soles, pues bien.

¿Te sentirías halagado si piratean tu libro?
Totalmente, me encantaría, aunque aquí nadie piratea poesía, salvo a Vallejo. Creo que todos los poetas deberían sentirse halagados si se encuentran pirateados en la calle; es más, deberían piratearnos de una buena vez en lugar de hacerlo con Bryce. Ahora, hay que resaltar las ediciones de los periódicos, que son bonitas, sencillas, y muy cómodas.

¿Qué opinas de los suplementos culturales?
Bueno, El dominical en sí es el suplemento de Alonso Cueto, de Thays, de Ampuero, los mismos de siempre, que libro tras libro demuestran que no han ganado nada. En sus páginas se ve que no hay nadie que imponga una renovación. De por sí es previsible: yo te puedo decir palabra por palabra qué sale ahí este domingo, los libros que van a comentar, el tipo de crítica aduladora a Bryce, el amiguismo en su máxima expresión. Por otro lado, Identidades me parece una publicación mucho más seria, más académica. Incluso criticaron un artículo mío, pero de manera tangencial. A mí me hubiera gustado que me contradigan frontalmente, pero, bueno, hasta ahora sigo esperando.

¿Revisas literatura en internet?
No, aún no puedo habituarme a ese tipo de lectura. Yo sigo pegado al papel. Tengo un apego especial por el libro como objeto físico, tanto así que la sola idea de quemar uno me irrita; no tiene ningún sentido hacer eso con un libro, salvo los de Verástegui. (Jajaja).

¿Qué opinión tienes en torno a la poesía femenina peruana?
Salvo María Emilia Cornejo, quien ha dejado poemas extraordinarios, no existe. Bueno, existió hasta finales de los ochenta con Patricia Alva. Hubo intentos como Ana Varela Tafur, quien comenzó bien. Ahora hay buenas perspectivas como Lucía Guerrero o la última entrega de Elisa Fuenzalida, que si bien es interesante respeta mucho el canon y no propone otros planteamientos.

¿Y los casos de Carmen Ollé, Rocío Silva Santisteban, Giovanna Pollarollo y Rosella di Paolo?
Rescato el primer poemario de Carmen Ollé, Noches de adrenalina, un libro orgánico, sorprendente para la época, con muchas imágenes y harto nervio. De Rocío Silva solo Este oficio no me gusta, que es bueno; el resto de su obra me parece una seguidilla de clichés eroticones. Pollarollo me cae muy bien, pero no me gusta para nada lo que hace. Y Di Paolo pues, no ofrece nada novedoso.

¿Qué piensas de los narradores peruanos contemporáneos?
Ahora hay más competitividad. Hay buenos narradores como Santiago Roncagliolo y Santiago del Prado. Creo que ambos le han puesto una cuota de esperanza a la narrativa de los noventa, copada por Bellatín, Benavides, quien plagió el argumento de Conversación en La Catedral para hacer una novela; y Thays, el escritor más sobrevalorado, quien posee un lenguaje excelente pero cuyos argumentos parecen sacados de una obra teatral de tercer grado. Sinceramente me gusta más su programa de televisión que su narrativa.

Y de los consagrados…
Arguedas me gusta mucho. Bryce solo hasta La vida exagerada de Martín Romaña. De Scorza me quedo con Redoble por Rancas y Garabombo, el invisible, novelas con las que no me conecto del todo, pero que sin embargo me parecen notables. Y bueno, Vargas Llosa, que eclipsó a toda la narrativa peruana hasta principios de los ochenta.

Y en el caso de cuentos…
Yo soy más de novelas que de cuentos. Del Perú me agrada Ribeyro, el primer libro de Reynoso, Los inocentes, que es excelente, una belleza.

Háblanos de tu proyecto actual
Ando escribiendo un poemario, en el cual unas partes girarán en torno a la selección indonesa de fútbol. He cogido a cinco de sus principales cracks, y en los poemas estoy intercalando sus voces con las mías. Este libro también se verá relacionado con Bonnie Consolo, quien es una mujer sin brazos y que hace todo con los pies. Reconozco que este proyecto es sumamente complicado, sin forma del todo definida, cuyos referentes me seducen mucho para plantearlos como poesía. Está una selección siempre perdedora, que nunca le ha ganado a nadie, y que representa la frustración; el caso de Bonnie Consolo simboliza la esperanza. Trataré de armonizar esto.

Finalmente ¿qué pueden esperar tus lectores de ti?
Creo que nada. Lo que sí quiero dejar en claro es que todo libro que yo tengo es un proyecto conceptual, es un trabajo que va más allá de la poesía. La poesía es experimentar, es buscar nuevas perspectivas, y eso es lo que realmente el lector debe esperar, no solo de mí, sino de cualquier poeta.

Publicado en Revista Quehacer Nro. 149 (Jul-Ago. 2004)

Friday, March 24, 2006

PIGLIA / PLANETA : EL ESCÁNDALO

El gran escritor Ricardo Piglia, la editorial multinacional Planeta, un editor y representante del artista y el escasamente conocido novelista Gustavo Nielsen, ah y por último un premio que en su momento supuso 40.000 dólares como recompensa.

El premio Planeta lo ganó Piglia pero Nielsen entendió que con malas artes, por lo cual demandó a escritor, editor y editorial convencido de que todo había sido acordado en maniobras que la metáfora más vulgar llamaría entre gallos y medianoche. "Creo que no es justo -declaró Nielsen- que hagan participar a 264 ingenuos en una gran campaña publicitaria armada como si fuera un concurso literario".
El tribunal de primera instancia absolvió. Nielsen apeló. Y en marzo último, la sala G de la Cámara Civil dictaminó que sí, que "existen demostradas muchas circunstancias que revelan la predisposición o predeterminación del premio en favor de la obra de Ricardo Piglia". Los jueces entendieron que el autor de "Respiración artificial" "no debió postularse para la obtención del premio" porque entonces se encontraba vinculado contractualmente con la empresa Espasa Calpe Argentina, que forma parte del Grupo Planeta, organizador del concurso. Así, condenó a Piglia, a Planeta y al editor Schavelzon a pagarle a Nielsen diez mil pesos de indemnización.

Luego del fallo, los acontecimientos se precipitaron: el equipo perdedor anunció que apelará y que hasta Corte Suprema no para. Y Piglia escribió en el diario Página 12 un artículo buscando explicar su posición. Para eso recurrió a jueguitos literarios, como el de llamar Carlos Argentino Daneri (el ridiculizado personaje de "El Aleph", de Borges) a su contrincante. Enredado en guiños, arabescos y elegancias, poco se entendía de la defensa de Piglia, ausente de cualquier contundencia. Nielsen, por su parte, replicó en el mismo periódico reiterando sus fuertes acusaciones y haciendo notar que si en el juego propuesto él era Daneri, Piglia se reservaba el lugar de Borges, saco que le queda algo holgado Piglia y a cualquiera.

Como para garantizar la continuación del culebrón acaba de aparecer una carta abierta, firmada por más de cincuenta artistas e intelectuales, en donde se sostiene que "la infundada acusación contra la probidad de Ricardo Piglia responde a una sola causa: se lo acusa de ser quien es en nuestra literatura, en la cultura nacional y en el plano internacional y académico". Lo firman, entre otros, Osvaldo Bayer, Arturo Carrera, Tito Cossa, León Ferrari, Gerardo Gandini, Germán García, Leónidas Lamborghini, Luis Felipe Noé, Juan José Saer y Héctor Tizón. El escrito denuncia una campaña de difamación contra Piglia que habría empezado en 1997. Nielsen no lo demandó por ser quien es sino por entender que había tomado parte en un chanchuyo. Y si es culpable o inocente del enjuague no le quita una coma ni un punto a una de las obras literarias más brillantes y perdurables que produjo la Argentina en los últimas décadas y que seguirá leyéndose con fervor cuando los ecos de esta telenovela sean una nada de polvo y espanto. Ahora, de allí a atribuir el juicio a una conjura internacional, como mencionó uno de los firmantes, o al "periodismo de escándalo", como razonó otro, más que defender a Piglia parecen agraviarlo con el dedo gordo del disparate.

Otro breve resumen
Piglia tenía una novela que ya había sido contratada por el grupo Planeta a través de Seix-Barral, y que por algún motivo (una deuda económica que ese autor tenía con la editorial) participó del concurso y ganó. Piglia no recibió el importe del premio, sino que ese importe condonaba la deuda anterior, y todos felices: excepto los concursantes que fueron estafados en su buena fe. Nielsen -que estaba entre los diez finalistas- pudo ver este tejemaneje y decidió que debía hacer respetar su parte; lo hizo, y ganó. Entre todos estos dimes y diretes hubo solicitadas que defendían a Piglia, cartas de una y otra parte, insultos, golpes de puño, escritores revueltos, encuentros y desencuentros, disculpas, faltas de respeto, mentiras y conspiraciones, un verdadero reality show de la literatura argentina del siglo XX - XXI que exponía sus ideas humanas al nivel de un programa de Laura Bozzo (con comerciales incluidos); toda esa intelectualidad volátil bajó por algún tobogán de algún tren fantasma, se olvidó del problema filosófico–literario para exponer las miserias que aparentemente no tenían mucho que ver con las letras, pero cuanto del convencimiento de que cuando las papas queman, el sálvese quien pueda es del mismo tenor que el del colectivero de la línea sesenta que evita un choque con un camión cisterna en pleno Puente de Piedra y en época de crecida del río Rimac

No podemos meternos con Piglia.
Nos metemos con Piglia, se meten con Piglia, pero el aire medroso no se renueva, cuando la tensión fue en aumento más de uno se agarró la cabeza. Cuarenta años de carrera literaria no es poco, y mucho menos si esta carrera se desarrolló de una manera brillante y regaló a la literatura argentina páginas históricas que son y serán estudiadas en distintas universidades del mundo; meterse con Piglia sería (fue) -en cierta manera- como meterse con el finado Saer o con Osvaldo Bayer (por sólo nombrar a dos), instituciones inquebrantables y sólidas, indestructibles a pesar de cualquier cosa. Schavelzon (representante de Planeta y de Piglia) sabía eso y podemos intuir que su posición, su manejo, fue sólo político, pragmático, como el de cualquier empresario de bananas. El punto que desvió el curso de los hechos fue que Ricardo Piglia no se presentó -como había sido combinado- en una de las audiencias; sé que Nielsen, si ése hubiera sido el caso, no continuaba con la afrenta judicial, no quería tocar al literato. A partir de ahí, un círculo que podría haberse desvanecido, acabó por cerrarse.

Piglia rompe el silencio
El trece de marzo de 2005 Piglia publica su descargo en Página/12 en el que expone sus argumentos en contra de la cruzada en su desmedro, intenta desmerecer a Nielsen al compararlo con Carlos Argentino Daneri (personaje literario que Borges ridiculizó en su cuento El Aleph) y se defiende con cuanta herramienta dialéctica encuentra en su camino. El problema fue que no hubo demasiadas, y Piglia lo sabía, no podríamos menospreciar su intelectualidad en este punto. A pesar de saberlo, interpretemos sus alternativas:

1.- Permanecía en silencio (mientras todos esperaban alguna manifestación). (Prima la razón.)
2.- Admitía los hechos. (Prima la sinceridad, una honestidad tardía pero tan peligrosa cuanto respetable.)
3.- Se defendía de la manera que podía y ponía como telón su trayectoria. (Prima lo humano, el instinto.)

Solicitada
La última semana de marzo de 2005 dio a luz una solicitada publicada en distintos medios que expresaba que la infundada acusación contra la probidad de Ricardo Piglia responde a una sola causa: se lo acusa de ser quien es en nuestra literatura, en la cultura nacional y en el plano internacional y académico. Entre los firmantes podemos encontrar iconos de la literatura argentina, amistades incondicionales del señor Piglia, algunos escritores y críticos actuales y con gran posibilidad, simples oportunistas (que pueden encuadrarse dentro de las categorías anteriores, con excepción de la primera, claro). No descartemos este último punto, y me remito a la correspondencia que recibió Fogwill de un firmante anónimo (está en el enlace que coloqué al comienzo de este artículo) luego de expresar su posición frente a este evento:

Debajo del sofá
Olvidemos todo lo leído hasta aquí. Nada de lo que leyeron en estas pequeñas reflexiones -que ya muchos habrán hecho anteriormente de una u otra manera- fue objetivo principal de este texto. El objetivo es otro, que a pesar de haberlo olido todos, nadie quiso entenderse. Ni siquiera Fogwill; menos Nielsen. No es una crítica, quizá quien escribe estos párrafos desordenados hubiera hecho lo mismo.

Todos pasaron cerca del sofá y apenas acudió ese aroma podrido y suave, casi imperceptible, giraron sobre sus talones para posicionarse encima la alfombra persa, junto a la mesa, en una silla que no era la cabecera.

Y aquí me remito a tres citas claves:

La de la solicitada:
Con cuarenta años de presencia en la literatura argentina, con la producción de una obra cuya solidez no está en discusión, con una decidida intervención en los debates cruciales de la cultura y una activa presencia intelectual en tiempos difíciles de la historia argentina, Ricardo Piglia es objeto de una campaña de difamación que empezó en 1997, cuando la decisión unánime de un jurado compuesto por los escritores Mario Benedetti, María Esther de Miguel, Tomás Eloy Martínez y Augusto Roa Bastos le otorgó el Premio Planeta a su novela Plata Quemada.

La de Piglia:
Según esa insinuación, Augusto Roa Bastos, Mario Benedetti, Tomás Eloy Martínez y María Esther de Miguel –que formaron parte del jurado y premiaron mi novela por unanimidad– se habrían dejado manipular por la editorial.

La de Fogwill:
No sé qué pensarán mis abogados, pero yo lo nombraré: en el jurado, junto a María Esther de Miguel, Augusto Roa Bastos, Tomas Eloy Martínez y Mario Benedetti, que Piglia menciona, figuraba como presidente Guillermo Schavelzon, funcionario de la editorial auspiciante y agente literario del autor.

Aquí es donde el gato muerto comienza a manifestarse. Cómo fue que Plata quemada ganó un premio por unanimidad entre un jurado formado por cinco personas, luego se demuestra que el premio fue un fraude, los que participaron en la elección de la novela premiada hacen silencio de radio, pasan desapercibidos, y ninguno de ellos firma la solicitada a favor de Piglia ni resulta tocado por el conflicto, ¿ellos no eligieron también?

Aquí hay gato encerrado; no, no está encerrado, está muerto.

Si existe el No podemos meternos con Piglia y acabamos metidos, llevemos esta afirmación hasta Roa Bastos, de Miguel, Benedetti y (Eloy) Martínez. Era demasiado; Piglia ya había metido la cabeza; con una era suficiente.

Y el gato, ya no está más.

Se lo llevaron.

Carta de Gustavo Nielsen (Publicado en Revista de Libros de El Mercurio, Santiago de Chile, el 11/03/05)
(Según Nielsen, en la semana anterior, Pagina/12 había declinado la posibilidad de difundirla por tratarse de un caso cerrado.)

Soy el ganador del juicio a Editorial Planeta, Schaveltzon y Piglia por el Concurso de Novela Planeta 1997. La Cámara, como es de público conocimiento, entendió que dicho concurso estaba viciado por falta de transparencia y de buena fe, y condenó a los tres demandados a pagarme una cifra de dinero por chance perdida y otra por daños y perjuicios.
No tengo nada personal contra Piglia o Schaveltzon, a quienes conocí personalmente durante el juicio. Al momento del pleito, había leído solamente “Respiración artificial”: lo considero un gran libro. Tampoco tengo nada personal contra la Editorial Planeta, ni la gente que la conforma. Me consta que Díaz y Nacho Iraola son grandes personas. Publiqué mi primera novela en ese sello, recuerdo que todo el personal que en ese momento era parte de la editorial fue muy amable conmigo. El motivo que me llevó a emprender el juicio es otro: la búsqueda de transparencia en los concursos literarios.
Como escritor, surgí de un concurso literario. Como escritor, sigo dependiendo de los concursos literarios, el único instante de la literatura Argentina en el que se puede encontrar una recompensa monetaria. Esta situación le ocurre a casi la totalidad de los escritores, que muchas veces se ven confinados a trabajar de noteros, críticos, talleristas o lectores de editoriales para poder mantener a sus familias.

Sigo participando y creyendo en los concursos como el primer día. Corrijo mis libros y hago las fotocopias y los anillados con la misma fe del primer día. Los entrego con esa misma fe. Y considero que esto es una suerte, no una condena o un pecado de ingenuidad.

Del “Concurso Planeta 1997” participaron 264 escritores. Estaba contento por haber quedado entre los diez finalistas con mi novela “El amor enfermo”, que después de dos años se terminó publicando en Alfaguara. Ganó un libro, “Plata quemada”, que estaba comprometido con uno de los sellos del Grupo Editorial que organizaba el concurso. El dato no es menor, y fue denunciado oportunamente por la revista “Tres Puntos” y por “Radar Libros”. La periodista Claudia Acuña, autora de la investigación inicial, sostuvo sus verdades con decisión durante su testimonio judicial.

Mi abogado se llama Gabriel Len. Tiene mi edad, poco más de cuarenta años. Es un profesional que se desempeña con honestidad y valentía. También es mi amigo. Durante siete años trabajamos juntos en el juicio. Codo a codo, como se dice en la calle. Fui a todas las audiencias. Escuché mentiras y verdades, suposiciones y contradicciones. Vi como huían de mí los otros escritores, como si yo pudiera contagiarlos de viruela. Vi temblar a unos cuantos boxeadores de las letras, a los que había equivocadamente considerado como la imagen misma de la anticorrupción. Los vi vencidos en su afán de venderle la obra al Gran Mercado. No los juzgo: los contendientes eran importantes. Para colmo, tres. Tampoco me quejo: me la busqué. La única contención verdadera y desinteresada proveniente del medio, me la dieron los escritores Rodolfo Fogwill, Carlos Chernov, Elvio Gandolfo, Jorge Accame, Elena Bossi, Edgardo González Amer, Damián Tabarosky y Ana María Shua. La contención tuvo a veces la forma de un viaje a Cariló, un asado, una paella, un discurso contra las instituciones, una ensalada de tomates, una receta de Lexotaniles, un abrazo, un consejo, unos vinitos, un partido de ping pong.

También me apoyaron mi mamá, doña Josefina Scellatto, de oficio poeta; mi hermana Machi; mi sobrina Sofi; mi socia, la arquitecta Viviana Miglioli y una buena compañera que tuve que se llama Lorena Boldt, diseñadora gráfica y fotógrafa, que se bancó gran parte de las levantadas temprano para ir a Tribunales.
También me apoyó la editorial Alfaguara, publicándome, soportándome, y haciéndome creer en todo momento que no sabían que yo andaba (y ando) sin otras opciones editoriales, como si fuera un escritor que pudiera pasarme a otro sello simplemente por pura especulación de mercado. Nunca me hicieron sentir que estaba solo; nunca se aprovecharon del monopolio que yo mismo había fabricado. Si no fuera por Alfaguara, y especialmente por su director Fernando Esteves - el uruguayo más tozudo que conozco - no habría podido publicar nada.
Escribo esta carta para agradecer a mis lectores, a todas las personas que creyeron en el juicio, a todos los que creen que los concursos deben ser transparentes, a mi abogado el doctor Len y al doctor Marcelo San Martín, que hicieron que este resultado fuera posible. Y para decirles a los escritores que empiezan: sigan concursando. Esta fue la excepción, no la norma. Lo sé. Hice un juicio para exigir respeto por las ilusiones. Ojalá la lucha sirva para que la gente conozca a los otros finalistas de este premio mal otorgado de 1997, que aún tengan sus libros sin publicar. Otros que también creyeron que estaba todo bien y terminaron participando involuntariamente del marketing de un objeto vendido.

A esas personas que “perdieron” conmigo en el concurso cuestionado, que este justo fallo reivindica, les deseo una pronta publicación y les mando mi abrazo.

Texto de Ricardo Piglia (Publicado en Radar-Página/12 el 13-03-2005)
EL CASO PLATA QUEMADA. RICARDO PIGLIA ROMPE EL SILENCIOA CASI DOS SEMANAS DE CONOCIDO EL FALLO JUDICIAL SOBRE EL CASO PLATA QUEMADA, LA NOVELA CON LA QUE GANÓ EL PREMIO PLANETA 1997, EL ESCRITOR RICARDO PIGLIA ESCRIBE POR PRIMERA VEZ SOBRE LA TRAMA QUE CASI LO LLEVA A LAS PÁGINAS POLICIALES DE LOS DIARIOS.

La lógica de los hechos por Ricardo Piglia
La rivalidad entre escritores y las sórdidas luchas por los premios literarios ya la narró Borges en El Aleph. Lo increíble es que ahora esa historia se ha repetido en la realidad. En esta nueva versión, Carlos Argentino Daneri, el típico escritor arribista retratado por Borges, es quien ha perdido el concurso y como un maniático se ha dedicado a denunciar al que ganó y a denigrarlo. Que la Justicia haya perdido su tiempo en una ridícula rencilla literaria me parece un simpático signo de los tiempos que corren. Sabemos desde Kafka que la clave de un proceso es que cualquier cosa que diga el acusado parece una justificación o una coartada. Por eso, cuando hace unos días el fallo del tribunal se hizo público, pensé que lo mejor era no decir nada, pero la dimensión que ha tomado el asunto me ha decidido a intervenir. Las líneas que siguen son un intento de esclarecer –en lo posible– la lógica que ha regido la misteriosa serie de hechos literarios que me ha llevado casi a la página policial de los diarios.Como el personaje de Borges, el nuevo Carlos Argentino Daneri piensa que la justicia literaria sólo es justa si es él quien gana el concurso, porque cualquier otro resultado es prueba de una manipulación y de un fraude. Denunció entonces que, contra las posibilidades de todos los participantes y aparte de mis posibles méritos, de antemano se había decidido que yo iba a ser el ganador del concurso de novelas organizado por la editorial Planeta en 1997. Según esa insinuación, Augusto Roa Bastos, Mario Benedetti, Tomás Eloy Martínez y María Esther de Miguel –que formaron parte del jurado y premiaron mi novela por unanimidad– se habrían dejado manipular por la editorial. Pero como esa presunción es irracional, el jurado jamás aparece mencionado en la acusación y soy yo quien es acusado. Su denuncia no sólo desató una ola de rumores y de sospechas sino que sirvió para llevarme a los tribunales y enredarme en un proceso que duró ocho años.
Lo increíble es que la razón que Daneri usó para acusarme se fundó en la lectura delirante de una cláusula del concurso. Según las bases que el fallo cita, la novela “debía ser inédita, sin haber cedido o prometido respecto de ella los derechos de edición y/o reproducción en cualquier forma con terceros”.
Es obvio que el objeto de esa cláusula es proteger al editor de la posibilidad de que un escritor firme con anterioridad un contrato con una editora que no sea Planeta. La cláusula impide que el escritor que gane el concurso pueda publicar luego la novela con otro editor. Aunque parezca imposible, en la interpretación irracional de esa cláusula se fundamentó la denuncia.
Daneri insinúa que mi novela Plata quemada estaba contratada porque yo había firmado años atrás un contrato con Planeta por la edición de toda mi obra. Pero mi novela Plata quemada no estaba contratada, no estaba contemplada ni incluida en ese contrato porque todavía no existía, y nunca se firmó un contrato previo al concurso por esa novela.De todos modos –como si esto fuera un relato policial–, vamos a considerar por un momento los hechos tal cual los presenta Daneri.
1. Si la novela ya hubiera estado contratada, eso no garantizaba que pudiera ganar el concurso, ya que esa decisión dependía del jurado.
2. Si la novela ya hubiera estado contratada por la editorial que organizaba el concurso, ese hecho no hubiera alterado ninguna de las bases del premio, ya que la cláusula impedía el contrato con terceros (como cita el mismo fallo), esto es, con otra editorial.
La suposición de que Plata quemada ya estaba contratada generó un desdoblamiento que podríamos considerar típico de un cuento de fantasmas de Henry James. Sucede que en el razonamiento de Daneri yo aparezco presentando al concurso dos novelas distintas. Permítanme hacer un poco de historia. Terminé de escribir la novela a fines de julio y la presenté el 20 de agosto, mucho tiempo antes de la terminación del plazo del concurso (el manuscrito recibió el número 111 sobre un total de 264 novelas presentadas). La envié con el pseudónimo de Roberto Luminari y con el título de Por amor al arte para proteger mi anonimato y el del libro.
Las bases me permitían presentarme con mi nombre, y muchos escritores lo han hecho en ese y en otros concursos anteriores. Pero si usé un pseudónimo y la presenté con un título distinto fue porque pensé que podía no ganar el concurso. No soy Daneri, no pienso que deba ganar cualquier concurso al que me presente. Como pensé que era posible que no ganara el concurso y que mi novela podía quedar entre los finalistas, preferí (como han hecho antes que yo muchos otros escritores) que mi nombre y el título de mi libro no aparecieran en las listas que se dan a conocer antes del fallo.Esta decisión fue presentada por Daneri como una prueba de mi culpabilidad. Cito del fallo: “De todas maneras, [María Esther] De Miguel conoció la identidad del autor de Plata quemada por aparecer un personaje reiterado en las obras de Piglia (Emilio Renzi), circunstancia que comunicó a la editorial organizadora, mas las condiciones no se modificaron respecto a la preselección efectuada por lectores amigos o especializados”.
No entiendo la sintaxis de ese párrafo, ni de qué soy acusado.
Desde luego, esto sólo prueba que los jurados no sabían que había una novela mía en el concurso y la leyeron igual que a cualquier otra, y sólo lo supieron gracias al conocimiento literario de uno de ellos que le permitió identificar a mi personaje.
Pero las confusiones kafkianas no terminan ahí. Me permito citar otro párrafo del fallo: “También viene a cuento señalar que el codemandado Piglia admite que la novela que presentara al concurso Por amor al arte, bajo el pseudónimo de Roberto Luminari, corresponde al título que después fue cambiado, supuestamente con anterioridad a la edición, aunque para ser exacta esta aseveración, debió acreditarse la identidad del contenido entre la novela presentada y Plata Quemada, circunstancia que no ha tenido lugar en tanto no se ha acompañado el texto de la primera de estas obras a fines comparativos”.
No entiendo. Parece que había dos novelas distintas. Parece que nadie comprobó que las dos novelas eran una sola. Parece que los escritores del jurado no se dieron cuenta de que habían premiado una novela y que después se había publicado otra distinta.
Carlos Argentino Daneri ve fantasmas. Intenta insinuar que Plata quemada fue introducida a último momento en el concurso para sustituir a Por amor al arte y cree que eran dos novelas distintas. Es decir, sugiere que yo gané con una novela pero luego se publicó otra porque la editorial lo quería así.
Aunque no resuelva el enigma, sería bueno preguntarse cuáles son las razones por las cuales se produjeron estas oscuras y fantasmales sustituciones. La conclusión de Daneri implica el ejercicio simultáneo del resentimiento literario y del anacronismo deliberado. Dice (y cito del fallo) que la editorial se aseguraba así que mi novela “le diera ganancias con las sucesivas ediciones, la realización de una película, etc.”
No hace falta aclarar que en ese momento nadie sabía que tres años después se iba a filmar una película basada en el libro. ¿O Daneri cree que la filmación de una película es el resultado natural de un premio? Y además, ¿quién, salvo Daneri, puede asegurar que toda novela que gane el premio Planeta va a recibir sucesivas ediciones? Estas han sido las razones y los argumentos por los que he sido acusado y calumniado. Más allá de lo que yo pueda decir o explicar, el daño ya está hecho y es irreparable.
Los premios literarios han sido siempre objeto de controversia y de polémica. En un sentido, la literatura argentina empezó con el debate sobre un premio. En el Certamen Literario que se realizó en Montevideo en 1841 con motivo del aniversario de la revolución de mayo, una obra de Juan María Gutiérrez se impuso sobre un texto de José Mármol y esto desató de inmediato una gran controversia en la que varios escritores (entre ellos Alberdi) se opusieron al fallo y hubo debates y discusiones en los diarios. Desde entonces ha habido disidencias y discrepancias por los concursos. Los resultados siempre se pueden discutir, pero hay que ser muy arrogante para imaginar que se comete un delito si una obra nuestra no obtiene el éxito que esperamos.
En la literatura argentina las diferencias literarias las han dilucidado siempre los escritores mismos. Todos esperamos que esa tradición persista. ¿O vamos a empezar a llamar a la policía cada vez que alguien no valore lo que escribimos? (fin del texto de Ricardo Piglia)

Comentario de Fogwill
Piglia es un gran escritor y un pésimo polemista. Es uno de los veinte mejores escritores vivos de la Argentina: es decir, tiene esas excepcionales condiciones poéticas y narrativas que se manifiestan en apenas uno de cada dos millones de ciudadanos.

Pésimo polemista, elige siempre tan mal a su enemigo como a la manera de enfrentarlo. Y no se resiste a aprender de la experiencia. A cualquiera le hubiese bastado con el balance de su patética intervención de hace más de diez años en Diario de Poesía para corregir su estrategia equivocada. Pero él persevera en sus errores. Un polemista debe, ante todo, borrar cualquier huella de mala fe y nunca trasuntar que argumenta para un lector desprevenido, ignorante del tema, o discapacitado para evaluarlo. Piglia acaba de ser condenado por la justicia en un proceso que habría podido eludir diciendo la verdad y cargando las culpas en su agente, que fue quien lo involucró en la causa. Pero entre la verdad y la fidelidad hacia quien maneja sus intereses literarios, optó por esta última.

En su artículo publicado en Página/12 del 13 de marzo de 2005 manifiesta descreer en la justicia, y, en eso, coincidimos plenamente. Pero en cambio, él simula creer en la justicia de las justas literarias. Esto es curioso: él -como yo- carece de formación jurídica, pero tiene un sólida formación literaria, no sólo en cuanto a los aspectos teóricos y documentales del arte de escribir, sino también en lo que respecta al conocimiento de los procederes de editores, jurados, comentaristas y agentes en el campo de lo que es la política y los negocios que se articulan en torno a la industria del libro. En ese artículo ataca al denunciante y ganador del proceso judicial, como si ignorase cómo se falla en estas instancias y como si el público ignorase que, los testimonios y el fallo del tribunal corroboran, no ha juzgado el valor literario de su obra y la de Nielsen, sino la defraudación a la buena fe de lectores y participantes en que incurrieron los organizadores del certamen.
El ataque es personal: identifica a Nielsen con el ridículo Carlos Argentino Daneri, arquetipo del escritor naive y mediocre argentino. Presenta a Nielsen como a "maniático dedicado a denunciarlo y denigrarlo", a él, a Piglia.

En eso transparenta su mala fe: Piglia sabe que Nielsen es un brillante arquitecto que se dedica a muchas cosas, y que ha escrito relatos, que, calificados entre los mejores de nuestra literatura, podrían sustituir a cualquiera de los suyos (¡y hasta de los míos!) en cualquier antología de la lengua española. (Me refiero a Marvin, Playa Quemada. Adentro y Afuera, y podría citar otros y, en otro contexto, efectuar odiosas comparaciones que darían cuenta de lo que afirmo.)
Tal vez por recomendación de sus abogados, en su relato de "la trama policial" del proceso publicado en Página/12 del 13 de marzo de 2005, Piglia no nombra a Nielsen sustituyendo su nombre por el de Daneri. Esto es como si nosotros, ahora, sustituyésemos el apellido Piglia por "De La Rúa", que es otro que cada vez que rinde cuentas de sus actos queda peor parado. Prefiero nombrar directamente a Piglia, y hago notar a los lectores de este burdo descargo, que, junto al de Nielsen, omite otro nombre. No sé qué pensarán mis abogados, pero yo lo nombraré: en el jurado, junto a María Esther de Miguel, Augusto Roa Bastos, Tomas Eloy Martínez y Mario Benedetti, que Piglia menciona, figuraba como presidente Guillermo Schavelzon, funcionario de la editorial auspiciante y agente literario del autor.

Este nombre, y no el del imaginario Carlos Argentino Daneri, debió ser el eje de la rendición de cuentas de Piglia en Página/12. Su participación es tan plausible, como lo prueba su despido de la editorial ante la primer denuncia pública del fraude. Piglia lo oculta, y en ese texto en que se burla de la justicia, simula creer en el valor de los fallos de este tipo comitivas que sólo toman contacto con una breve selección de finalistas, y deben debatir sus pareceres con un miembro que, a la vez es gerente de la empresa que los remunera y se hace cargo de sus viajes y viáticos.
Piglia falta a la verdad y apela al sentido común de los lectores. Burlándose del juez y de la cámara que corroboró su fallo, escribe, por ejemplo, "que la justicia haya perdido su tiempo en una ridícula rencilla literaria es signo de los tiempos que corren", fingiendo que pertenece a la clase de gente que cree que los tiempos que corren son peores (¿y más corruptos, tal vez?) que los tiempos de nuestros mayores. Con esto trata de convertir el acto de justicia, reparadora de un fraude, en "una rencilla literaria", como si no supiera que la indemnización a Nielsen es, a la vez que una reparación económica a uno de los cientos de damnificados, un señalamiento sobre la moralidad de su proceder.

Al respecto, me consta que no fueron Nielsen ni su abogado, quienes involucraron a Piglia en esta demanda, sino el funcionario que ahora es su agente. También me consta que en momento alguno Nielsen obró por impulso de competitividad literaria, porque no es los de los que creen que la justicia puede dirimir cuestiones estéticas. Nielsen sabe bien que la obra del Piglia de "Plata Quemada" es mejor elección que su "El amor enfermo" para alcanzar la lista de best sellers y atraer al público de cine comercial, pero a la vez, respeta la obra del otro Piglia tanto como ha de sentirse indignado ante el que ha escrito esta falsa trama judicial, que tal vez sea el mismo que, a instancias de su agente, se involucró en un proceso, que, aún después de concluido, sigue damnificándolo.


A continuación Solicitada que se hizo circular sobre la figura de Piglia.

ACUSADO DE SER RICARDO PIGLIA

Con cuarenta años de presencia en la literatura argentina, con la producción de una obra cuya solidez no está en discusión, con una decidida intervención en los debates cruciales de la cultura y una activa presencia intelectual en tiempos difíciles de la historia argentina, Ricardo Piglia es objeto de una campaña de difamación que empezó en 1997, cuando la decisión unánime de un jurado compuesto por los escritores Mario Benedetti, Maria Esther de Miguel, Tomás Eloy Martínez y Augusto Roa Bastos le otorgó el Premio Planeta a su novela Plata Quemada.

Porque el silencio favorece esta campaña que no merece, decimos que la infundada acusación contra la probidad de Ricardo Piglia responde a una sola causa: se lo acusa de ser quien es en nuestra literatura, en la cultura nacional y en el plano internacional y académico.

Como ciudadanos, como colegas y como amigos, expresamos nuestra solidaridad con Ricardo Piglia.

Carlos Altamirano, Cristina Banegas, Osvaldo Bayer, Arnaldo Calveyra, Arturo Carrera
Tito Cossa, Washington Cucurto, León Ferrari, Aníbal Ford, Gerardo Gandini, Germán García, Daniel García Helder, Norberto Gómez, Horacio González, Flora Guzmán, Emilio de Ipola, Roberto Jacoby, Leónidas Lamborghini, Daniel Link, José L. Mangieri Juan, Molina y Vedia, Federico Monjeau, Luis Felipe Noé, Alan Pauls, Nicolás Peyceré, Alfredo Prior, Roberto Raschella, Juan C. Romero, León Rozitchner, Guillermo Saavedra Juan José Saer, José Sazbón, Daniel Samoilovich, Horacio Tarcus, Osvaldo Tcherkaski, Vivi Tellas,
Héctor Tizón.


Comentario de Fogwill sobre la solicitada:

Hace días que circula la solicitada que transcribo. He sido convocado para firmar, y lo he rechazado. Ahora me consta que entre los firmantes, figuran personas que no están de acuerdo con lo que el escrito manifiesta. Más adelante transcribo un mail que lo confirma, enviado por uno de los que aparecen firmando. La solicitada llama "campaña" a la difusión que en Pagina/12, Clarín, Nación, La voz del Interior y El Mercurio dieron a la sentencia de la Cámara Civil. Esto no fue una campaña sino una noticia de actualidad. También es inexacta la solicitada cuando habla de la decisión unánime del jurado, omitiendo el nombre de su presidente y agente literario de Piglia. Es evidente que muchos han firmado de buena fe, movidos por su amistad o por la admiración a Piglia. No advierten que lo que aquí está en juego es la mala fe y, ellos mismos, han incurrido en la mala fe.

Rodolfo Enrique Fogwill


Cruce de mails de Fogwill y un Firmante:

Un firmante, escribe diciendo:

Quique, no pasó nada... Obviamente la gente está pirando mal con este asunto. Sigo pensando lo mismo de siempre: Ricardo hizo un pacto con el diablo y de ésa no se sale fácil.. Lo último que yo había hablado era que la solicitada no se hacía, pero después apareció circulando, con mi firma. ¿Qué iba a hacer? Decir que "yo no sabía nada" me parecía una forrada. Si Piglia reacciona, puede salir algo bueno de todo. Si no reacciona, al menos yo no voy a sentirme culpable de no haber intentado ayudarlo.

Si leyó tu texto, debería estar pensando en esa dirección. Yo ya no me acuerdo quiénes firmaron aquella solicitada en favor de los Premios Municipales (estaba Sarlo, seguro, porque lo discutí con ella), pero eso me pareció mucho más vergonzoso que decir que Piglia es el boludo del asunto...Abrazo


Respuesta de Fogwill a “Firmante”:

Estimado "firmante"

Yo tendría que estar escribiendo y laburando, y a cada rato me interpelan con novedades. ¿Qué es esto de los Premios Municipales y la Sarlo? Al margen: es grave lo que decís. ¿Es cierto que la solicitada circuló con tu firma sin tu autorización? La socilicitada miente, y vos lo sabés tanto como que en ella figuran firmas que, tal vez agregadas de buena voluntad, corresponden a personas embaucadas.

Atte:
Fogwill


RadarDomingo, 27 de Marzo de 2005
polemicas el caso plata quemada, segundo round

Ficción y realidad
A dos semanas de que Ricardo Piglia hiciera pública en Radar su posición en el caso Plata quemada, ésta es la réplica del escritor Gustavo Nielsen.

Por Gustavo Nielsen
Ficción y realidad son dos términos que todo el tiempo están mezclándose, en la Argentina. Se mezclaron en los hechos sucedidos durante la muestra de León Ferrari, donde unos manifestantes rompieron una obra artística por entender que ofendía su espíritu “católico”. Como si la obra de Ferrari fuera la verdad absoluta, algo objetivo, un dogma inapelable. Y no solamente una ficción que lleva la firma de un sujeto bastante particular: un artista. Se mezclaron en las amenazas que recibí por mi novela Auschwitz, y en la sugerencia tímida que un periodista de esta casa publicó en Radar del 6/3/05, por la cual cualquier persona podría llegar a hacerme un juicio de resultar ofendido con las escenas “subidas de tono” de esta misma novela. Ficción y realidad, realidad y ficción.
Acaba de volver a pasar. Piglia expuso “la lógica de los hechos” en Radar del 13/3/05 y armó un ensayo literario para demostrarle al público que se ha cometido una injusticia. ¿A qué lector ingenuo está dirigida su nota? Los cargos de los que Piglia se sigue defendiendo absurdamente ya están probados por la Justicia. Basta entrar en Internet y bajarse el dictamen de la Cámara de Apelaciones, o las declaraciones de los testigos, o cualquier asunto del expediente que se quiera verificar. El caso no es un caso federal, ni un caso de familia; esto es: no hay confidencialidad, y cualquiera lo puede consultar. Un modo más fácil es ver la sentencia en el weblog de Daniel Link: http://linkillodraftversion.blogspot.com/2005/03/caso-piglia.html
En su nota del domingo, Piglia dice que no había contrato previo por Plata quemada, y en verdad hay uno de 1994 que él firmó con Espasa Calpe por toda su obra existente (en carácter de reediciones), más tres libros nuevos, entre los que figura una “novela nueva”. Por eso no estaba escrita en el momento de la firma. Entre el ‘94 y el ‘97, año del premio, la única “novela nueva” publicada fue la premiada por Planeta, Plata quemada, por lo que la Cámara, en un fallo ejemplar, lo condenó.
Piglia dice que yo culpo al jurado de notables, y jamás lo hice. Se olvida, en su explicación, que uno de los miembros del jurado era Guillermo Schavelzon, y al día de la entrega del premio era director editorial de Planeta, y director del jurado de notables. Era, a su vez, organizador y juez del concurso. Y era también quien le alcanzaba los libros, a su antojo, al resto del jurado. Por esta misma situación, la señora María Esther de Miguel, el único miembro del jurado que declaró en el juicio, dijo que mi libro El amor enfermo, finalista con el de Piglia y otros ocho libros, jamás llegó a sus manos. Un par de semanas después del escándalo del Premio Planeta 1997, Schavelzon renunciaba a la editorial para pasar a ser agente literario de Ricardo Piglia.
Piglia aclara que su libro no estaba contratado con otra editorial, sino con Planeta. Caramba, esto es peor de lo que habíamos imaginado con mi abogado. Que Piglia suponga que es correcto presentarse a un concurso abierto con un libro que ya ha sido contratado, por el que ya se le ha abonado un suculento adelanto y que está a punto de salir a la calle bajo el sello editorial que organiza el certamen, parece un disparate. Si así fuera, Piglia, Schavelzon y Planeta habrían usado a 260 participantes para que de nuestros propios bolsillos y a costa de nuestras propias ilusiones paguemos la promoción de Plata quemada. ¿Era un concurso o una operación publicitaria?
Piglia y los otros han defraudado con su accionar a cientos de participantes. Entre esos participantes no debe haber muchos escritores famosos, de los que tienen agentes literarios, cobran anticipos de cien mil dólares y les publican la foto en las revistas. Es probable que en este mismo instante, la editorial Planeta o la agencia Schavelzon estén organizando (solapadamente) la publicación de una solicitada, utilizando la imagen del “escritor dañado”. Y es probable que otros escritores de laeditorial o de la agencia firmen. En este camino de ocho años de juicio me he encontrado con que algunos escritores venden hasta sus almas por estar cobijados bajo el ala de las multinacionales. Saludo a aquellos que no lo hacen.
Tampoco ésta es una “rencilla literaria”, como Piglia la está queriendo disfrazar en su nota. Es un tema estrictamente contractual, de “respetar los pactos”, por el que planteé una demanda en el fuero civil, basada en las normas del Código Civil escrito por Vélez Sarsfield. No hubo denuncia, tampoco querella, no es un caso policial. La Cámara Nacional de Apelaciones en lo Civil (sala G) sostuvo, en su dictamen, que no se habían respetado las bases del concurso, se burló la buena fe y el certamen estuvo viciado por falta de transparencia. Además, si por hacer este juicio le hice perder el tiempo a la Justicia, como dice Piglia, ¿por qué ahora ellos recurren a la Corte Suprema? ¿O es que el tiempo de la Corte Suprema de Justicia no tiene ninguna importancia?
Piglia es partidario, en su nota, de que las peleas entre escritores se resuelvan entre escritores. Es lo primero que quise hacer. Por eso lo llamé varias veces a su casa y jamás me atendió. Por si esa voluntad no existiera, la Justicia prevé una mediación obligatoria, que se hizo, y a la que Piglia faltó sin avisar.
No tengo nada contra Piglia, ni discuto su calidad literaria. Pero respeto mucho los concursos. He ganado algunos, he perdido decenas. Y ésta fue la única vez que protesté. Es el único juicio que hice en mi vida, y tal vez el único que haga. “Maniático”, como me llama Piglia, puedo ser. Pero un maniático real, verdadero, no de ficción. Un “Maniático Textual”.
El daño puede que sea irreparable para Piglia, a esta altura de los acontecimientos, como sale a aclararlo en Radar. Pero se lo ha infligido él mismo, asociándose con Schavelzon y Planeta para organizar una maniobra viciosa. Lamentablemente, Piglia se ha expuesto como el “escudo humano” de su agente en Barcelona, y la nota de Radar lo muestra atorado en las mismas mentiras de antes de llegar al juicio. Bastaba, simplemente, con una disculpa pública, y a volver a escribir.
Con respecto a la comparación ofensiva que Piglia hace de los acontecimientos reales con el cuento “El Aleph”, de Borges, lo voy a tomar como una confusión más entre aquello que es ficción y aquello que no. Y, para cerrar mi réplica, cito un párrafo humorístico de Wimbledon, el weblog del escritor Guillermo Piro (www.ultimasdebabel.blogspot.com), que en su edición del día 16/3/05 comenta: “Si Daneri es Nielsen, Piglia es Borges. Hasta ahí vamos bastante bien. Pero entonces: ¿el missing Willy Schavelzon sería Beatriz Viterbo?”.

(Este informe lo presentamos a raíz de que la editorial Planeta ha decidido abrir una sede aquí en el Perú, pero independientemente de la editorial que fuere, ya estamos avisados de los manejos fraudulentos que las editoriales pueden incurrir, manipulando prestigios arteramente, cuando se trata de ver acrecentados sus intereses y su poder. Ojala, si fuera el caso que convocaran un premio de literatura local, no recurran a este tipo de manipulaciones que nos hagan ver, con sorpresa, la proliferación de nombres, igualmente deseosos de poder, que ya todos conocemos. )